Antonio y Fuensanta
Carta a Carmen
Hola Carmen,
Tanto dolor nos vuelve torpes. Siento impotencia porque la muerte de Pascual no tiene palabras de consuelo, al menos las apropiadas. Y es que pensar en él no causa tristeza, sino dicha. La dicha de haberle tenido entre nosotros. Hoy he tenido conocimiento de esta página y he deseado regresar cuanto antes a casa para poder verla. Leerte me ha confirmado que eres una mujer excepcional, pero por eso mismo sigo sin saber qué decirte. Solo expresarte mi apoyo, solo quiero que sepas que quizás, solo quizás no haría falta hablar, que se puede leer en la mirada.
Para mí es una paradoja haber sido testigo de vuestros inicios, y serlo ahora. Haber visto tus ojos alegres y verlos ahora apagados. Pero tampoco me sorprende. A pesar de no formar parte física de vuestras vidas en estos años. Pascual siempre ha estado ahí. Pascual forma parte de mi infancia, de una infancia feliz plagada de anécdotas. A camino siempre entre Cieza y Murcia. Luego las bodas y ese distanciamiento, ese vivir cada uno su vida pero sabiendo que estamos ahí. Con ese cariño que no necesita de llamadas diarias, que no necesita nada, simplemente permanece en el tiempo.
He leído en esta página algo sobre las paradojas. Pascual falleció en diciembre y la última vez que hablé con él fue en mayo. A pesar de intentar huir de los tópicos y los convencionalismos de las primeras comuniones, (ya sabes, toda esa parafernalia absurda en la que se suele caer, olvidando lo mas importante), pensé que sería una buena ocasión para unir a toda la familia, como sabes, dispersa geográficamente. Pensaba sobre todo en mis padres, en los de Pascual, en los mayores de la familia, pensaba en las pocas ocasiones que les quedarían (por ley de vida) para unirse en una celebración.
Ese día que hablé con mi primo y me explicó que no asistiría porque tenía un viaje a Madrid, creo que era, contigo. Estuvimos hablando una hora, después de no haber hablado y no habernos visto durante mucho tiempo. Fue una conversación de las que reconforta el alma, bueno ya sabes cómo era… esa alegría contagiosa. No podría imaginar jamás que meses mas tarde sería él quien nos faltara. Ya nunca será igual, me quedo con la conversación de aquella tarde, con su alegría, y con todas las anécdotas de nuestra infancia.
Le recuerdo cada día, hace poco le recordé el día de mi boda leyéndome la carta de San Pablo a los Corintios, rápidamente llevé la cinta de video para que me la pasaran a formato dvd, para poder escucharle siempre. Pero me cuesta pensar que ya no está. De la Carta a los Corintios he sacado estas líneas:
“Pues en la misma medida en que los sufrimientos de Cristo recaen abundantemente sobre nosotros, el consuelo de Cristo también nos llega con mayor abundancia.”
Pascual se ha ido, pero no te ha dejado sola. Un poco de él puede adivinarse en vuestros hijos, y estoy segura que serán ellos los que te traigan ese consuelo, aunque las edades que tienen ahora te traigan más quebraderos de cabeza, impotencia y cansancio. Antes he leído algo de una amiga que decía que erais almas gemelas. Lo sois, me viene a la mente el “solo contigo puedo ser yo”. Imagino lo duro que debe ser visitar la casa de sus padres, pero solo un corazón como el tuyo puede comprender el dolor de una madre, de un padre.
Gracias Carmen, gracias porque el dolor de mis tíos solo encuentra un respiro con tu visita, con tus hijos, con vuestros hijos. Y tú, valiente y luchadora, les sigues dando ese respiro sin el que la tristeza de la pérdida sería mas dura.
Gracias Carmen, gracias por esta página donde poder mantener vivos los recuerdos de una vida feliz. Hace falta coraje para hacerlo. Siéntete afortunada porque eres una gran mujer que ha compartido su vida con un gran hombre. Una vida que ha dado sus frutos y que seguro que Dios y Pascual que seguro ya se ha ganado su confianza con algún chiste, te echarán una mano para que tus fuerzas no decaigan.
Un beso
¿Quién muere?
Muere lentamente quien se transforma en esclavo del habito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca,
no arriesga vestir un color nuevo
y no le habla a quien no conoce.Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.
Muere lentamente quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las “ies” a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas
de los ostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está
infeliz en el trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música,
quien no encuentra gracia en si mismo.Muere lentamente quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.Muere lentamente, quien pasa los días
quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
no preguntando de un asunto que desconoce
o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.Evitemos la muerte en suaves cuotas,
recordando siempre que estar vivo
exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.Solamente la ardiente paciencia hará
que conquistemos una esplendida felicidad.(Pablo Neruda)
Pepe Jiménez
Hasta siempre
Desde la otra orilla, recuerdos…
Todavía después de siete meses no me había atrevido a escribir nada que directamente hablara de tu partida. Pero hoy el día está revuelto aquí en la playa, tampoco es mi mejor día, quizá uno de esos días en que un cúmulo de sensaciones y sentimientos abarcan mi mente, pero es que desde que estoy aquí en la playa, la ausencia de Pascual se ha hecho todavía más dolorosa, y no hay día que al pasar por la casa me acuerde de los veranos que estuvimos juntos.
Recuerdo como si fuera ayer las palabras que me dijiste cuando después de la muerte de Pascual nos encontramos. Nosotros estábamos en Sevilla de viaje y una angustia vital removió nuestro cuerpo, era como una náusea en el corazón. Jesús lloró cuando le anunciaron la muerte de su amigo, creo que no hay otra cita en el Evangelio en la que cuenten que se le viera llorar. Tú me dijiste, Carmen, cuando yo te pedía ‘disculpas’ por no haber podido estar contigo, que luego me necesitarías, que cuando cada uno volviera a su casa, que cuando los ánimos se enfriasen y volviera cada cual a su rutina, que entonces sabías que los amigos seguiríamos estando aquí, y por eso no es necesario que me digas nada… esa noche también me dijiste: quiero que Manolo conozca esta historia… solo ha sido cuestión de mover los hilos.
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