Conocí a Pascual cuando él estudiaba Magisterio (Educación Especial). Fui profesor suyo y tuve bastante relación con él. Su carácter abierto y campechano hacía fácil la relación. Además, como él tenía antecedentes ciezanos y yo soy de Cieza, me llamaba cariñosamente «chito» (qué falta de respeto, ¿verdad?). Lo cierto es que yo me encontraba muy a gusto con ese curso: gente muy maja, trabajadora, participativa. Al final, todos quedamos como amigos. Y Pascual, que hablaba por los codos, no pasaba desapercibido. Aquel año yo le di una matrícula de honor y recuerdo que, pese a esa nota, le eché una buena bronca llamándole la atención por su relativa pereza. Hizo un examen final fantástico y yo le decía que podía rendir más porque su capacidad era muy alta. Le perdí la pista y volví a encontrarme con Pascual hace dos o tres años, en el C.P. Delgado Dorrego, a donde yo fui a ver a un niño con necesidades educativas que él atendía. Charlamos largo y tendido, me invitó a café en su aula (yo le dije que parecía el despacho de un ministro), en la que ejercía como gran mariscal. Me enteré de su muerte hace un par de meses. Lo sentí muy de veras y rezo por él y por su familia. Espero que en el cielo siga dando el tostón a los que le rodean hasta que le manden callar un poco. Descanse en paz mi ex-alumno y amigo Pascual.
Isidoro Candel
