Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Conectar con la rabia

21 de mayo de 2009 por Carmen

“Nada pudo pararte.
No el mejor de los días. No la calma,
No el océano meciéndose.
Seguiste adelante con tu muerte.
No los árbolesajo los que paseabas, no los árboles
Que te daban sombra.
No el médico
Que te advirtió, el joven médico de
Pelo blanco que una vez te salvó.
Seguiste adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte. No tu hijo. No tu hija.
Te tumbaste en la cama.
Cruzaste tus brazos sobre tu pecho
Y soñaste un mundo sin ti.
Y seguiste adelante con tu muerte
Nada pudo pararte.
No la vida que quisiste
No la vida que tuviste
Nada pudo pararte”

         Mark Strad: “Tu muerte”

 

Instalarse definitivamente en la realidad no es fácil, nos obliga a hacer los últimos balances, desempolvar los más escondidos sentimientos y sacar a la luz nuestras más secretas miserias.

Supongo que esta es la última etapa de este duelo. Confío en que este sea, como decía el poeta “el último dolor que me causas”. Porque aunque sé a ciencia cierta que los muertos no eligen morirse, yo en los últimos tiempos estoy enfada hasta con Pascual por haberse muerto y haberme dejado plantada frente a este panorama.

Y voy a recurrir una vez más a la ironía, que roza ya casi el sarcasmo, a ver si así acabo por verle el lado divertido al asunto. Hace unas semanas me comunican que la bajante del edificio se ha roto y que yo soy, con mi habitual tino, una de las implicadas en el estropicio. De modo, que un amable caballero decide agujerear mi flamante cuarto de baño y dejarme un boquete por el que puede bajar hasta Papá Noel la próxima Navidad. Las teorías del operario acerca de las posibles causas de la rotura voy a ahorrármelas por no hacer leña de un oficio tan digno como el de los fontaneros, tan parecidos ellos a los caballeros andantes. Después vino la búsqueda de la losa en mi atestado trastero. Ahí pude comprobar una vez más los brazos de camionero que estoy echando. Venga bajar cajas, venga rebuscar entre trastos inútiles, venga tropezarme con trozos de mi historia. Y la losa que no aparece. Y mientras tanto, deciden taparme el agujero, por eso de que a la chica quizá le de un poco de impresión ducharse como si estuviese en la obra. Pero el nuevo operario dice que no puede porque las dimensiones del “bujero” superan las que le habían indicado en el nota. Y yo vuelta a esperar a que autoricen el arreglo. Y ya casi me estoy acostumbrando. Y lo mejor de todo es que empieza a darme igual, o quizá me dio igual desde el principio.

Días más tarde recibo otra carta bomba: Hacienda. Sé que en eso coincido con buena parte de los españoles: esa carta siempre es una bomba, pero es que la mía me deja casi al borde del infarto. El borrador me exige la friolera de 8500 euros. Pero yo, como soy optimista, llamo a mi hermano a ver si la cantidad me la ingresaban ellos o debía ingresarla yo. Pero el optimismo aún me dura, porque he decidido ir a la cárcel ya, definitivamente, porque allí se tiene tiempo libre y podré dormir y leer y escribir y estudiar y hacer gimnasia… en fin, recobraré todos los derechos que desde el siete de diciembre se me están arrebatando.

Por eso he decido no pagar e irme una temporadita a descansar a una de esas cárceles en las que dicen que se vive es escándalo, y ya de paso, a ver si conozco algún famoso. Confío en que vengáis a visitarme. Creo que vamos a estar la mar de entretenidos. Y así mis nanos, cuando crezcan, podrán pensar y con razón que su madre fue todo un héroe de su tiempo, y lo digo así en masculino, porque yo lo valgo.

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La muerte de un ídolo

21 de mayo de 2009 por Carmen

https://youtube.com/watch?v=3Q4myDcshGY%26amp

El domingo moría Mario Benedetti. Yo me enteré el lunes, cuando Ana me llamó para decirme que, una vez más estábamos de luto este año: el 4 de marzo había muerto Pepe Perona, mi maestro de gramática, como a él le gustaba hacerse llamar.

