Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Sindicalistas y notarios

30 de abril de 2008 por Carmen

Bien pensado, Sísifo a mi lado era un soplagaitas. Qué manera de contradecirme, yo que hace unas semanas era tan comprensiva con el mito… pero es que en los últimos días los acontecimientos superan todo límite racional. Recordáis que ya había cobrado mis pensiones de viudedad y orfandad, todo el trámite burocrático prometía un pronto final feliz, incluso me pagaron los atrasos y me mandaron el carné de pensionista. Qué deleite para mi vena sarcástica: pensionista con sólo 35 años; incluso pensé en sacar partido del asunto y solicitar un viaje con la tercera edad, pero, contradicciones de la burocracia, hasta que no cumpla 60 años no puedo hacer uso de mi recién estrenada condición de pensionista; habría sido divertido, yo viajando con los abuelos, qué experiencia.

Estaba ya olvidándome de Sísifo y pensando en la vuelta al trabajo, en dejar de ser un parásito carroñero que vive a costa de su baja y de las pensiones del estado, pero en una revisión rutinaria del pediatra, me comenta que debo operar a Jorge de una hernia, nada grave, una noche de hospital y en seguida a casa. ¡Y unas narices!, nada grave en otros tiempos, yo que soy una optimista vocacional, pero ahora, sin Pascual… la madre-todopoderosa tiembla sólo de pensar en el momento en el que el Gorgo entre en quirófano. Por tanto, no me queda más remedio, pienso, que seguir respondiendo a la pregunta del año: “¿estás ya trabajando?” con una reiterada negativa. Pero, no hay problema, soy funcionaria, me repito a mi misma para convencerme, y de inmediato vienen a mi memoria todas las críticas al cuerpo de funcionarios y me siento tranquila porque, al menos, por una vez, y pese a que tengo razones más que justificadas para estar sin trabajar, seguir de baja no va a suponer ningún problema. Decido mirar mi cuenta bancaria, sobre todo por justificar mis falsos temores, y, asustada, compruebo que mi adorada consejería me ha ingresado en concepto de nómina del mes de mayo la friolera cantidad de 240´66 euros. Es una broma, me digo, la promesa era sólo el sueldo base y los complementos en un plazo máximo de tres meses MUFACE me los ingresaría. Mañana, decido, voy a ir a la Consejería, seguro que es un error; sigo en mi vocacional optimismo como veis, pero, al menos, durante esta noche, la piedra debe subir nuevamente la montaña. Y, si soy sincera, no descarto la posibilidad de tener que incorporarme cuando la operación de Jorge acabe por una cuestión puramente económica. Y encima tendré que aguantar las críticas del bando de los reacios a la vuelta al trabajo.

Y por si no habéis tenido bastante, os relato mi tema estrella: la comisión de servicios. La misma noche que murió Pascual, en el tanatorio, disparatada por el dolor y la consternación, (lo recuerdo ahora muy vagamente) le dije a mi amiga Carmen: Pascual lo ha hecho todo tan a conciencia que ahora seguro que la comisión de servicios me la van a dar sin problemas. Pero, como Pascual también me hizo a conciencia el concurso de traslados en la resolución provisional me dan Beniel; qué bien, ¿no? Cambiar Yecla por Beniel no está mal. Pero, no olvidemos el tiempo que se tarda en llegar. Acudo a mi sindicato (en el que no tengo ninguna fe, dicho sea de paso, pero a quien le pago religiosamente la cuota anual) dispuesta a plantear mi lastimosa situación. Tengo que poneros en antecedentes: el año anterior, tras salir la resolución de la puntuación de las comisiones de servicio y comprobar que me había quedado de las últimas, mi resuelto Pascual y yo fuimos a hablar con el tipo encargado del tema para que nos explicara los criterios utilizados, ya que mi situación respecto al otro curso era más complicada dado que además de Belén tenía otro hijo recién nacido. Su respuesta fue de un cinismo bochornoso, me contó que la distancia no era tan significativa y que a partir de 30 Km lo mismo daba Cieza que Yecla. Y respecto a los hijos, que lo mismo daba uno que dos, que era a partir de tres cuando realmente contaba. Desde ese momento, cada vez que relataba la anécdota, sentenciaba que estaría pariendo hasta que me concedieran el traslado. Este año, ingenua de mí, pensé que cuando mostrase el as escondido tras la manga, el amable sindicalista se vendría abajo en un arranque de piedad y me aseguraría tranquilidad y bienestar eternos; por algo se llaman comisiones humanitarias, y más humanitaria que la mía habría pocas. Pero, mi candidez se puso en tela de juicio una vez más, cuando sin parpadear y al tiempo que me daba el pésame y me contaba que estas cosas pasan (qué me van a decir a mí si pasan), me comunica que lo tengo un poco difícil porque Beniel está muy cerca, prácticamente no hay distancias. En aquel momento volví a echar de menos a Pascual, e incluso deseé que Pascual hubiese sido un marido menos educado y correcto y el año anterior lo hubiese mandado a la mierda, o incluso deseé hacerlo yo misma ese año, pero mi dignidad me lo impidió.

