Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Mientras existas

18 de enero de 2009 por Carmen

Recuerdo nuestra boda… recuerdo también que estuve en tu funeral con la misma emoción contenida con la que años atrás me había casado contigo. De nuevo aquello era algo entre nosotros y el resto eran meros espectadores.

Recuerdo con nitidez el texto del consentimiento que yo misma elegí: “Te amo profundamente, totalmente, y así será siempre”. Creo que sólo a los 24 años se tiene la candidez suficiente como para pronunciar esa frase sin que te tiemble la voz. Años más tarde llegaría a cuestionarme mi capacidad para cumplir aquellos votos. Hoy sé de lo acertado de aquellas palabras.

Recuerdo el texto que nos regaló Roncero, que hoy está sobre tu lápida y que encierran toda nuestra vida en común:

“sólo contigo quiero ser yo
sólo conmigo eres tú
y sin vosotros no podemos ser nosotros”

Echo de menos tu sentido del humor, tu inteligencia, tu pragmatismo, tu carácter resolutivo, tu ironía, tu calor, tu comida, tu ilusión, tus ánimos para que fuera al gimnasio, ir de copiloto, saber que nunca estoy sola, que nunca olvidabas decirme lo buena que estaba, que organices mis planes, que me cuentes cosas de tu cole…Deseo sinceramente que allá donde estés sepas que: “mientras tú existas seguiré transido de distancia bajo este amor que crece y no se muere”.

Feliz aniversario.

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Vivir en la sombra

13 de enero de 2009 por Carmen

Me van a permitir que hoy no comience con un poema. Son malos tiempos para los poetas. La vida, a veces, sobre todo los martes y trece, se convierte en “un asunto cada vez más sospechoso”.

Como decía, hoy, martes 13, recibo una carta a nombre de mi hija. He de deciros que la mayor ilusión de Belén es recibir cartas, por eso el padrino tuvo que mandarle una desde Ibi, con su sello y todo. Pues bien, el Ayuntamiento de Murcia, sabedor de los secretos más íntimos de los contribuyentes, le manda a mi hija la siguiente carta  de la que sólo reproduzco algunas perlas:

“Le comunico que mediante este escrito se inician actuaciones de inspección tributaria  por el Impuesto sobre el incremento del valor de los terrenos de naturaleza urbana correspondientes a la transmisión de uno o varios inmuebles mediante escritura de adjudicación de herencia (…)
A estos efectos (…) se le cita (…) y en dicho momento deberá presentar la siguiente documentación (…): datos del fallecido (nombre, dirección y DNI ) y fecha de fallecimiento con fotocopia de la partida de defunción” etc, etc.

No quiero ponerme sarcástica, pero me pregunto si tengo que guardarle a mi hija esta, su segunda carta, recibida a sus recién cumplidos seis años para que cuando crezca sepa por todo lo que tuvo que pasar su madre.

“Vos sabés que tuve que elegir otros juegos
y que los jugué en serio
Y jugué por ejemplo a los ladrones
Y los ladrones eran policías (…)

Botija, aunque tengas pocos años
Creo que hay que decirte la verdad
Para que no la olvides (…)

Demasiado dolor para que te lo oculte
Demasiado suplicio para que se me borre”

    “Hombre preso que mira a su hijo” Mario Benedetti

Es sólo una vuelca de tuerca más. Recordarme a mí misma que, como a Sísifo, la condena no se me acabó hace unos meses cuando creí que había concluido el último trámite. Sentir rabia por estar obligada a pagar precios tan altos por sobrevivir.

Así que, señores, yo me obstino más que nunca en la esperanza. Supongo que esto es, en definitiva, el “carpe diem” que el otro día intentaba explicarle sin mucho éxito a mis alumnos hasta que uno de ellos dijo: ya lo tengo, esto es el Hakuna Matata del “Rey León”, ¿verdad, seño? … Sí, exactamente, aprovechar cada momento bueno como si fuera el único, como si fuera el último. Supongo que esta es la actitud de fondo que muchos juzgan, que otros simplemente no entienden… ¿cómo es posible que siga vistiendo y sonriendo y haciendo las mismas cosas que antes?

