Su historia pasó desapercibida para mí el primer día pese a que ya la había conocido en otro momento; fue al rellenar la ficha cuando me acordé: me llamó porque no sabía completar el apartado en el que se pedía la edad del padre. Había rellenado su nombre, la profesión, pero al llegar a la edad puso un interrogante, era incapaz de precisar la edad que tendría hoy de seguir vivo; yo le respondí no recuerdo qué palabras, sentí sus ojos clavándose en los míos.
Desde aquel día, entre nosotros se ha creado una corriente de complicidad que tal vez sólo yo sea capaz de ver. Pero, lo cierto es que en dos ocasiones más he vuelto a ver la misma mirada en sus ojos. Estábamos en la hora semanal de lectura, aquel día, que coincidía curiosamente con la víspera del día de todos los santos, el capítulo transcurría en un cementerio donde el protagonista permanecía escondido. Aquello dio pie a que la clase hablara sobre muertes, cementerios, tradiciones… con qué alegría hablaban de los cementerios de sus pueblos donde están enterrados sus abuelos, el miedo que producen las tumbas… Yo lo miré instintivamente, pero ya no vi los ojos de un niño: la niebla los había ocupado… entendí que él y yo estábamos en ese momento muy lejos de las risas de los compañeros, y recordé los versos de Raquel Lanseros:
“Ahora sé que pasé por tu vida
indolente y confiado, sin asombro,
como suelen vivir todos los hombres
que no conocen la pérdida”“Los ojos de la niebla”
La última vez que me encontré con su mirada fue hace un par de días. Les había propuesto que se imaginaran un mundo hecho a su medida, un mundo en el que todo fuera posible. Debían escribir un decálogo en el cual, cada una de las frases comenzase con la fórmula: debería estar prohibido. Les pedía originalidad, no se trataba de imitar la campaña de Tele 5 “Doce meses, doce causas”, ellos reían. El día que recogí y leí los decálogos, un “debería”, de nuevo, me hizo buscar su mirada: “Debería estar prohibido que mi hamster se muriese”. Aquel “debería” no debió de parecerle tan divertido como al resto de los compañeros, quizá él como yo sabía que: “La vida iba en serio”, como decía Gil de Biedma.
Ésta que no habría sido más que una anécdota triste que comentar con Pascual, ahora que él ya no está, traduce una forma nueva de posicionarme en la vida. Hoy contemplo el mundo con ojos más dolidos sí, pero también con ojos más benévolos y atentos hacia todo y hacia todos los que me rodean, empezando por mí misma. Supongo que las cosas siguen pasando, igual que siempre, pero soy yo la que ya no los contempla “indolente y confiada, sin asombro”, como sucedía antes, cuando Pascual existía y era mi confidente, cuando él, con tanto acierto, me explicaba este mundo que ahora, necesariamente, es tan diferente.
