Recuerdo nítidamente una conversación con un compañero en la que me pedía ayuda para realizar el concurso de traslados. Yo contesté, no sin cierto pudor, que era Pascual quien se encargaba de esos trámites. El comentario jocoso no se hizo esperar: “para eso hemos quedado los maridos: para hacer los concursos de traslado, para bañar a los críos, para tirar la basura…”. Aquel día, mientras comíamos, le conté la anécdota a Pascual y ya os podéis imaginar lo que dio de sí. Durante varias semanas tuve que aguantar sus persecuciones por la casa mientras mascullaba: “para eso hemos quedado los maridos”.
Usados en común: estaciones del año, libros y una música.
Las llaves, los botes de té, la panera, sábanas y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados, gastados.
Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y siempre alargada la mano (…)Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado irrevocables,
he adorado un algo y he sido devota delante de una nada(—de un periódico doblado, de las cenizas frías, del papel con un apunte) (…)
No te he perdido a ti,
sino al mundo.
Últimos poemas. Trad. y pról. de Cecilia Dreymüller y Concha García. Madrid, Hiperión, 1999 (Poesía Hiperión, 345), pp. 71-72.

“Como quien da un refresco” me paralizó días después al oírla en su propio móvil:
Después, las lágrimas, la constatación lenta de que Pascual no iba a volver y que desde ese momento, mi vida sería otra cosa distinta; que el nuevo año traería ya para siempre a otra nueva Carmen. “Malva” es paradójicamente una de las canciones que había enseñado a Belén; qué ironía que con sólo cinco años tuviera que aprender tan bien el significado de la tristeza.
Porque un alma que alberga sentimientos viles