Aquella mañana me resultó muy difícil disimular el dolor. La suya era una muerte presentida, “cualquier día de estos se muere”, me decía yo en los últimos años. Finalmente murió y supe que ya nunca me pediría matrimonio. Yo siempre bromeaba con Pascual y le aseguraba que Mario sería el único hombre por el que yo podría abandonarlo. Irónicamente, Pascual nos abandonó a todos mucho antes.

Decía Mario que una biblioteca no es nunca la historia de la literatura universal, sino la historia privada de quien la ha ido forjando.  El primer libro que yo compré y leí en serio estaba firmado por Mario Benedetti. Ese fue, lo recuerdo nítidamente, el comienzo de mi pasión por la literatura. El libro se titulaba “La tregua”, una novela que ya va por la edición 192, que marcó mi historia y que incluso hoy me parece toda una premonición de lo que sería mi propia vida. Entonces, yo tenía sólo 16 años, pero aquel diario dejó una honda huella en mi mente adolescente.

Martín Santomé es un hombre viudo de 49 años que esta a punto de jubilarse. La relación con sus tres hijos ya mayores no es muy buena a causa de su obsesión por el trabajo. Martin comienza un romance con Laura Avellaneda, una joven de 24 años que entra a trabajar en la empresa para la cual trabaja. Poco a poco la relación entre ellos va aumentando hasta que Martin decide pedirle matrimonio, cuando Laura a causa de una gripe deja de acudir a la oficina. Desgraciadamente, Laura muere y Martin regresa a su vida de antes donde comprueba que aquel amor no fue más que una tregua que dios y la vida la habían concedido.
Después de “La tregua” leí todo lo que caía en mis manos que llevara su nombre. Me adentré en su poesía, en su labor de crítico literario, escuché las canciones que Nacha Guevara y Serrat habían compuesto con sus letras, vi la película de “El lado oscuro del corazón” en la que él hace una pequeña aparición, y lo seguí en cada una de las conferencias que daba cada vez que venía a Murcia. Recuerdo un día que fui a Cartagena a verlo. Acudí con la misma emoción con la que una novia acude a su primera cita. Victorino Polo, mi profesor de literatura y el encargado del congreso, quiso presentármelo al final de la conferencia, más por marcarse un farol ya que ni siquiera recordaba mi nombre, pero yo rechacé cortésmente aquel ofrecimiento: los ídolos, pensé, siempre tienen los pies de barro, y yo prefería seguir escuchando a Benedetti desde la distancia y desde el anonimato.
Hoy pienso en Benedetti y sólo viene a mi memoria su personal historia de amor vivida con Luz, una mujer con la que estuvo casado sesenta años. Esta mañana le decía a mis alumnos que, desgraciadamente, nuestra generación ya no sabrá qué es eso de vivir toda una vida al lado de la misma persona. Les contaba la enfermedad de su esposa y cómo Mario dedicó sus últimos años a cuidar de alguien que había olvidado hasta su nombre. Mario murió el domingo, pero probablemente había empezado a morir mucho antes, hace tres años, cuando su Luz se extinguió.

 “Bodas de perlas”:
Después de todo qué complicado es el amor breve
y en cambio qué sencillo el largo amor
digamos que éste no precisa barricadas
contra el tiempo ni contra el destiempo
ni se enreda en fervores a plazo fijo

el amor breve aún en aquellos tramos
en que ignora su proverbial urgencia
siempre guarda o esconde o disimula
semiadioses que anuncian la invasión del olvido
en cambio el largo amor no tiene cismas
ni soluciones de continuidad
más bien continuidad de soluciones (…)

cuando la conocí
tenía apenas doce años y negras trenzas
y un perro atorrante
que a todos nos servía de felpudo
yo tenía catorce y ni siquiera perro
calculé mentalmente futuro y arrecifes
y supe que me estaba destinada
mejor dicho que yo era el destinado
todavía no se cuál es la diferencia

así y todo tardé seis años en decírselo
y ella un minuto y medio en aceptarlo (…)

ahora nuestro amor tiene como el de todos
inevitables zonas de tristeza y presagios
paréntesis de miedo incorregibles lejanías
culpas que quisiéramos inventar de una vez
para liquidarlas definitivamente

la conocida sombra de nuestros cuerpos
ya no acaba en nosotros
sigue por cualquier suelo cualquier orilla
hasta alcanzar lo real escandaloso
y lamer con lealtad los restos de silencio
que también integran nuestro largo amor