Pero, no contentos con esto, los dioses deciden mandarme otra prueba decisoria: el enfrentamiento cara a cara con el gremio de los notarios. Descrito brevemente: por heredar una deuda, mi casa, y dos coches viejos (esas son todas nuestras propiedades) y por hacer testamento (que no es más que un marrón para mis hermanos a los que nombro tutores legales de mis hijos por si a mi me pasa algo antes de que cumplan la mayoría de edad) me cobran la friolera de unos 1300 euros. Y esta es sólo la primera parte del capítulo de las pagamentas, porque, según me informan, ahora tengo que pagarle a hacienda, pagar algo llamado plusvalía y qué sé yo. Claro, que como es mi vivienda habitual, tendré una buena bonificación; y yo pienso, como para que nos hubiera dado la locura (que alguna vez lo pensamos) de comprar una casa en la playa, entonces sí que me iba yo a enterar de que “hacienda somos todos”. Conclusión, que la muerte de Pascual además de las deudas morales casi casi me deja también deudas monetarias, más deudas quiero decir de las que ya teníamos. Porque si fuese a heredar algo entendería que tuviese que pagarle a hacienda, al notario y al primo del notario si se empeña, pero por heredar deudas… Tanto agravio me parece ya que roza la ofensa personal.

De modo, que hoy estoy cabreada, es más, estoy agotada de relatar por escrito una y otra vez cada vez que tengo que solicitar un documento que mi marido ha muerto, etc, etc… porque si a algo me niego es a hacer uso del recurrido eufemismo: fallecimiento, cese, defunción, óbito, y no sé cuántos términos más que he escuchado en los últimos tiempos; la única verdad es que Pascual se ha muerto. Y yo aún tengo que escuchar los días en los que decido pintarme y ponerme el tacón para salir a la lucha: “¡Qué bien estás! ¿nooooo?” y siempre pienso: “cuando quieras nos cambiamos”, pero respondo con una sonrisa y digo: “sí, la verdad es que sí”. Y lo cierto es que qué bien estoy realmente para como podía estar ante tanta provocación y despropósito.

Por eso, como dice mi querido Sabina: “que sufran por amores los notarios y los dictadores”. Y, al menos, por hoy, me vais a permitir el lujo de engrosar la lista con una larga serie de cargos, aunque eso sí, no los pondré por escrito, será sólo una musitada letanía que, al menos por esta noche, me permitirá conciliar el sueño.

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No estés triste, amor

18 de abril de 2008 por Carmen

“A los pobres mortales los dioses dejaron el hado
De vivir afligidos; sólo ellos de pena carecen.
A la entrada, en la casa de Zeus, dos toneles se encuentran:
Uno lleno de males, y el otro está lleno de bienes.
Al que Zeus que en el rayo se goza se los da mezclados,
Hoy encuentra la dicha y mañana la pena encuentra,
Pero a quien da sólo males será siempre un mísero;
Perseguido por un hambre atroz pasará por la tierra,
Despreciado de todos los hombres y todos los dioses”

LA ILÍADA canto XXIV

 

En 1991 leí la Ilíada por primera vez; ese mismo año había comenzado mi relación con Pascual y estos versos me acompañaron durante los otros cuatro que duró la carrera. Hace unos días volví a releer la Ilíada y aquellos versos ya olvidados resonaron con fuerza. Dieciséis años después la vida me sorprendía colocándome de lleno ante la aflicción y la pena. Lo esperable habría sido claudicar ante la evidencia; en cambio, yo me obstino en mi esperanza, y me niego a hacer mías de nuevo las palabras de Homero. La muerte hace que te posiciones de nuevo en la vida, te obliga a revisar tus viejas creencias y a poner patas arriba todos tus asideros. Y precisamente en estos momentos, me rebelo contra los que unos llaman destino, otros azar, buena o mala suerte.
 
