Pascual Fernández

Pascual Fernández

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¡Felicidades, papá!

18 de marzo de 2008 por Carmen

El día del padre, otra fecha temida. Belén llegó el viernes con tu regalo. Aún no lo hemos abierto, espero con cierto temor a la llegada del miércoles. Me contó la señorita que aunque le dio la opción de no poner “felicidades, papá”, pensando en que quizá se lo entregara al abuelo o al padrino, ella se empeñó en poner papá y decidió quedárselo. Es una simple muestra de las agallas de nuestra hija. Tú ya sabes de su obstinación en vivir. ¿La recuerdas en la incubadora rodeada de pañales para evitar que se golpeara la cabeza en su continuo deambular? Ya desde entonces nos demostró lo fuerte que iba a ser. Ahora tu ausencia la está convirtiendo en un ser aun más especial.

Todo ha sido difícil para Belén. Teníais una relación muy estrecha. Ella fue un regalo, especialmente para ti y para tu ego: te adoraba. Una de sus primeras frases tras tu muerte fue: “es que mi papi era muy divertido”. Y esa es la verdad: tú eras la única persona que conseguía sacarla de la cama por las mañanas con una sonrisa; tú la llevabas al cole con aquella canción de Mecano (“Las cosas que te han pasado”) que ahora cantamos cuando salimos de viaje; tú sabías como nadie llevar su mal carácter (ya habías tenido oportunidad de aprender conmigo). Belén te sigue adorando, prueba de ello es la adaptación de una canción chorra que nos pasaron al móvil y que ella canta con más emoción que oído: “Me gusta mi papi, por lo rumboso, me gusta mi papi, por lo celoso, porque tiene la cara morena, porque sabe quitarme las penas…”

Estoy convencida de que Belén será una persona diferente, pero feliz. Al poco de pasar todo esto, en medio de una de sus crisis de llanto y ante la insistencia de sus preguntas, yo zanjé la situación con la siguiente cuestión: “Belén, ¿de qué grupo quieres ser? ¿del grupo de los felices o del grupo de los tristes?” Ella, limpiandose las lágrimas con la manga, me respondió: “del grupo de los felices”.

Y Jorge… Jorge es una bendición, un milagro casi en el tiempo. Jorge es un bálsamo para el dolor que a todos nos produce tu ausencia. Nuestro hijo es el único que no sufre, que solo tiene presente, que sólo nos transmite alegría y confianza en la continuidad de la vida. Lo veo a él y parece que te estoy viendo a ti. Con solo dieciocho meses tiene un gran sentido del humor, es capaz de imitar a mi madre, como tú hacías, imita casi a la perfección su tono de voz cuando enfadada llama a mi padre. Es muy popular, exactamente como tú, es conocido en el supermercado, en la peluquería, en el jardín. Creo que también tendrá tu buen carácter y tu bondad innata. Y, además, me adora.

Ahora, ellos y yo constituimos la familia. Yo intento acostumbrarme poco a poco, pero aún me produce mucha tristeza. Especialmente estas vacaciones me recuerdan a cada momento que tú no estás. Y el dolor se cuela siempre de improviso y a través de recuerdos absurdos. Ayer, por ejemplo, me acordé de algo tan ridículo como las monas con huevo que tú siempre me comprabas en semana santa, y de repente, me puse a llorar. Supongo que para los recuerdos decisivos e importantes estoy preparada, pero los recuerdos que forman parte de la vida cotidiana me parecen un atraco a mano armada. Pero sé que nuestros hijos y yo seremos felices porque yo, pese a todo, me he convertido en una optimista por vocación; ya no caben más tristezas en nuestra vida.

Después de todo, conseguimos llevar a nuestra realidad aquellos versos que José María Roncero nos regaló en nuestra boda y que hoy figuran impresos en tu tumba: “Sólo contigo quiero ser yo. Sólo conmigo eres tú. Y sin vosotros no podemos ser nosotros”. Nuestros hijos nos convirtieron definitivamente en un “nosotros” y eso ni tu muerte podrá cambiarlo.

Para Belén y para Jorge

 

“¿Cómo puede alguien
Que apenas sabe pronunciar
Unas cuantas palabras
Arar un camino tan hondo
Y entrar a saco
Por cuanta ranura hay abierta
En mi invisible palpitante centro?

Hija de mi esperanza,
Diminuta mujer
Sobreviviente,
No sé qué hay en vos
Que cierra y da sentido
A los círculos misteriosos de mi vida,
Sólo sé que cuando la flecha de la tuya
Giraba buscando espacio en el espacio,
Agua y sed se encontraron
Y ahora henos aquí,
Madre y pequeña niña
Apretadas, envueltas, enlazadas,
Como si jamás hubiésemos existido
Apartadas la una de la otra”

Gioconda Belli : “Apogeo”

 

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Agravios y desagravios

6 de marzo de 2008 por Carmen

Agravio, en una de sus acepciones, significa “perjuicio que se le hace a alguien en sus derechos o en sus intereses”. Esta es una de las palabras que más vienen a mi memoria en los últimos tiempos y en las más diversas ocasiones: agravio. Porque, si hay una palabra que defina cómo me siento, es esta.
 
