Pascual Fernández

Pascual Fernández

  • Carmen
  • Recuerdos
  • Me acuerdo de…

Agravios y desagravios

6 de marzo de 2008 por Carmen

Agravio, en una de sus acepciones, significa “perjuicio que se le hace a alguien en sus derechos o en sus intereses”. Esta es una de las palabras que más vienen a mi memoria en los últimos tiempos y en las más diversas ocasiones: agravio. Porque, si hay una palabra que defina cómo me siento, es esta.
 
Acabo de cumplir 35 años y confío en que los mayores agravios que la vida me tenga preparados sean estos. Tienen tal magnitud, el socavón de la herida es tal, que tardaré el resto de vida en compensarlos.
 
Como decía C. Vallejo:

“hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé
golpes (…) como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma…Yo no sé”

Mañana se cumplen tres meses sin Pascual, tres meses con Pascual de otra manera. Me habría gustado que todo se paralizase tras su muerte, pero, lo cierto es que la vida, de una forma casi despiadada, sigue como si nada hubiese sucedido: nuestros hijos crecen, nuestros amigos se casan, y él no está. Creo que perdemos una persona que supo muy bien cómo estar en el mundo. La vida ha contraído una gran deuda con él porque le ha robado muchos años, demasiados. Me niego a pensar en tantas cosas que no podrá contemplar… Cosas insignificantes; por ejemplo, todos los avances tecnológicos que no podrá disfrutar, él que le gustaba tanto estar al día; o el hecho de que Manolo estrene un disco en abril y yo ya no lo pueda escuchar tatareando sus letras… Y otras cosas decisivas: que Jorge cada día se le parece más y que cuando se despierta, desde la cuna, grita “papi”; que no sé muy bien qué hacer con el regalo de Belén para el día del padre; que Ana se casa y no podrá ser su testigo…
Cómo crecerán mis hijos -segundo agravio- sin él. Iba a decir sin un padre, pero Pascual era mucho más que un padre. Si yo imaginaba a mis hijos ante cualquier problema, tenía la certeza de que él sabría dar con la fórmula mágica para solucionarlo. Y ahora siento mucho miedo, porque buena parte de las decisiones que tome dependen exclusivamente de mí, y eso da mucho vértigo. Yo sé exactamente cómo se siente mi hija, porque también yo, entre otras muchas cosas, he perdido con Pascual a un padre. Creo que todos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, yo misma, nos sentimos un poco huérfanos.

Y el tercer agravio es personal. Casi me da pudor explicarlo, pero siento una rabia muy fuerte al comprobar cómo la viudez te arrebata hasta tu identidad. Pasas a formar parte de un extraño grupo: eres familia monoparental, pero no estás separada, ni eres madre soltera; eres una viuda con 34 años y dos hijos. La cantidad de imposturas que se aventuran desde la buena voluntad, desde el morbo por el dolor ajeno, desde la crítica, desde la indiferencia, desde la ignorancia… Yo, con la muerte de Pascual he perdido al mundo, pero, sobre todo, una forma muy particular de estar en el mundo solo posible junto a él. Por tanto, es imposible calibrar la pérdida, es imposible intentar ponerse en mi situación (sólo quien lo ha pasado lo sabe), son absurdos los consejos mágicos para escapar del dolor. No es cuestión de tiempo, ni de volver a casarse, ni siquiera de un milagro; hay experiencias, como esta de la muerte, que imprimen un sello definitivo y de por vida.

Por eso existen los desagravios. Son pocos, van ligados a rostros concretos, pero me han compensado, me han permitido respirar cuando yo no era capaz de hacerlo. Porque a lo largo de estos meses, sólo me he propuesto una meta: respirar a diario, y para ello he necesitado muchos asideros, muchos recuerdos, algunos sueños…

“y , si respiro a tientas,
te conviertes en aire
para que mis pulmones
se renueven y sigan”
(A. M. Drack: Diario de un año sin luna)

Sería incapaz de enumerar tantos gestos, tantos desagravios como tengo guardados en la retina. Cada día es difícil, pero cuando llegan los fines de semana, más que nunca, me siento viuda y empiezo a sentir el vértigo de tener que afrontar esos días siempre interminables. Por eso agradezco la fidelidad y la lealtad de los amigos que, de forma casi milagrosa y espontánea, tienen repartidos cada uno de los días: os agradezco la fidelidad a la cena de los viernes, aunque al principio no pudiéramos ni tragar el trozo de pizza; os agradezco la insistencia en los planes de los sábados, no importa dónde ni con quién, pero siempre sosteniendo ese fatídico día; os agradezco el café de los domingos, ese trozo de paraíso semanal que me gano a pulso día a día; os agradezco los fines de semana en Ibi; os agradezco los mensajes y las llamadas para comprobar que todo va bien. Pero, sobre todo, le agradezco a mis padres su entera y total disponibilidad para conmigo y con mis hijos, y especialmente su gran lección: saber estar frente al dolor, saber vivir con el dolor, mantener la dignidad pese al dolor.

Como decía Calderón: “Tuve amor, tengo honor, es todo cuanto sé de mí”. Porque un día tuve amor, porque hoy sigo teniendo mucho amor, ahora sólo me esfuerzo en levantarme cada mañana y poder mirarme al espejo sabiendo que mi amor y mi honor están a salvo.

“Tu casa es una isla
Con un puente a mi casa
Donde las nubes cruzan
Blancas, blandas y néctar,
Donde la hiedra cubre
Los agujeros tristes
Y la luz se renueva
En nuestro rostro ámbar
Porque (…)
Tu casa
Tus palabras (…)
Me devuelven entera
Por el mismo camino
Y la muerte me sabe
Como si fuera vida”

A. M. Drack: Diario de un año sin luna.

Publicado en: Carmen