La muerte, si sabemos mirarla, puede dotarnos, al menos durante el tiempo suficiente, de un “estado especial de gracia” con el que leer los acontecimientos cotidianos. Mi vida en los últimos tiempos se teje de continuas “casualidades”. Mi historia se puebla de palabras certeras, de cartas llegadas a mis manos en fechas significativas, de rostros que hacen su aparición justo en el momento preciso. Hoy me enfrentaba con sobrecogimiento a una de estas benditas casualidades: el single que Manolo García ha escogido para promocionar su nuevo álbum lleva el significativo título de “No estés triste”. Reproduzco la letra de la canción:

 

 

Quizá parezca un tanto pueril si de nuevo pienso que esta canción no es casual. Quizás os parezca un tanto egocéntrica si digo que esta canción parece haber sido compuesta para mí. Tal vez creáis que rozo la locura si escucho a Pascual gritándome desde no sé donde:

«No estés triste, amor, prueba a surcar ríos aunque el agua sólo llegue a tus rodillas o te cubra y esté fría. Verás, (Carmen) que hay más que la corona de espinas bajo la que te resguardas. Prueba a ser látigo y restallar a la modorra de los sentimientos, ladera para que resbalen las penas. Prueba a regalar inasible tu entereza, a sentir que reverdeces, que creces en la entrega. Prueba a surcar ríos aunque sean ramblas de cantos. Verás que hay más… por eso, no estés triste, amor».

 

Quizá no sea más que una casualidad o una broma del destino… juzguen ustedes.

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Sísifo

13 de abril de 2008 por Carmen

Para Antonio, Belén, Javi y Nacho, con ellos descubrí la fascinación que despiertan las historias mitológicas. Para ellos, por si, alguna vez, se rebelan ante un destino aparentemente incomprensible. Les debo una historia, probablemente, la mejor, la que ilustra casi a la perfección mi vida a lo largo de estos cuatro meses: la historia de Sísifo.

Según cuenta Homero, Sísifo era el más astuto de los hombres, contándose sobre él multitud de leyendas. Difieren las opiniones acerca de los motivos que le llevaron al infierno, pero lo cierto es que fue condenado a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una colina desde donde caía de nuevo viéndose obligado a empujarla otra vez.

Yo soy un Sísifo moderno, un Sísifo casi Kafkiano por la absurda burocracia en la que he ocupado mi tiempo a lo largo de estos meses. Inicié la tramitación de las pensiones de orfandad y viudedad a finales de diciembre. He de decir que los funcionarios fueron muy amables quizá compadecidos ante una viuda tan joven. El proceso se paralizó al mes siguiente porque faltaban los DNI de mis hijos. Pretendían que llevara a Belén y a Jorge a comisaría para que le expidiesen el documento; Belén, se lo habría tomado como una nueva experiencia, pero cuando imaginé a mi Jorge poniendo su huella dactilar sobre el papel, me paralicé, y exigí una solución más racional; finalmente ellos mismos me proporcionaron un número provisional. Los meses siguieron pasando hasta que un día recibí una carta que me comunicaba que se procedía al “pago a cuenta de las pensiones, en espera de la resolución definitiva del expediente, salvo que la administración advierta suficientes elementos que justifiquen la suspensión de dichos pagos”. Me pareció como poco irónico, quizá la administración descubriera que yo no era viuda y que todo había sido un mal sueño. Finalmente, a los cuatro meses me ingresaron las pensiones y yo, aliviada, pensé: qué amables, por fin han comprendido que las viudas y sus hijos también comen.

Este es sólo un ejemplo de las múltiples dificultades a las que he tenido que hacer frente en los últimos tiempos, yo, que como sabéis, no había ni rellenado el concurso de traslados. Intenté rebelarme ante tanto absurdo, ante tanta pérdida de energía en cosas tan inútiles, en momentos en los que mis fuerzas eran aparentemente tan limitadas. Busqué algún sentido con el que justificar tantos descalabros y encontré una interpretación del mito de A. Camus, del que reproduzco algunos fragmentos:

“Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia. Sísifo, impotente y rebelde conoce la magnitud de su condena: en ella piensa durante su descenso. ¿En qué consistiría su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? Sin embargo, las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así Edipo obedece ciegamente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en el que sabe. Pero en el mismo instante en el que, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano de una muchacha, resuena una frase desesperada: “a pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma, me hacen juzgar que todo está bien”. Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar el corazón de un hombre”.

