La nochebuena y la nochevieja eran desde hace unos años unas fechas muy divertidas para Pascual y para mí: acabábamos compitiendo por ver quién recibía más mensajes…siempre ganaba él. Me decía que mis mensajes navideños eran tan aburridos como los mensajes del rey y que la gente ni se molestaba en responder. En cambio, he de reconocer que los suyos eran tan ocurrentes que, aún habiendo pasado toda la tarde buscando una magnífica frase con la que agasajar a mis amigos, siempre acababa plagiando las suyas, que él improvisaba minutos antes de la cena o de las campanadas, justo cuando empezaba a recibir un aluvión de pitidos que a mí me sacaban de mis casillas.Pero este año llegué a nochevieja mucho más repuesta que el año pasado, pero sin quilos que perder. Los quilos se llevaron los buenos propósitos de los buenos y viejos tiempos. Hoy tan sólo hago balance del año, cosa que antes no hacía porque confiaba invariablemente en que el que entraba sería, seguro, mejor que el anterior:
Yo siempre he sido muy crítica conmigo, la mayoría de las veces Pascual tenía que intervenir cuando me entraban los ataques de culpa: ataques por no haber conseguido darle leche materna a ninguno de mis dos hijos, ataques por mi poca paciencia para que Belén se comiera la fruta, ataques por refunfuñar cuando Jorge estaba enfermo y la noche parecía eterna… ataques, en definitiva, porque tenía una vida demasiado perfecta que a veces sentía que estaba desperdiciando.
Hoy sobrevivo como puedo, con mucha ayuda y con mucha resignación, que es una palabra que hasta ahora jamás había usado. “Morirse es un lujo para nosotras”, me decía el otro día a propósito de los hijos alguien que antes que yo ya ha pasado por esta experiencia. Es una suerte, me digo a mí misma, que Jorge y Belén sean mis hijos, que me necesitéis tanto para sobrevivir. También yo os necesito para sobrevivir, nadie sabe cuánto.
Por eso hoy tengo que pediros perdón, porque de nuevo me entran los ataques de culpa y ya no está el papá para decirme que no sea tan dura conmigo misma. Tengo que pediros perdón por no haber conseguido nuestro primer proyecto para vosotros: ofreceros una niñez feliz, mágica, a salvo de todas las tristezas… tengo que pediros perdón por ser demasiado estricta con vosotros, por no encontrar esa chispa de humor que el papi siempre sacaba cuando estábamos enfadados…tengo que pediros perdón porque aún no soy capaz de salir con los dos a vuestros jardines preferidos (Jorge siempre decide investigar por su cuenta y a mí me faltan manos)…tengo que pediros perdón porque tengo poco tiempo y pocas ganas de jugar con vosotros… tengo que pediros perdón porque aún me peleo con las nuevas tecnologías y no sé instalar un juego en el ordenador…tengo que pediros perdón porque dices que quieres ir a pescar y tu padre no podrá enseñarte…Os pido perdón por el trozo de vida que os han robado y que, nadie, ni siquiera yo, podré reponer. Os pido perdón por tanto amor a destiempo.
Pero también sé que “hace falta estrenarse una nueva vida cada mañana si es que uno decide soportar la pérdida”. Y ese, espero que sea mi gran regalo. Todos los días empezamos juntos de nuevo, sin olvidar quiénes somos. Y seguimos viviendo, con mucha discreción, con mucha mesura, porque ahora ya todo es tan provisorio que da mucho miedo reír o incluso llorar muy fuerte. Sabemos de dónde venimos y yo me esfuerzo en recordaros que el balance, pese a todo, es positivo, y que este año con todas las ausencias que arrastramos ha sido un “Tiempo de prodigio” porque como decía M. Rivera en su último libro:
“El mismo día en que se cumplió un año de su muerte me pregunté qué haría si se me diese la ocasión de volver a ver a mi madre durante cinco minutos. Imaginé aquella escena con un escalofrío, mi madre regresaba y yo tenía sólo unos instantes para decirle todas aquellas cosas que no había tenido tiempo durante treinta y cuatro años. Y, entonces me di cuenta de que ninguna de las dos se había dejado nada en el tintero. No hubo una cosa que quedase por decir, nada importante de lo que hablar. No había preguntas, no flotaba en el aire ninguna confesión, ninguna respuesta. Yo no necesitaba esos cinco minutos adicionales junto a mi madre. Treinta y cuatro años nos habían bastado a las dos para escribir nuestra historia.
Diecisiete años nos bastaron a vuestro padre y a mí para escribir nuestra historia que en vosotros sigue viva día tras día. Es tiempo de prodigio, espero, para cada uno de vosotros. Feliz año.