Hace sólo unos años El Mundo traía la siguiente noticia: “Kuttu Bai, una mujer hindú de 65 años fue quemada sobre la pira funeraria de su esposo, siguiendo una costumbre hindú que data del siglo XVI”. El Mundo, 8 de agosto de 2002.

Hoy día  las viudas seguimos siendo quemadas en las piras funerarias de nuestros maridos:

“Las viudas españolas están entre las que menos renta reciben de Europa, según la fundación de Estudios de Economía Aplicada. Las mujeres que enviudan ven reducidos sus ingresos en un 44% , frente al 22% de los hombres”.El estudio destaca que gran parte de las mujeres viudas en Europa pertenece a generaciones que no trabajaba fuera del hogar, no tienen una pensión de jubilación y dependen en muchas ocasiones sólo de la pensión mínima. La pensión de viudedad es mucho menor que la de jubilación , por lo que son las mujeres las que sufren mayores pérdidas económicas tras la muerte del marido, ya que este, a la muerte de la esposa, sigue percibiendo sus ingresos por jubilación.

La razón económica es sólo una de ellas. La cuestión social es quizá la más lacerante.

En el artículo titulado “Las viudas de Benarés” se dice: “mientras que para los hombres viudos es sencillo volverse a casar, las mujeres lo tienen prácticamente imposible, especialmente si tienen hijos (algo habitual); mientras que un hombre mantiene todas las propiedades tras la muerte de su esposa, una viuda es obligada a volver a casa de sus padres y perder todos sus derechos. La discriminación es social, cultural, económica y emocional. (…) Por eso las viudas han aprendido a vivir entre sombras”.

Yo soy, afortunadamente, una excepción, porque soy una viuda de 35 años que trabaja, percibo una pensión muy superior a la mínima ya que mi marido era funcionario, y sobre todo, como aprendí con Pascual del final del poema que antes he citado:

“Uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere”

Y si algo sé en días como éste es que “ no quiero aprender a vivir entre sombras”. Disculpen la osadía.

Publicado en: Carmen

Saludos

7 de enero de 2009 por Carmen

Hola mi nombre es Paula, llegué aquí a través de un foro… solo quería saludarte, enviarte un abrazo. Pascual ha de estar orgulloso de vos, así lo creo…

Yo perdí físicamente a mi papá también repentinamente en febrero de este 2008 que pasó, de un infarto cruel e inesperado, y como a vos te pasa, ya nada es casualidad desde que él no está…

No sé si me guía desde un lugar donde yo no lo puedo ver… no sé si soy yo la que busca hilos de conexión entre lo que me sucede y su persona… Solo sé que, al mismo tiempo que creí que se me terminaba la vida, un mundo mágico se abrió paso y es en él en donde vivo ahora…

Lo siento, le hablo, hasta a veces me responde… no con palabras, por supuesto, pero quizá más importante, con hechos… y me dejo llevar… ya no peleo ni con la vida, ni con Dios, ni con el destino, y trato de no hacerlo tampoco conmigo misma… Me alegra, aunque sea contradictorio, leer tu blog; me duele tu dolor, me alegra tu empuje, tus ganas… para seguir, a pesar de todo, para intentarlo, a pesar del dolor.

Un fuerte abrazo.
Paula Danini.