estábamos estamos estaremos juntos
a pedazos a ratos a párpados a sueños (…)

no podemos quejarnos
en treinta años la vida
nos ha llevado recio y traído suave
nos ha tenido tan pero tan ocupados
que siempre nos deja algo para descubrirnos
a veces nos separa y nos necesitamos
cuando uno necesita se siente vivo
entonces nos acerca y nos necesitamos

es bueno tener a mi mujer aquí
aunque estemos silenciosos y sin mirarnos
ella leyendo su séptimo círculo
y adivinando siempre quién es el asesino
yo escuchando noticias de onda corta
con el auricular para no molestarla
y sabiendo también quién es el asesino

la vida de pareja en treinta años
es una colección inimitable
de tangos diccionarios angustias mejorías
aeropuertos camas recompensas condenas
pero siempre hay un llanto finísimo
casi un hilo que nos atraviesa
y va enhebrando una estación con otra
borda aplazamientos y triunfos
le cose los botones al desorden
y hasta recomienda melancolías

siempre hay un finísimo llanto un placer
que a veces ni siquiera tiene lágrimas
y es la parábola de esta historia mixta
la vida a cuatro manos el desvelo
o la alegría en que nos apoyamos
cada vez más seguros casi como
dos equilibristas sobre su alambre
de otro modo no habríamos llegado a saber
qué significa el brindis que ahora sigue
y que lógicamente no vamos a hacer público

23 de marzo 1976

Publicado en: Carmen

Las bodas

19 de abril de 2009 por Carmen

“No quiero encarcelarte dentro del amor, porque alegría y belleza no resisten la prisión domiciliaria. Sólo quiero que el amor sea para nosotros una amplia casa donde entremos y salgamos a voluntad; una entrega sin premeditación ni alevosía, aunque nos amemos con nocturnidad y ensañamiento. Y que siempre haya una porción indómita de nosotros, irreductible. Un misterio, un asombro pendiente”
Luis Manuel García
Se casan dos de las personas más importantes de mi vida. Hace unos días decidimos sentarnos juntas y hacer balance de estos años. Pasamos revista a nuestros encuentros y desencuentros, pusimos falta a los que ya no están con nosotros. Intenté evitar las nostalgias aleccionándolas sobre su primera noche de bodas. Reímos mucho, sorteamos así la tristeza común que cada una de nosotras, a su manera sentía. Pero no pudimos, no quisimos, evitar pensar cómo habrían sido estos meses si Pascual aún viviese.
Nos sentimos, pese a todo, felices de haber sobrevivido a tantas tristezas. Yo me sentí amiga, hermana, y también –no pude evitarlo- madre de ellas. Quizá yo era de las pocas personas que siendo tan joven, había cumplido mis votos matrimoniales hasta el “que la muerte nos separe”. Por eso quise felicitarlas por la suerte de haber decidido casarse. Les deseé una larga vida juntos y brindamos como en la peli “por la cándida adolescencia”, una adolescencia que quedaba ya muy lejos pero en la que fraguamos buena parte de las mujeres que hoy somos.
Las miré de nuevo a los ojos y sólo sentí un profundo orgullo ante aquellas mujeres sobrevivientes, ante aquellas mujeres que supieron mantener esa “porción indómita” que, al menos, les asegurará una vida tan de verdad como la que Pascual y yo tuvimos.

Aunque tú no lo sepas de Luis García Montero

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos…

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Publicado en: Carmen

A contramuerte

7 de abril de 2009 por Carmen

«Porque yo soy los libros que he leído, ya lo dijo Borges, los versos que se hicieron míos y que rebrotan como las flores al conjuro del fervor o de la pena» Ana Rosa Carazo

Gracias por haberme regalado este libro. Ya desde el prólogo me conmovió: «Todos hemos sufrido con las mismas palabras, de la misma manera que el dolor que sentimos lo han sentido otros antes y lo sentirán otros después, y a ese tablón ardiendo hay que agarrarse. Se llama literatura» -decía Luis Alberto de Cuenca-  Para mí también la literatura ha sido una tabla de salvación, pero esta es la primera vez que me enfrento a un dolor tan absurdo como el que yo siento contado en un código que me resulta comprensible. Porque hablar del dolor es casi imposible, requiere un lenguaje tan metafórico como el que necesitamos para hablar del amor.

