Me vais a permitir que reproduzca un vídeo que hace unos días llegó a mis manos. Pertenece al discurso pronunciado por Steve Jobs (co-fundador y presidente de Apple) en la universidad de Stanford.
(primera parte)
(segunda parte)
A partir de esta reflexión, que os invito a ver completa, mi hermano y yo discutíamos acerca de lo acertado o no de “la conexión de los puntos”. Él, con su pensamiento siempre certero, concluyó que esta era una idea puramente romántica porque, la mayoría de las veces, los puntos no se conectan al volver la vista atrás. Yo lo escuché como siempre llena de expectación, pero tímidamente le dije, “no, no llevas razón, la vida de Pascual, te aseguro, conectó todos y cada uno de sus puntos en los últimos meses: su auténtica vocación profesional, la certeza de sentirse querido por nosotros, y, sobre todo, su propio valor como persona habiendo sido capaz de aceptar y amar hasta el último repliegue de su alma. Y yo, te aseguro –continué- necesito creer que mi vida, al cabo de los años, encontrará el sentido escondido para todos y cada uno de los acontecimientos decisivos que he vivido; necesito creerlo, le dije; necesito creer que mi vida no es producto del azar, que yo no soy una víctima de un dios que lanza los dados y se juega nuestros destinos a una carta, necesito creerlo”, -le insistía con obstinación.
Días después, en una comida con una amiga, volvía a contarle lo preocupada que estaba porque, sin quererlo, la sensación de sentirme una víctima estaba cobrando mucha fuerza. “Siento, le decía entre lágrimas que yo no he elegido esta vida, que yo no he hecho nada para merecer esto”. Ella, que me conoce tanto y que ha sabido iluminar mejor que nadie todas mis contradicciones, me dijo algo que me liberó de toda la rabia contenida: “realmente sí has elegido, Carmen. Podías haber elegido no casarte con Pascual; podías, incluso, haber flaqueado en los momentos difíciles; pero has elegido ser una mujer viuda con dos hijos, y eso sí lo has elegido tú”. Afortunadamente, el camarero ya nos conoce y sabe que formamos una extraña pareja que come, ríe y llora sin una lógica aparente.
Me gustaría decir que, a pesar de conocer el sufrimiento y la profunda desesperación de estos meses, volvería a elegir vivir esta vida de nuevo si tuviera la oportunidad de hacerlo. Aunque, lo cierto es que no tendría fuerzas para pasar dos veces por esta senda sin derrumbarme. Espero, algún día, cuando los puntos se conecten, poder reconciliarme con la aparente inutilidad de este dolor de mayo. Mientras tanto, vivo profundamente agradecida y reconciliada con los que comparten mi pan y mis lágrimas de cada día.


en todo lo que he perdido, y mis pérdidas se remontan más allá de Pascual, más allá de cuando no podía asociar el concepto de la muerte al nombre de un ser querido. Estar vivo significa necesariamente perder a personas que amamos, a personas que formaron parte de nuestra vida durante un tiempo limitado. Esas pérdidas, ajenas a la muerte, nos preparan para otras pérdidas más definitivas, son como pequeños ensayos que nos permiten afrontar la muerte con mayor serenidad. Porque, a veces, las personas, se nos mueren en vida. Pascual y yo, por ejemplo, lloramos juntos la salida de nuestras vidas de un amigo que fue para nosotros como un hermano, y aquello fue como una muerte. Saber que esa persona seguirá viviendo, quizá no lejos de nosotros y aceptar que nunca más formará parte de nuestra historia es un dolor muy parecido al de la muerte real. Los grandes jalones de nuestra existencia, al final, siempre están ligados a las pérdidas. Aprendemos a vivir sin aquellas personas que un día lo fueron todo para nosotros. Y el recuerdo casi siempre se vuelve amargo.
A veces, las pérdidas llevan consigo un aprendizaje, pero, la mayoría, las pérdidas son enormes vacíos que se nos enquistan en el alma y nos llenan de impotencia y de rabia al constatar que no podemos hacer nada por cambiar la realidad, que no podemos evitar que salga definitivamente de nuestras vidas aquel que ya no quiere estar, por mucho que nos aferremos, por mucho que luchemos. Y seguimos viviendo, con la esperanza vana de que algún día, mientras paseamos, podamos encontrarnos de lleno con aquel rostro ya desdibujado por el tiempo para, al menos, comprobar que sigue vivo. Y frecuentamos los amigos comunes con la ilusión y el temor de escuchar noticias suyas. Y cargamos nuestras espaldas con esos pesados fardos que solo el tiempo aligera, pero que nos negamos a perder porque, en definitiva, esos nombres, ligados a tiempos concretos es lo único que nos va quedando de la persona que un día fuimos, y es lo que de una forma azarosa o preconcebida nos ha llevado hasta este hombre, esta mujer, que hoy somos. Por tanto, si para algo estamos entrenados es para la pérdida: desde el primer paraíso perdido, que es para mí la niñez, hasta mi última y gran definitiva pérdida, que es la de la muerte.