Acabo de cumplir 35 años y confío en que los mayores agravios que la vida me tenga preparados sean estos. Tienen tal magnitud, el socavón de la herida es tal, que tardaré el resto de vida en compensarlos.
 
Como decía C. Vallejo:

“hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé
golpes (…) como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma…Yo no sé”

Mañana se cumplen tres meses sin Pascual, tres meses con Pascual de otra manera. Me habría gustado que todo se paralizase tras su muerte, pero, lo cierto es que la vida, de una forma casi despiadada, sigue como si nada hubiese sucedido: nuestros hijos crecen, nuestros amigos se casan, y él no está. Creo que perdemos una persona que supo muy bien cómo estar en el mundo. La vida ha contraído una gran deuda con él porque le ha robado muchos años, demasiados. Me niego a pensar en tantas cosas que no podrá contemplar… Cosas insignificantes; por ejemplo, todos los avances tecnológicos que no podrá disfrutar, él que le gustaba tanto estar al día; o el hecho de que Manolo estrene un disco en abril y yo ya no lo pueda escuchar tatareando sus letras… Y otras cosas decisivas: que Jorge cada día se le parece más y que cuando se despierta, desde la cuna, grita “papi”; que no sé muy bien qué hacer con el regalo de Belén para el día del padre; que Ana se casa y no podrá ser su testigo…
Cómo crecerán mis hijos -segundo agravio- sin él. Iba a decir sin un padre, pero Pascual era mucho más que un padre. Si yo imaginaba a mis hijos ante cualquier problema, tenía la certeza de que él sabría dar con la fórmula mágica para solucionarlo. Y ahora siento mucho miedo, porque buena parte de las decisiones que tome dependen exclusivamente de mí, y eso da mucho vértigo. Yo sé exactamente cómo se siente mi hija, porque también yo, entre otras muchas cosas, he perdido con Pascual a un padre. Creo que todos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, yo misma, nos sentimos un poco huérfanos.

Y el tercer agravio es personal. Casi me da pudor explicarlo, pero siento una rabia muy fuerte al comprobar cómo la viudez te arrebata hasta tu identidad. Pasas a formar parte de un extraño grupo: eres familia monoparental, pero no estás separada, ni eres madre soltera; eres una viuda con 34 años y dos hijos. La cantidad de imposturas que se aventuran desde la buena voluntad, desde el morbo por el dolor ajeno, desde la crítica, desde la indiferencia, desde la ignorancia… Yo, con la muerte de Pascual he perdido al mundo, pero, sobre todo, una forma muy particular de estar en el mundo solo posible junto a él. Por tanto, es imposible calibrar la pérdida, es imposible intentar ponerse en mi situación (sólo quien lo ha pasado lo sabe), son absurdos los consejos mágicos para escapar del dolor. No es cuestión de tiempo, ni de volver a casarse, ni siquiera de un milagro; hay experiencias, como esta de la muerte, que imprimen un sello definitivo y de por vida.

Por eso existen los desagravios. Son pocos, van ligados a rostros concretos, pero me han compensado, me han permitido respirar cuando yo no era capaz de hacerlo. Porque a lo largo de estos meses, sólo me he propuesto una meta: respirar a diario, y para ello he necesitado muchos asideros, muchos recuerdos, algunos sueños…

“y , si respiro a tientas,
te conviertes en aire
para que mis pulmones
se renueven y sigan”
(A. M. Drack: Diario de un año sin luna)

Sería incapaz de enumerar tantos gestos, tantos desagravios como tengo guardados en la retina. Cada día es difícil, pero cuando llegan los fines de semana, más que nunca, me siento viuda y empiezo a sentir el vértigo de tener que afrontar esos días siempre interminables. Por eso agradezco la fidelidad y la lealtad de los amigos que, de forma casi milagrosa y espontánea, tienen repartidos cada uno de los días: os agradezco la fidelidad a la cena de los viernes, aunque al principio no pudiéramos ni tragar el trozo de pizza; os agradezco la insistencia en los planes de los sábados, no importa dónde ni con quién, pero siempre sosteniendo ese fatídico día; os agradezco el café de los domingos, ese trozo de paraíso semanal que me gano a pulso día a día; os agradezco los fines de semana en Ibi; os agradezco los mensajes y las llamadas para comprobar que todo va bien. Pero, sobre todo, le agradezco a mis padres su entera y total disponibilidad para conmigo y con mis hijos, y especialmente su gran lección: saber estar frente al dolor, saber vivir con el dolor, mantener la dignidad pese al dolor.

Como decía Calderón: “Tuve amor, tengo honor, es todo cuanto sé de mí”. Porque un día tuve amor, porque hoy sigo teniendo mucho amor, ahora sólo me esfuerzo en levantarme cada mañana y poder mirarme al espejo sabiendo que mi amor y mi honor están a salvo.

