Pascual Fernández

Pascual Fernández

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«Tirar la basura»

27 de febrero de 2008 por Carmen

Recuerdo nítidamente una conversación con un compañero en la que me pedía ayuda para realizar el concurso de traslados. Yo contesté, no sin cierto pudor, que era Pascual quien se encargaba de esos trámites. El comentario jocoso no se hizo esperar: “para eso hemos quedado los maridos: para hacer los concursos de traslado, para bañar a los críos, para tirar la basura…”. Aquel día, mientras comíamos, le conté la anécdota a Pascual y ya os podéis imaginar lo que dio de sí. Durante varias semanas tuve que aguantar sus persecuciones por la casa mientras mascullaba: “para eso hemos quedado los maridos”.

Le pareció una frase tan ocurrente que sobre ella giró la sobremesa en casa de Nati y Felix el día 6 de diciembre. Del para qué sirven los maridos pasaron a reflexionar sobre por qué las mujeres no tiran la basura (todas coincidíamos en afirmar que era un derecho incuestionable); y de ahí, a por qué prácticamente no hay viudos: hacían tan poca basura que sus vidas dejaban de tener sentido y morían. Contado hoy, parece un mal chiste, pero qué paradoja que horas antes de morir, Pascual, con su humor de siempre, se permitiera el lujo de frivolizar sobre la muerte.
 
Y comparto esta anécdota con vosotros porque, pese a lo absurda que es, encierra una de las grandes lecciones de Pascual. Yo, que toda la vida he luchado contra mi realidad, llevada de grandes ideales, creyéndome nada mediocre, ahora entiendo que nuestra vida en común, el amor que nos teníamos, empezaba por gestos tan vulgares y cotidianos como este de tirar la basura. Ahora, cada vez más, me parece una auténtica aventura encontrar el momento idóneo para tirar la basura y siempre acabo acumulando bolsas que mi hermano o mi padre terminan por llevarse. Ahora, cada vez que veo que las bolsas de basura están repletas, sonrío y pienso: cuánto desearía que estuvieras aquí para bajar la basura; cuánto me gustaría que estuvieras aquí cuando tenga que vestirme para una cena y no sepa qué falda ponerme; cuánto me gustaría que estuvieras aquí para despertarme cuando me quedo dormida en el sofá; cuánto me gustaría que estuvieras aquí para decirte que estoy cansada y que, la mayoría de los días, no me puedo permitir el lujo de echarte de menos, porque echarte de menos es notar tu ausencia desde que me levanto hasta el final del día; y notar tu ausencia es dejar casi de respirar, porque al final, ¡qué bien!, nuestra historia estaba hecha de gestos tan cotidianos como el de tirar la basura. Por eso, como decía I. Bachman: “No te he perdido a ti/ sino al mundo».

 

Usados en común: estaciones del año, libros y una música.
Las llaves, los botes de té, la panera, sábanas y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados, gastados.
Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y siempre alargada la mano (…)

Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado irrevocables,
he adorado un algo y he sido devota delante de una nada

(—de un periódico doblado, de las cenizas frías, del papel con un apunte) (…)

No te he perdido a ti,
sino al mundo.

Últimos poemas. Trad. y pról. de Cecilia Dreymüller y Concha García. Madrid, Hiperión, 1999 (Poesía Hiperión, 345), pp. 71-72.

Publicado en: Carmen

Vendrán días

24 de febrero de 2008 por Carmen

Si alguien intentase algún día descifrarme, sin duda acudiría a mis libros preferidos de poesía porque ahí residen las claves de lo que soy. Pero, hablar de Pascual es hablar de su música: de Manolo García, porque sus canciones lo acompañaron desde siempre, sirvieron como excusa para relatar cuentos, como tema de discusión sobre el significado de sus letras, como dedicatoria en los aniversarios y hoy sirven como mensajes que él, a modo de guiño, me lanza desde no se dónde. Pero, sobre todo, estas canciones trazan el itinerario que casi a tientas he recorrido en los últimos meses. Dicho de una forma más sencilla, describen cómo afronto día a día la pérdida de Pascual.

La primera canción que yo le recuerdo es de los burros, era una de sus preferidas, y a mí hoy no me parece más que un presagio de aquella madrugada del 7 de diciembre. Se titula “Tú me sobrevuelas”.