Pero, pese a la acertada lectura del mito, a mi no me pareció más que literatura, yo me negaba a pensar que “todo está bien”. Por eso, seguí mis investigaciones sobre Sísifo y, finalmente, enlazando con otro mito conocido, el de Orfeo y Eurídice, encontré la clave. Yo desconocía que sólo una vez se interrumpió el cruel trabajo de Sísifo, cuando Orfeo cantó en los Infiernos tratando de que los dioses le permitiesen recuperar a su esposa Eurídice que había muerto a causa de la mordedura de una serpiente mientras huía de Aristeo que trataba de forzarla.

Entonces comprendí la lección definitiva de Sísifo: aunque parezca impensable, hay momentos en los que la absurda condena del dolor se detiene; momentos en los que, como decía el poeta: “por un instante, la vida dejó de morir”. Y sólo hay una fuerza capaz de vencer al dolor y es la fuerza del amor. Sólo un amor como el de Orfeo consiguió hacer que se detuviera la absurda condena de Sísifo. En los pocos instantes en los que sonrío y pienso, entonces sí, que “todo está bien”, soy consciente más que nunca que sólo un amor como el de Pascual es capaz de hacerme sentir aceptación ante un destino tan absurdo como este.

“El viento está en contra nuestra, el viento del sur se alía
Con nuestros enemigos. Y el paso
Se estrecha. Alzamos los estandartes de victoria
Ante las tinieblas, ojalá las tinieblas alumbraran. Andamos de noche
Sobre el árbol de los sueños. ¡Oh tierra final, difícil sueño!
¿Aún existes?
Y escribimos por milésima vez sobre el último aire:
Morimos, pero no pasarán
Y seguimos nuestras voces para encontrar una luna entre ellas,
Y cantamos para asustar a las piedras.
Y marcamos nuestros cuerpos con el hierro… y los marcamos con
El hierro… y brota un río
El viento está en contra nuestra, el viento del norte se alía
Con el viento del sur y gritamos ¿dónde nos quedamos?
Y pedimos a las señoras de los cuentos que alguien, muertos,
Nos quiera. Y el águila se lanza en picado
Sobre nosotros. Y seguimos nuestros sueños para verlos,
Y nos siguen de cerca para vernos aquí. Es inevitable.

Y nosotros perseveramos en lo que parece la muerte en la vida.
Y esto que parece la muerte es la victoria”.

Mahmud Darwix

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¡Felicidades, papá!

18 de marzo de 2008 por Carmen

El día del padre, otra fecha temida. Belén llegó el viernes con tu regalo. Aún no lo hemos abierto, espero con cierto temor a la llegada del miércoles. Me contó la señorita que aunque le dio la opción de no poner “felicidades, papá”, pensando en que quizá se lo entregara al abuelo o al padrino, ella se empeñó en poner papá y decidió quedárselo. Es una simple muestra de las agallas de nuestra hija. Tú ya sabes de su obstinación en vivir. ¿La recuerdas en la incubadora rodeada de pañales para evitar que se golpeara la cabeza en su continuo deambular? Ya desde entonces nos demostró lo fuerte que iba a ser. Ahora tu ausencia la está convirtiendo en un ser aun más especial.

Todo ha sido difícil para Belén. Teníais una relación muy estrecha. Ella fue un regalo, especialmente para ti y para tu ego: te adoraba. Una de sus primeras frases tras tu muerte fue: “es que mi papi era muy divertido”. Y esa es la verdad: tú eras la única persona que conseguía sacarla de la cama por las mañanas con una sonrisa; tú la llevabas al cole con aquella canción de Mecano (“Las cosas que te han pasado”) que ahora cantamos cuando salimos de viaje; tú sabías como nadie llevar su mal carácter (ya habías tenido oportunidad de aprender conmigo). Belén te sigue adorando, prueba de ello es la adaptación de una canción chorra que nos pasaron al móvil y que ella canta con más emoción que oído: “Me gusta mi papi, por lo rumboso, me gusta mi papi, por lo celoso, porque tiene la cara morena, porque sabe quitarme las penas…”

Estoy convencida de que Belén será una persona diferente, pero feliz. Al poco de pasar todo esto, en medio de una de sus crisis de llanto y ante la insistencia de sus preguntas, yo zanjé la situación con la siguiente cuestión: “Belén, ¿de qué grupo quieres ser? ¿del grupo de los felices o del grupo de los tristes?” Ella, limpiandose las lágrimas con la manga, me respondió: “del grupo de los felices”.

