Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Vivir en la sombra

13 de enero de 2009 por Carmen

Me van a permitir que hoy no comience con un poema. Son malos tiempos para los poetas. La vida, a veces, sobre todo los martes y trece, se convierte en “un asunto cada vez más sospechoso”.

Como decía, hoy, martes 13, recibo una carta a nombre de mi hija. He de deciros que la mayor ilusión de Belén es recibir cartas, por eso el padrino tuvo que mandarle una desde Ibi, con su sello y todo. Pues bien, el Ayuntamiento de Murcia, sabedor de los secretos más íntimos de los contribuyentes, le manda a mi hija la siguiente carta  de la que sólo reproduzco algunas perlas:

“Le comunico que mediante este escrito se inician actuaciones de inspección tributaria  por el Impuesto sobre el incremento del valor de los terrenos de naturaleza urbana correspondientes a la transmisión de uno o varios inmuebles mediante escritura de adjudicación de herencia (…)
A estos efectos (…) se le cita (…) y en dicho momento deberá presentar la siguiente documentación (…): datos del fallecido (nombre, dirección y DNI ) y fecha de fallecimiento con fotocopia de la partida de defunción” etc, etc.

No quiero ponerme sarcástica, pero me pregunto si tengo que guardarle a mi hija esta, su segunda carta, recibida a sus recién cumplidos seis años para que cuando crezca sepa por todo lo que tuvo que pasar su madre.

“Vos sabés que tuve que elegir otros juegos
y que los jugué en serio
Y jugué por ejemplo a los ladrones
Y los ladrones eran policías (…)

Botija, aunque tengas pocos años
Creo que hay que decirte la verdad
Para que no la olvides (…)

Demasiado dolor para que te lo oculte
Demasiado suplicio para que se me borre”

    “Hombre preso que mira a su hijo” Mario Benedetti

Es sólo una vuelca de tuerca más. Recordarme a mí misma que, como a Sísifo, la condena no se me acabó hace unos meses cuando creí que había concluido el último trámite. Sentir rabia por estar obligada a pagar precios tan altos por sobrevivir.

Así que, señores, yo me obstino más que nunca en la esperanza. Supongo que esto es, en definitiva, el “carpe diem” que el otro día intentaba explicarle sin mucho éxito a mis alumnos hasta que uno de ellos dijo: ya lo tengo, esto es el Hakuna Matata del “Rey León”, ¿verdad, seño? … Sí, exactamente, aprovechar cada momento bueno como si fuera el único, como si fuera el último. Supongo que esta es la actitud de fondo que muchos juzgan, que otros simplemente no entienden… ¿cómo es posible que siga vistiendo y sonriendo y haciendo las mismas cosas que antes?

Hace sólo unos años El Mundo traía la siguiente noticia: “Kuttu Bai, una mujer hindú de 65 años fue quemada sobre la pira funeraria de su esposo, siguiendo una costumbre hindú que data del siglo XVI”. El Mundo, 8 de agosto de 2002.

Hoy día  las viudas seguimos siendo quemadas en las piras funerarias de nuestros maridos:

“Las viudas españolas están entre las que menos renta reciben de Europa, según la fundación de Estudios de Economía Aplicada. Las mujeres que enviudan ven reducidos sus ingresos en un 44% , frente al 22% de los hombres”.El estudio destaca que gran parte de las mujeres viudas en Europa pertenece a generaciones que no trabajaba fuera del hogar, no tienen una pensión de jubilación y dependen en muchas ocasiones sólo de la pensión mínima. La pensión de viudedad es mucho menor que la de jubilación , por lo que son las mujeres las que sufren mayores pérdidas económicas tras la muerte del marido, ya que este, a la muerte de la esposa, sigue percibiendo sus ingresos por jubilación.

La razón económica es sólo una de ellas. La cuestión social es quizá la más lacerante.

En el artículo titulado “Las viudas de Benarés” se dice: “mientras que para los hombres viudos es sencillo volverse a casar, las mujeres lo tienen prácticamente imposible, especialmente si tienen hijos (algo habitual); mientras que un hombre mantiene todas las propiedades tras la muerte de su esposa, una viuda es obligada a volver a casa de sus padres y perder todos sus derechos. La discriminación es social, cultural, económica y emocional. (…) Por eso las viudas han aprendido a vivir entre sombras”.

Yo soy, afortunadamente, una excepción, porque soy una viuda de 35 años que trabaja, percibo una pensión muy superior a la mínima ya que mi marido era funcionario, y sobre todo, como aprendí con Pascual del final del poema que antes he citado:

“Uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere”

Y si algo sé en días como éste es que “ no quiero aprender a vivir entre sombras”. Disculpen la osadía.

Publicado en: Carmen