Todavía después de siete meses no me había atrevido a escribir nada que directamente hablara de tu partida. Pero hoy el día está revuelto aquí en la playa, tampoco es mi mejor día, quizá uno de esos días en que un cúmulo de sensaciones y sentimientos abarcan mi mente, pero es que desde que estoy aquí en la playa, la ausencia de Pascual se ha hecho todavía más dolorosa, y no hay día que al pasar por la casa me acuerde de los veranos que estuvimos juntos.
Recuerdo como si fuera ayer las palabras que me dijiste cuando después de la muerte de Pascual nos encontramos. Nosotros estábamos en Sevilla de viaje y una angustia vital removió nuestro cuerpo, era como una náusea en el corazón. Jesús lloró cuando le anunciaron la muerte de su amigo, creo que no hay otra cita en el Evangelio en la que cuenten que se le viera llorar. Tú me dijiste, Carmen, cuando yo te pedía ‘disculpas’ por no haber podido estar contigo, que luego me necesitarías, que cuando cada uno volviera a su casa, que cuando los ánimos se enfriasen y volviera cada cual a su rutina, que entonces sabías que los amigos seguiríamos estando aquí, y por eso no es necesario que me digas nada… esa noche también me dijiste: quiero que Manolo conozca esta historia… solo ha sido cuestión de mover los hilos.