“Tu casa es una isla
Con un puente a mi casa
Donde las nubes cruzan
Blancas, blandas y néctar,
Donde la hiedra cubre
Los agujeros tristes
Y la luz se renueva
En nuestro rostro ámbar
Porque (…)
Tu casa
Tus palabras (…)
Me devuelven entera
Por el mismo camino
Y la muerte me sabe
Como si fuera vida”

A. M. Drack: Diario de un año sin luna.

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Un recuerdo del «jardín»

3 de marzo de 2008 por Carmen

¿Debe afligirme una hermosa felicidad porque huyó rápidamente?
Un breve encuentro y un largo recuerdo hacen el alma rica y libre.

Emanuel Geibel
Poeta alemán

Un recuerdo del “jardín”

Ahí es donde nos conocimos y ahí es donde todos te recordaremos. Cuántas horas de banco y tobogán echamos todas, porque, como tú tantas veces decías, eras una más. Te sentías a gusto entre mujeres y eso hacía que habláramos de cualquier cosa delante de tí. Debajo de ese aspecto de hombre bonachón se adivinaba un corazón sensible, una forma de ver el mundo y de entenderlo que hacía que todos se sintieran bien a tu lado. Se adivinaba que eras un hombre de Dios, que estabas cerca de Él; se adivinaban muchas cosas pero nunca fui capaz de preguntártelas. Tal vez, pensaba, no era el entorno ni el momento adecuado. Ya le preguntaré, ya… [Leer más…]

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A nuestros hijos

3 de marzo de 2008 por Carmen

A nuestros hijos: Belén, Jorge, Alberto, Beatriz, Quique, Antonio… y a todas las horas que compartimos contigo Pascual.

HAY UN NIÑO EN CADA HOMBRE

Hay un niño en cada hombre,
si no se quiere perderlo
y es él, quien siempre se asoma
al balcón de los consuelos,
quien nos devuelve los años
de niño de carne y huesos,
esos años de la infancia,
esos años de los sueños.
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«Tirar la basura»

27 de febrero de 2008 por Carmen

Recuerdo nítidamente una conversación con un compañero en la que me pedía ayuda para realizar el concurso de traslados. Yo contesté, no sin cierto pudor, que era Pascual quien se encargaba de esos trámites. El comentario jocoso no se hizo esperar: “para eso hemos quedado los maridos: para hacer los concursos de traslado, para bañar a los críos, para tirar la basura…”. Aquel día, mientras comíamos, le conté la anécdota a Pascual y ya os podéis imaginar lo que dio de sí. Durante varias semanas tuve que aguantar sus persecuciones por la casa mientras mascullaba: “para eso hemos quedado los maridos”.

Le pareció una frase tan ocurrente que sobre ella giró la sobremesa en casa de Nati y Felix el día 6 de diciembre. Del para qué sirven los maridos pasaron a reflexionar sobre por qué las mujeres no tiran la basura (todas coincidíamos en afirmar que era un derecho incuestionable); y de ahí, a por qué prácticamente no hay viudos: hacían tan poca basura que sus vidas dejaban de tener sentido y morían. Contado hoy, parece un mal chiste, pero qué paradoja que horas antes de morir, Pascual, con su humor de siempre, se permitiera el lujo de frivolizar sobre la muerte.
 
Y comparto esta anécdota con vosotros porque, pese a lo absurda que es, encierra una de las grandes lecciones de Pascual. Yo, que toda la vida he luchado contra mi realidad, llevada de grandes ideales, creyéndome nada mediocre, ahora entiendo que nuestra vida en común, el amor que nos teníamos, empezaba por gestos tan vulgares y cotidianos como este de tirar la basura. Ahora, cada vez más, me parece una auténtica aventura encontrar el momento idóneo para tirar la basura y siempre acabo acumulando bolsas que mi hermano o mi padre terminan por llevarse. Ahora, cada vez que veo que las bolsas de basura están repletas, sonrío y pienso: cuánto desearía que estuvieras aquí para bajar la basura; cuánto me gustaría que estuvieras aquí cuando tenga que vestirme para una cena y no sepa qué falda ponerme; cuánto me gustaría que estuvieras aquí para despertarme cuando me quedo dormida en el sofá; cuánto me gustaría que estuvieras aquí para decirte que estoy cansada y que, la mayoría de los días, no me puedo permitir el lujo de echarte de menos, porque echarte de menos es notar tu ausencia desde que me levanto hasta el final del día; y notar tu ausencia es dejar casi de respirar, porque al final, ¡qué bien!, nuestra historia estaba hecha de gestos tan cotidianos como el de tirar la basura. Por eso, como decía I. Bachman: “No te he perdido a ti/ sino al mundo».

 

Usados en común: estaciones del año, libros y una música.
Las llaves, los botes de té, la panera, sábanas y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados, gastados.
Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y siempre alargada la mano (…)

Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado irrevocables,
he adorado un algo y he sido devota delante de una nada

(—de un periódico doblado, de las cenizas frías, del papel con un apunte) (…)

No te he perdido a ti,
sino al mundo.

Últimos poemas. Trad. y pról. de Cecilia Dreymüller y Concha García. Madrid, Hiperión, 1999 (Poesía Hiperión, 345), pp. 71-72.

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