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Tiempo de prodigio

2 de enero de 2009 por Carmen

La nochebuena y la nochevieja eran desde hace unos años unas fechas muy divertidas para Pascual y para mí: acabábamos compitiendo por ver quién recibía más mensajes…siempre ganaba él. Me decía que mis mensajes navideños eran tan aburridos como los mensajes del rey y que la gente ni se molestaba en responder. En cambio, he de reconocer que los suyos eran tan ocurrentes que, aún habiendo pasado toda la tarde buscando una magnífica frase con la que agasajar a mis amigos, siempre acababa plagiando las suyas, que él improvisaba minutos antes de la cena o de las campanadas, justo cuando empezaba a recibir un aluvión de pitidos que a mí me sacaban de mis casillas.
La nochevieja era siempre junto con el verano mi fecha preferida para los buenos propósitos. Invariablemente prometía adelgazar, y junto a éste mil propósitos más a cual más utópico. Siempre ponía a Pascual por testigo, confiando a buen recaudo mis ya consabidos buenos propósitos.

Pero este año llegué a nochevieja mucho más repuesta que el año pasado, pero sin quilos que perder. Los quilos se llevaron los buenos propósitos de los buenos y viejos tiempos. Hoy tan sólo hago balance del año, cosa que antes no hacía porque confiaba invariablemente en que el que entraba sería, seguro, mejor que el anterior:

Yo siempre he sido muy crítica conmigo, la mayoría de las veces Pascual tenía que intervenir cuando me entraban los ataques de culpa: ataques por no haber conseguido darle leche materna a ninguno de mis dos hijos, ataques por mi poca paciencia para que Belén se comiera la fruta, ataques por refunfuñar cuando Jorge estaba enfermo y la noche parecía eterna… ataques, en definitiva, porque tenía una vida demasiado perfecta que a veces sentía que estaba desperdiciando.

Hoy sobrevivo como puedo, con mucha ayuda y con mucha resignación, que es una palabra que hasta ahora jamás había usado. “Morirse es un lujo para nosotras”, me decía el otro día a propósito de los hijos alguien que antes que yo ya ha pasado por esta experiencia. Es una suerte, me digo a mí misma, que Jorge y Belén sean mis hijos, que me necesitéis tanto para sobrevivir. También yo os necesito para sobrevivir, nadie sabe cuánto.

Por eso hoy tengo que pediros perdón, porque de nuevo me entran los ataques de culpa y ya no está el papá para decirme que no sea tan dura conmigo misma. Tengo que pediros perdón por no haber conseguido nuestro primer proyecto para vosotros: ofreceros una niñez feliz, mágica, a salvo de todas las tristezas… tengo que pediros perdón por ser demasiado estricta con vosotros, por no encontrar esa chispa de humor que el papi siempre sacaba cuando estábamos enfadados…tengo que pediros perdón porque aún no soy capaz de salir con los dos a vuestros jardines preferidos (Jorge siempre decide investigar por su cuenta y a mí me faltan manos)…tengo que pediros perdón porque tengo poco tiempo y pocas ganas de jugar con vosotros… tengo que pediros perdón porque aún me peleo con las nuevas tecnologías y no sé instalar un juego en el ordenador…tengo que pediros perdón porque dices que quieres ir a pescar y tu padre no podrá enseñarte…Os pido perdón por el trozo de vida que os han robado y que, nadie, ni siquiera yo, podré reponer. Os pido perdón por tanto amor a destiempo.

Pero también sé que “hace falta estrenarse una nueva vida cada mañana si es que uno decide soportar la pérdida”. Y ese, espero que sea mi gran regalo. Todos los días empezamos juntos de nuevo, sin olvidar quiénes somos. Y seguimos viviendo, con mucha discreción, con mucha mesura, porque ahora ya todo es tan provisorio que da mucho miedo reír o incluso llorar muy fuerte. Sabemos de dónde venimos y yo me esfuerzo en recordaros que el balance, pese a todo, es positivo, y que este año con todas las ausencias que arrastramos ha sido un “Tiempo de prodigio” porque como decía M. Rivera en su último libro:

“El mismo día en que se cumplió un año de su muerte me pregunté qué haría si se me diese la ocasión de volver a ver a mi madre durante cinco minutos. Imaginé aquella escena con un escalofrío, mi madre regresaba y yo tenía sólo unos instantes para decirle todas aquellas cosas que no había tenido tiempo durante treinta y cuatro años. Y, entonces me di cuenta de que ninguna de las dos se había dejado nada en el tintero. No hubo una cosa que quedase por decir, nada importante de lo que hablar. No había preguntas, no flotaba en el aire ninguna confesión, ninguna respuesta. Yo no necesitaba esos cinco minutos adicionales junto a mi madre. Treinta y cuatro años nos habían bastado a las dos para escribir nuestra historia.