Y Jorge… Jorge es una bendición, un milagro casi en el tiempo. Jorge es un bálsamo para el dolor que a todos nos produce tu ausencia. Nuestro hijo es el único que no sufre, que solo tiene presente, que sólo nos transmite alegría y confianza en la continuidad de la vida. Lo veo a él y parece que te estoy viendo a ti. Con solo dieciocho meses tiene un gran sentido del humor, es capaz de imitar a mi madre, como tú hacías, imita casi a la perfección su tono de voz cuando enfadada llama a mi padre. Es muy popular, exactamente como tú, es conocido en el supermercado, en la peluquería, en el jardín. Creo que también tendrá tu buen carácter y tu bondad innata. Y, además, me adora.

Ahora, ellos y yo constituimos la familia. Yo intento acostumbrarme poco a poco, pero aún me produce mucha tristeza. Especialmente estas vacaciones me recuerdan a cada momento que tú no estás. Y el dolor se cuela siempre de improviso y a través de recuerdos absurdos. Ayer, por ejemplo, me acordé de algo tan ridículo como las monas con huevo que tú siempre me comprabas en semana santa, y de repente, me puse a llorar. Supongo que para los recuerdos decisivos e importantes estoy preparada, pero los recuerdos que forman parte de la vida cotidiana me parecen un atraco a mano armada. Pero sé que nuestros hijos y yo seremos felices porque yo, pese a todo, me he convertido en una optimista por vocación; ya no caben más tristezas en nuestra vida.

Después de todo, conseguimos llevar a nuestra realidad aquellos versos que José María Roncero nos regaló en nuestra boda y que hoy figuran impresos en tu tumba: “Sólo contigo quiero ser yo. Sólo conmigo eres tú. Y sin vosotros no podemos ser nosotros”. Nuestros hijos nos convirtieron definitivamente en un “nosotros” y eso ni tu muerte podrá cambiarlo.

Para Belén y para Jorge

 

“¿Cómo puede alguien
Que apenas sabe pronunciar
Unas cuantas palabras
Arar un camino tan hondo
Y entrar a saco
Por cuanta ranura hay abierta
En mi invisible palpitante centro?

Hija de mi esperanza,
Diminuta mujer
Sobreviviente,
No sé qué hay en vos
Que cierra y da sentido
A los círculos misteriosos de mi vida,
Sólo sé que cuando la flecha de la tuya
Giraba buscando espacio en el espacio,
Agua y sed se encontraron
Y ahora henos aquí,
Madre y pequeña niña
Apretadas, envueltas, enlazadas,
Como si jamás hubiésemos existido
Apartadas la una de la otra”

Gioconda Belli : “Apogeo”

 

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Agravios y desagravios

6 de marzo de 2008 por Carmen

Agravio, en una de sus acepciones, significa “perjuicio que se le hace a alguien en sus derechos o en sus intereses”. Esta es una de las palabras que más vienen a mi memoria en los últimos tiempos y en las más diversas ocasiones: agravio. Porque, si hay una palabra que defina cómo me siento, es esta.
 
Acabo de cumplir 35 años y confío en que los mayores agravios que la vida me tenga preparados sean estos. Tienen tal magnitud, el socavón de la herida es tal, que tardaré el resto de vida en compensarlos.
 
Como decía C. Vallejo:

“hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé
golpes (…) como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma…Yo no sé”

