Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Sísifo

13 de abril de 2008 por Carmen

Para Antonio, Belén, Javi y Nacho, con ellos descubrí la fascinación que despiertan las historias mitológicas. Para ellos, por si, alguna vez, se rebelan ante un destino aparentemente incomprensible. Les debo una historia, probablemente, la mejor, la que ilustra casi a la perfección mi vida a lo largo de estos cuatro meses: la historia de Sísifo.

Según cuenta Homero, Sísifo era el más astuto de los hombres, contándose sobre él multitud de leyendas. Difieren las opiniones acerca de los motivos que le llevaron al infierno, pero lo cierto es que fue condenado a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una colina desde donde caía de nuevo viéndose obligado a empujarla otra vez.

Yo soy un Sísifo moderno, un Sísifo casi Kafkiano por la absurda burocracia en la que he ocupado mi tiempo a lo largo de estos meses. Inicié la tramitación de las pensiones de orfandad y viudedad a finales de diciembre. He de decir que los funcionarios fueron muy amables quizá compadecidos ante una viuda tan joven. El proceso se paralizó al mes siguiente porque faltaban los DNI de mis hijos. Pretendían que llevara a Belén y a Jorge a comisaría para que le expidiesen el documento; Belén, se lo habría tomado como una nueva experiencia, pero cuando imaginé a mi Jorge poniendo su huella dactilar sobre el papel, me paralicé, y exigí una solución más racional; finalmente ellos mismos me proporcionaron un número provisional. Los meses siguieron pasando hasta que un día recibí una carta que me comunicaba que se procedía al “pago a cuenta de las pensiones, en espera de la resolución definitiva del expediente, salvo que la administración advierta suficientes elementos que justifiquen la suspensión de dichos pagos”. Me pareció como poco irónico, quizá la administración descubriera que yo no era viuda y que todo había sido un mal sueño. Finalmente, a los cuatro meses me ingresaron las pensiones y yo, aliviada, pensé: qué amables, por fin han comprendido que las viudas y sus hijos también comen.

Este es sólo un ejemplo de las múltiples dificultades a las que he tenido que hacer frente en los últimos tiempos, yo, que como sabéis, no había ni rellenado el concurso de traslados. Intenté rebelarme ante tanto absurdo, ante tanta pérdida de energía en cosas tan inútiles, en momentos en los que mis fuerzas eran aparentemente tan limitadas. Busqué algún sentido con el que justificar tantos descalabros y encontré una interpretación del mito de A. Camus, del que reproduzco algunos fragmentos:

“Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia. Sísifo, impotente y rebelde conoce la magnitud de su condena: en ella piensa durante su descenso. ¿En qué consistiría su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? Sin embargo, las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así Edipo obedece ciegamente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en el que sabe. Pero en el mismo instante en el que, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano de una muchacha, resuena una frase desesperada: “a pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma, me hacen juzgar que todo está bien”. Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar el corazón de un hombre”.

Pero, pese a la acertada lectura del mito, a mi no me pareció más que literatura, yo me negaba a pensar que “todo está bien”. Por eso, seguí mis investigaciones sobre Sísifo y, finalmente, enlazando con otro mito conocido, el de Orfeo y Eurídice, encontré la clave. Yo desconocía que sólo una vez se interrumpió el cruel trabajo de Sísifo, cuando Orfeo cantó en los Infiernos tratando de que los dioses le permitiesen recuperar a su esposa Eurídice que había muerto a causa de la mordedura de una serpiente mientras huía de Aristeo que trataba de forzarla.

Entonces comprendí la lección definitiva de Sísifo: aunque parezca impensable, hay momentos en los que la absurda condena del dolor se detiene; momentos en los que, como decía el poeta: “por un instante, la vida dejó de morir”. Y sólo hay una fuerza capaz de vencer al dolor y es la fuerza del amor. Sólo un amor como el de Orfeo consiguió hacer que se detuviera la absurda condena de Sísifo. En los pocos instantes en los que sonrío y pienso, entonces sí, que “todo está bien”, soy consciente más que nunca que sólo un amor como el de Pascual es capaz de hacerme sentir aceptación ante un destino tan absurdo como este.

“El viento está en contra nuestra, el viento del sur se alía
Con nuestros enemigos. Y el paso
Se estrecha. Alzamos los estandartes de victoria
Ante las tinieblas, ojalá las tinieblas alumbraran. Andamos de noche
Sobre el árbol de los sueños. ¡Oh tierra final, difícil sueño!
¿Aún existes?
Y escribimos por milésima vez sobre el último aire:
Morimos, pero no pasarán
Y seguimos nuestras voces para encontrar una luna entre ellas,
Y cantamos para asustar a las piedras.
Y marcamos nuestros cuerpos con el hierro… y los marcamos con
El hierro… y brota un río
El viento está en contra nuestra, el viento del norte se alía
Con el viento del sur y gritamos ¿dónde nos quedamos?
Y pedimos a las señoras de los cuentos que alguien, muertos,
Nos quiera. Y el águila se lanza en picado
Sobre nosotros. Y seguimos nuestros sueños para verlos,
Y nos siguen de cerca para vernos aquí. Es inevitable.

Y nosotros perseveramos en lo que parece la muerte en la vida.
Y esto que parece la muerte es la victoria”.

Mahmud Darwix

Publicado en: Carmen