Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Sindicalistas y notarios

30 de abril de 2008 por Carmen

Bien pensado, Sísifo a mi lado era un soplagaitas. Qué manera de contradecirme, yo que hace unas semanas era tan comprensiva con el mito… pero es que en los últimos días los acontecimientos superan todo límite racional. Recordáis que ya había cobrado mis pensiones de viudedad y orfandad, todo el trámite burocrático prometía un pronto final feliz, incluso me pagaron los atrasos y me mandaron el carné de pensionista. Qué deleite para mi vena sarcástica: pensionista con sólo 35 años; incluso pensé en sacar partido del asunto y solicitar un viaje con la tercera edad, pero, contradicciones de la burocracia, hasta que no cumpla 60 años no puedo hacer uso de mi recién estrenada condición de pensionista; habría sido divertido, yo viajando con los abuelos, qué experiencia.

Estaba ya olvidándome de Sísifo y pensando en la vuelta al trabajo, en dejar de ser un parásito carroñero que vive a costa de su baja y de las pensiones del estado, pero en una revisión rutinaria del pediatra, me comenta que debo operar a Jorge de una hernia, nada grave, una noche de hospital y en seguida a casa. ¡Y unas narices!, nada grave en otros tiempos, yo que soy una optimista vocacional, pero ahora, sin Pascual… la madre-todopoderosa tiembla sólo de pensar en el momento en el que el Gorgo entre en quirófano. Por tanto, no me queda más remedio, pienso, que seguir respondiendo a la pregunta del año: “¿estás ya trabajando?” con una reiterada negativa. Pero, no hay problema, soy funcionaria, me repito a mi misma para convencerme, y de inmediato vienen a mi memoria todas las críticas al cuerpo de funcionarios y me siento tranquila porque, al menos, por una vez, y pese a que tengo razones más que justificadas para estar sin trabajar, seguir de baja no va a suponer ningún problema. Decido mirar mi cuenta bancaria, sobre todo por justificar mis falsos temores, y, asustada, compruebo que mi adorada consejería me ha ingresado en concepto de nómina del mes de mayo la friolera cantidad de 240´66 euros. Es una broma, me digo, la promesa era sólo el sueldo base y los complementos en un plazo máximo de tres meses MUFACE me los ingresaría. Mañana, decido, voy a ir a la Consejería, seguro que es un error; sigo en mi vocacional optimismo como veis, pero, al menos, durante esta noche, la piedra debe subir nuevamente la montaña. Y, si soy sincera, no descarto la posibilidad de tener que incorporarme cuando la operación de Jorge acabe por una cuestión puramente económica. Y encima tendré que aguantar las críticas del bando de los reacios a la vuelta al trabajo.

Y por si no habéis tenido bastante, os relato mi tema estrella: la comisión de servicios. La misma noche que murió Pascual, en el tanatorio, disparatada por el dolor y la consternación, (lo recuerdo ahora muy vagamente) le dije a mi amiga Carmen: Pascual lo ha hecho todo tan a conciencia que ahora seguro que la comisión de servicios me la van a dar sin problemas. Pero, como Pascual también me hizo a conciencia el concurso de traslados en la resolución provisional me dan Beniel; qué bien, ¿no? Cambiar Yecla por Beniel no está mal. Pero, no olvidemos el tiempo que se tarda en llegar. Acudo a mi sindicato (en el que no tengo ninguna fe, dicho sea de paso, pero a quien le pago religiosamente la cuota anual) dispuesta a plantear mi lastimosa situación. Tengo que poneros en antecedentes: el año anterior, tras salir la resolución de la puntuación de las comisiones de servicio y comprobar que me había quedado de las últimas, mi resuelto Pascual y yo fuimos a hablar con el tipo encargado del tema para que nos explicara los criterios utilizados, ya que mi situación respecto al otro curso era más complicada dado que además de Belén tenía otro hijo recién nacido. Su respuesta fue de un cinismo bochornoso, me contó que la distancia no era tan significativa y que a partir de 30 Km lo mismo daba Cieza que Yecla. Y respecto a los hijos, que lo mismo daba uno que dos, que era a partir de tres cuando realmente contaba. Desde ese momento, cada vez que relataba la anécdota, sentenciaba que estaría pariendo hasta que me concedieran el traslado. Este año, ingenua de mí, pensé que cuando mostrase el as escondido tras la manga, el amable sindicalista se vendría abajo en un arranque de piedad y me aseguraría tranquilidad y bienestar eternos; por algo se llaman comisiones humanitarias, y más humanitaria que la mía habría pocas. Pero, mi candidez se puso en tela de juicio una vez más, cuando sin parpadear y al tiempo que me daba el pésame y me contaba que estas cosas pasan (qué me van a decir a mí si pasan), me comunica que lo tengo un poco difícil porque Beniel está muy cerca, prácticamente no hay distancias. En aquel momento volví a echar de menos a Pascual, e incluso deseé que Pascual hubiese sido un marido menos educado y correcto y el año anterior lo hubiese mandado a la mierda, o incluso deseé hacerlo yo misma ese año, pero mi dignidad me lo impidió.

Pero, no contentos con esto, los dioses deciden mandarme otra prueba decisoria: el enfrentamiento cara a cara con el gremio de los notarios. Descrito brevemente: por heredar una deuda, mi casa, y dos coches viejos (esas son todas nuestras propiedades) y por hacer testamento (que no es más que un marrón para mis hermanos a los que nombro tutores legales de mis hijos por si a mi me pasa algo antes de que cumplan la mayoría de edad) me cobran la friolera de unos 1300 euros. Y esta es sólo la primera parte del capítulo de las pagamentas, porque, según me informan, ahora tengo que pagarle a hacienda, pagar algo llamado plusvalía y qué sé yo. Claro, que como es mi vivienda habitual, tendré una buena bonificación; y yo pienso, como para que nos hubiera dado la locura (que alguna vez lo pensamos) de comprar una casa en la playa, entonces sí que me iba yo a enterar de que “hacienda somos todos”. Conclusión, que la muerte de Pascual además de las deudas morales casi casi me deja también deudas monetarias, más deudas quiero decir de las que ya teníamos. Porque si fuese a heredar algo entendería que tuviese que pagarle a hacienda, al notario y al primo del notario si se empeña, pero por heredar deudas… Tanto agravio me parece ya que roza la ofensa personal.

De modo, que hoy estoy cabreada, es más, estoy agotada de relatar por escrito una y otra vez cada vez que tengo que solicitar un documento que mi marido ha muerto, etc, etc… porque si a algo me niego es a hacer uso del recurrido eufemismo: fallecimiento, cese, defunción, óbito, y no sé cuántos términos más que he escuchado en los últimos tiempos; la única verdad es que Pascual se ha muerto. Y yo aún tengo que escuchar los días en los que decido pintarme y ponerme el tacón para salir a la lucha: “¡Qué bien estás! ¿nooooo?” y siempre pienso: “cuando quieras nos cambiamos”, pero respondo con una sonrisa y digo: “sí, la verdad es que sí”. Y lo cierto es que qué bien estoy realmente para como podía estar ante tanta provocación y despropósito.

Por eso, como dice mi querido Sabina: “que sufran por amores los notarios y los dictadores”. Y, al menos, por hoy, me vais a permitir el lujo de engrosar la lista con una larga serie de cargos, aunque eso sí, no los pondré por escrito, será sólo una musitada letanía que, al menos por esta noche, me permitirá conciliar el sueño.

Publicado en: Carmen