Mañana se cumplen tres meses sin Pascual, tres meses con Pascual de otra manera. Me habría gustado que todo se paralizase tras su muerte, pero, lo cierto es que la vida, de una forma casi despiadada, sigue como si nada hubiese sucedido: nuestros hijos crecen, nuestros amigos se casan, y él no está. Creo que perdemos una persona que supo muy bien cómo estar en el mundo. La vida ha contraído una gran deuda con él porque le ha robado muchos años, demasiados. Me niego a pensar en tantas cosas que no podrá contemplar… Cosas insignificantes; por ejemplo, todos los avances tecnológicos que no podrá disfrutar, él que le gustaba tanto estar al día; o el hecho de que Manolo estrene un disco en abril y yo ya no lo pueda escuchar tatareando sus letras… Y otras cosas decisivas: que Jorge cada día se le parece más y que cuando se despierta, desde la cuna, grita “papi”; que no sé muy bien qué hacer con el regalo de Belén para el día del padre; que Ana se casa y no podrá ser su testigo…
Cómo crecerán mis hijos -segundo agravio- sin él. Iba a decir sin un padre, pero Pascual era mucho más que un padre. Si yo imaginaba a mis hijos ante cualquier problema, tenía la certeza de que él sabría dar con la fórmula mágica para solucionarlo. Y ahora siento mucho miedo, porque buena parte de las decisiones que tome dependen exclusivamente de mí, y eso da mucho vértigo. Yo sé exactamente cómo se siente mi hija, porque también yo, entre otras muchas cosas, he perdido con Pascual a un padre. Creo que todos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, yo misma, nos sentimos un poco huérfanos.

Y el tercer agravio es personal. Casi me da pudor explicarlo, pero siento una rabia muy fuerte al comprobar cómo la viudez te arrebata hasta tu identidad. Pasas a formar parte de un extraño grupo: eres familia monoparental, pero no estás separada, ni eres madre soltera; eres una viuda con 34 años y dos hijos. La cantidad de imposturas que se aventuran desde la buena voluntad, desde el morbo por el dolor ajeno, desde la crítica, desde la indiferencia, desde la ignorancia… Yo, con la muerte de Pascual he perdido al mundo, pero, sobre todo, una forma muy particular de estar en el mundo solo posible junto a él. Por tanto, es imposible calibrar la pérdida, es imposible intentar ponerse en mi situación (sólo quien lo ha pasado lo sabe), son absurdos los consejos mágicos para escapar del dolor. No es cuestión de tiempo, ni de volver a casarse, ni siquiera de un milagro; hay experiencias, como esta de la muerte, que imprimen un sello definitivo y de por vida.

Por eso existen los desagravios. Son pocos, van ligados a rostros concretos, pero me han compensado, me han permitido respirar cuando yo no era capaz de hacerlo. Porque a lo largo de estos meses, sólo me he propuesto una meta: respirar a diario, y para ello he necesitado muchos asideros, muchos recuerdos, algunos sueños…

“y , si respiro a tientas,
te conviertes en aire
para que mis pulmones
se renueven y sigan”
(A. M. Drack: Diario de un año sin luna)

Sería incapaz de enumerar tantos gestos, tantos desagravios como tengo guardados en la retina. Cada día es difícil, pero cuando llegan los fines de semana, más que nunca, me siento viuda y empiezo a sentir el vértigo de tener que afrontar esos días siempre interminables. Por eso agradezco la fidelidad y la lealtad de los amigos que, de forma casi milagrosa y espontánea, tienen repartidos cada uno de los días: os agradezco la fidelidad a la cena de los viernes, aunque al principio no pudiéramos ni tragar el trozo de pizza; os agradezco la insistencia en los planes de los sábados, no importa dónde ni con quién, pero siempre sosteniendo ese fatídico día; os agradezco el café de los domingos, ese trozo de paraíso semanal que me gano a pulso día a día; os agradezco los fines de semana en Ibi; os agradezco los mensajes y las llamadas para comprobar que todo va bien. Pero, sobre todo, le agradezco a mis padres su entera y total disponibilidad para conmigo y con mis hijos, y especialmente su gran lección: saber estar frente al dolor, saber vivir con el dolor, mantener la dignidad pese al dolor.

Como decía Calderón: “Tuve amor, tengo honor, es todo cuanto sé de mí”. Porque un día tuve amor, porque hoy sigo teniendo mucho amor, ahora sólo me esfuerzo en levantarme cada mañana y poder mirarme al espejo sabiendo que mi amor y mi honor están a salvo.

“Tu casa es una isla
Con un puente a mi casa
Donde las nubes cruzan
Blancas, blandas y néctar,
Donde la hiedra cubre
Los agujeros tristes
Y la luz se renueva
En nuestro rostro ámbar
Porque (…)
Tu casa
Tus palabras (…)
Me devuelven entera
Por el mismo camino
Y la muerte me sabe
Como si fuera vida”

A. M. Drack: Diario de un año sin luna.

Publicado en: Carmen

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