El día del padre, otra fecha temida. Belén llegó el viernes con tu regalo. Aún no lo hemos abierto, espero con cierto temor a la llegada del miércoles. Me contó la señorita que aunque le dio la opción de no poner “felicidades, papá”, pensando en que quizá se lo entregara al abuelo o al padrino, ella se empeñó en poner papá y decidió quedárselo. Es una simple muestra de las agallas de nuestra hija. Tú ya sabes de su obstinación en vivir. ¿La recuerdas en la incubadora rodeada de pañales para evitar que se golpeara la cabeza en su continuo deambular? Ya desde entonces nos demostró lo fuerte que iba a ser. Ahora tu ausencia la está convirtiendo en un ser aun más especial.
Todo ha sido difícil para Belén. Teníais una relación muy estrecha. Ella fue un regalo, especialmente para ti y para tu ego: te adoraba. Una de sus primeras frases tras tu muerte fue: “es que mi papi era muy divertido”. Y esa es la verdad: tú eras la única persona que conseguía sacarla de la cama por las mañanas con una sonrisa; tú la llevabas al cole con aquella canción de Mecano (“Las cosas que te han pasado”) que ahora cantamos cuando salimos de viaje; tú sabías como nadie llevar su mal carácter (ya habías tenido oportunidad de aprender conmigo). Belén te sigue adorando, prueba de ello es la adaptación de una canción chorra que nos pasaron al móvil y que ella canta con más emoción que oído: “Me gusta mi papi, por lo rumboso, me gusta mi papi, por lo celoso, porque tiene la cara morena, porque sabe quitarme las penas…”
Estoy convencida de que Belén será una persona diferente, pero feliz. Al poco de pasar todo esto, en medio de una de sus crisis de llanto y ante la insistencia de sus preguntas, yo zanjé la situación con la siguiente cuestión: “Belén, ¿de qué grupo quieres ser? ¿del grupo de los felices o del grupo de los tristes?” Ella, limpiandose las lágrimas con la manga, me respondió: “del grupo de los felices”.
Y Jorge… Jorge es una bendición, un milagro casi en el tiempo. Jorge es un bálsamo para el dolor que a todos nos produce tu ausencia. Nuestro hijo es el único que no sufre, que solo tiene presente, que sólo nos transmite alegría y confianza en la continuidad de la vida. Lo veo a él y parece que te estoy viendo a ti. Con solo dieciocho meses tiene un gran sentido del humor, es capaz de imitar a mi madre, como tú hacías, imita casi a la perfección su tono de voz cuando enfadada llama a mi padre. Es muy popular, exactamente como tú, es conocido en el supermercado, en la peluquería, en el jardín. Creo que también tendrá tu buen carácter y tu bondad innata. Y, además, me adora.Ahora, ellos y yo constituimos la familia. Yo intento acostumbrarme poco a poco, pero aún me produce mucha tristeza. Especialmente estas vacaciones me recuerdan a cada momento que tú no estás. Y el dolor se cuela siempre de improviso y a través de recuerdos absurdos. Ayer, por ejemplo, me acordé de algo tan ridículo como las monas con huevo que tú siempre me comprabas en semana santa, y de repente, me puse a llorar. Supongo que para los recuerdos decisivos e importantes estoy preparada, pero los recuerdos que forman parte de la vida cotidiana me parecen un atraco a mano armada. Pero sé que nuestros hijos y yo seremos felices porque yo, pese a todo, me he convertido en una optimista por vocación; ya no caben más tristezas en nuestra vida.
Después de todo, conseguimos llevar a nuestra realidad aquellos versos que José María Roncero nos regaló en nuestra boda y que hoy figuran impresos en tu tumba: “Sólo contigo quiero ser yo. Sólo conmigo eres tú. Y sin vosotros no podemos ser nosotros”. Nuestros hijos nos convirtieron definitivamente en un “nosotros” y eso ni tu muerte podrá cambiarlo.
Para Belén y para Jorge
“¿Cómo puede alguien
Que apenas sabe pronunciar
Unas cuantas palabras
Arar un camino tan hondo
Y entrar a saco
Por cuanta ranura hay abierta
En mi invisible palpitante centro?Hija de mi esperanza,
Diminuta mujer
Sobreviviente,
No sé qué hay en vos
Que cierra y da sentido
A los círculos misteriosos de mi vida,
Sólo sé que cuando la flecha de la tuya
Giraba buscando espacio en el espacio,
Agua y sed se encontraron
Y ahora henos aquí,
Madre y pequeña niña
Apretadas, envueltas, enlazadas,
Como si jamás hubiésemos existido
Apartadas la una de la otra”
Gioconda Belli : “Apogeo”