 
Si Dios me diese la gracia de concederme esos cinco minutos, lo único que haría sería abrazar a mi madre, y así, aferrada a ella, esperar a que pasase el tiempo y tuviese que dejarla marchar otra vez”.

Diecisiete años nos bastaron a vuestro padre y a mí para escribir nuestra historia que en vosotros sigue viva día tras día. Es tiempo de prodigio, espero, para cada uno de vosotros. Feliz año.

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La vida iba en serio

29 de diciembre de 2008 por Carmen

Su historia pasó desapercibida para mí el primer día pese a que ya la había conocido en otro momento; fue al rellenar la ficha cuando me acordé: me llamó porque no sabía completar el apartado en el que se pedía la edad del padre. Había rellenado su nombre, la profesión, pero al llegar a la edad puso un interrogante, era incapaz de precisar la edad que tendría hoy de seguir vivo; yo le respondí no recuerdo qué palabras, sentí sus ojos clavándose en los míos.

Desde aquel día, entre nosotros se ha creado una corriente de complicidad que tal vez sólo yo sea capaz de ver. Pero, lo cierto es que en dos ocasiones más he vuelto a ver la misma mirada en sus ojos. Estábamos en la hora semanal de lectura, aquel día, que coincidía curiosamente con la víspera del día de todos los santos, el capítulo transcurría en un cementerio donde el protagonista permanecía escondido. Aquello dio pie a que la clase hablara sobre muertes, cementerios, tradiciones… con qué alegría hablaban de los cementerios de sus pueblos donde están enterrados sus abuelos, el miedo que producen las tumbas… Yo lo miré instintivamente, pero ya no vi  los ojos de un niño: la niebla los había ocupado… entendí que él  y yo estábamos en ese momento muy lejos de las risas de los compañeros, y recordé los versos de Raquel Lanseros:

“Ahora sé que pasé por tu vida
indolente y confiado, sin asombro,
como suelen vivir todos los hombres
que no conocen la pérdida”

 “Los ojos de la niebla”

La última vez que me encontré con su mirada fue hace un par de días. Les había propuesto que se imaginaran un mundo hecho a su medida, un mundo en el que todo fuera posible. Debían escribir un decálogo en el cual, cada una de las frases comenzase con la fórmula: debería estar prohibido. Les pedía originalidad, no se trataba de imitar la campaña de Tele 5 “Doce meses, doce causas”, ellos reían. El día que recogí y leí los decálogos, un “debería”, de nuevo, me hizo buscar su mirada: “Debería estar prohibido que mi hamster se muriese”. Aquel “debería” no debió de parecerle tan divertido como al resto de los compañeros, quizá él como yo sabía que: “La vida iba en serio”, como decía Gil de Biedma.

Ésta que no habría sido más que una anécdota triste que comentar con Pascual, ahora que él ya no está, traduce una forma nueva de posicionarme en la vida. Hoy contemplo el mundo con ojos más dolidos sí, pero también con ojos más benévolos y atentos hacia todo y hacia todos los que me rodean, empezando por mí misma. Supongo que las cosas siguen pasando, igual que siempre, pero soy yo la que ya no los contempla “indolente y confiada, sin asombro”, como sucedía antes, cuando Pascual existía y era mi confidente, cuando él, con tanto acierto, me explicaba este mundo que ahora, necesariamente, es tan diferente.

Publicado en: Carmen

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