Muy dentro del bosque, sobre un manto de humedad
Sentados muy juntos, te contemplo y te oigo hablar (…)
De repente, miro y tiemblo porque ya no estás,
Entre nubarrones el viento te llevará.
Por el cielo cruzan brujas del alba.
Me siento estremecer, tu mirada es azabache
Escapaste entre alientos de fuelle y hoguera
Ululante, te vas ¿qué será de mí?
Sopor, duermevela, incertidumbre, ¿dónde estás?
Espero señales, saber que regresarás.

 

“Como quien da un refresco” me paralizó días después al oírla en su propio móvil:

Me detengo en las miradas
Me escapo detrás (…)
Con los ojos que me miran
Me puedo escapar (…)
Que el amanecer me encuentra
Siempre despierto
Que me desvela el hambre que de ti tengo
se va el alma silenciosa
por la ventana
se va detrás del lucero de la mañana.

Dame descanso
Como quien da un cigarro.
Tu mirada vuela negra, vuela
Es la flecha que hiere el tiempo
Que lo detiene, que lo hace eterno.

Tu mirada.

 

La incredulidad de las primeras semanas, la insensibilidad casi, la obstinación en negar lo evidente: “Mientras observo al afilador”

 

A veces imagino por un instante
que no te has ido y el tiempo se detiene (…)
con mi locura conservo asombro
sobre los hombros, la alegría
que hasta ayer mismo compartimos.
Tu recuerdo me conmueve
Como al zagal nacido en estrechos valles
Conmueve el concierto de las mareas
A veces te veo por un instante
A veces siempre te sueño

 

Después, las lágrimas, la constatación lenta de que Pascual no iba a volver y que desde ese momento, mi vida sería otra cosa distinta; que el nuevo año traería ya para siempre a otra nueva Carmen. “Malva” es paradójicamente una de las canciones que había enseñado a Belén; qué ironía que con sólo cinco años tuviera que aprender tan bien el significado de la tristeza.

 

 

Te lloré como para rebosar mares
Como para reflotar naves
Que serán sólo astillas que descubrirán
Buscadores de pecios tierra adentro.
En otras vidas, en otros mundos vestidos de siglos,
Vestidos de asfalto sobre lechos marinos.
Sobre caracolas, fósiles y estelas
En el siempre y en el nunca de nuestro firmamento.
Por ti lloré tanto.

 

 

Pero llorar es hoy día el acto que me genera más pudor. Porque el dolor, en contra de lo esperado por muchos es para mí el más privado de mis sentimientos. Por eso, cuando a destiempo me asaltan unas ganas terribles de llorar, siempre viene a mí un recuerdo que me salva, un verso que me redime, como este de la canción “El bosque de tu alegría”

 

Porque de ti volví a aprender el nombre de las cosas
Porque de ti volví a aprender lo necesario
Pan, casa, destino, camino
De ti volví a aprender.
Del bosque de tu alegría
De manos de tu sereno misterio
Quedaba mucho por hacer (…)
Porque de ti volví a aprender lo necesario
A prescindir de lo inútil
Que nada es precario
Del brillo de tus ojos
A disfrutar el tiempo lento
Y cuatro cosa útiles
De tu gesto cierto
Y muchas cosas más de ti aprendí (…)
aprendí a sumar lo incierto con lo lógico (…)
aprendí a soportar sólo lo soportable
y quedaba mucho por hacer.

 

En definitiva, me agarro a las canciones como talismanes contra la tristeza. A veces, me viene de improviso el estribillo de una canción; otras, las más, enciendo la radio y, como si de un sortilegio se tratara, suena esa canción oída tantas veces y que parece haber sido compuesta desde siempre para iluminar estos difíciles días. A modo de esperanza: “Vendrán días”

 

Vendrán días en que el peso que te abruma se hará liviano
Vendrán días en que ese peso
Ya no será carga sino bagaje.
Vendrán días…han de venir…
Porque un alma que alberga sentimientos viles
No brilla
Y un alma sin brillo es un tiempo marchito
Para quien lo soporta (…)
Llega el tiempo que en tu campo amado
Plantarás pensamientos.
Junto al pozo de tu huerta,
Enjambres de madreselva
Y esa calma, y esa calma te ha de ayudar.

 

Supongo que Pascual estará contento al ver cómo la deuda con “San Manolo”, como él decía, queda saldada. Yo, después de leer tanto libros sobre la muerte y sus etapas, también me siento contenta, porque al final empezar a quedarse en la vida comienza de una forma tan sencilla como esta. Gracias, Manolo, nos vemos en el próximo concierto.

Publicado en: Carmen

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