Este es parte del correo que le mandaba, agradecida, a mi compañera Aurora que, “casualmente”, días atrás me había regalado el libro de Ana Rosa Carazo que lleva el significativo título de “A Contramuerte”.

Comienza el libro con la siguiente dedicatoria: “A la memoria de mi nieta Ana Guillén Salvador, la esclarecida y primogénita de todos mis nietos, muerta de un hachazo invisible y homicida, el dieciocho de agosto de 2001. Sólo había cumplido veintitrés años. Con ella creía en la inmortalidad. Sin su luz, me siento ciega, perdida, vacía”.

Añade después en el Ofertorio: “Me pregunto muchas veces cómo he podido sobrevivirte. Tal vez esta inesperada prolongación de mi vida se deba a que tú me has traspasado la poderosa fuerza de la tuya. Porque te siento vivir en mí”

Y páginas más adelante en el Introito afirmará: “Sin libros yo no hubiera podido sobreponerme al dolor y sobrevivir en la desgracia. Sin la memoria de mis libros, yo no estaría ahora aquí escribiendo para ti estos versos”.

Un solo poema reproduzco de los veintitrés que componen el libro – uno por cada año de su nieta-, el poema XXI:

“También mis labios fueron
los últimos que se posaron en tu frente,
postreros, tercos besos de la despedida
sobre tu rostro pálido y helado,
en el féretro ya.
No respirabas, Dios, no respirabas
Y en tu frente no había
Esa interrogación urgente hacia el futuro
Que tan prometedor y tan brillante
Y tan feliz se te ofrecía,
Y que en tan pocas horas
Había cerrado en negro el horizonte.
Pues aquel celador indiferente,
Guardián de la muerte y de su horario,
Me conminó a salir, se le hacía tarde.
Y tuve que dejarte a solas con tu muerte.
Me arrancaron de ti
Como la uña de la carne”

Finalmente, el libro concluye con las certeras palabras de la tía de la fallecida: Aurora Salvador Rosa:

“Vivimos, de todos modos. Y hasta nos las arreglamos para alcanzar en algunos momentos, a pesar de la esencial incertidumbre en que vivir consiste, milagrosos estados de armonía, de plenitud, de conformidad con la existencia. La felicidad humana está hecha de estos momentos, y nuestro gran problema es hacerlos durar. No es fácil, puesto que todo fluye. Pero aunque se desvanezcan, quedan atesorados en la memoria, nos retroalimentan y, sobre todo, nos ayudan a conservar la esperanza (…) Más feliz que el que goza es el que mantiene en sí la disposición de ánimo que hace posible el gozo. Más, porque sabe que basta que cesen las turbulencias atmosféricas para que el cielo abra, rompiendo gloria. Basta el futuro, esa cosa resplandeciente, a quien se siente capaz de ver la luz”

Me siento, pues, profundamente agradecida por cada uno de los poemas que componen este libro. En él he encontrado un valioso interlocutor con el que hablar sobre la muerte. Porque sólo quien ha muerto en la muerte de un ser querido comparte un mismo lenguaje, una metáfora común. Deseo sinceramente que algún día “el cielo se abra, rompiendo gloria” para cada uno de nosotros.

 

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Guía del buen caballero

5 de marzo de 2009 por Carmen

Por azar, como  suceden siempre las cosas buenas, encontré el otro día este bello título. Es un libro de esos que hasta te apetece oler, lleno de desplegables y de hermosas ilustraciones. Relata en doce magníficos capítulos los consejos de un padre a su hijo para hacer de éste un perfecto caballero.

 Al asalto, como siempre ocurre con los sentimientos, me sorprendió la emoción a destiempo, cuando leí el comienzo:

“El hogar de un caballero es su castillo. ¿Tienes el valor suficiente para rescatar a tu padre del castillo de Oc?”

El corazón me dio un vuelco y me dejé llevar por unos instantes, y la muerte ya no apareció en mi mente como un personaje disfrazado de negro que empuña una guadaña; la muerte se convirtió solamente en un caballero enemigo que había atrapado a mi marido en un alejado castillo. Y, a sabiendas de que me mentía, imaginé que había un camino de regreso hacia la vida…

Minutos después, imaginé a Pascual escribiendo este libro para mis hijos y para mí misma. ¿Cuáles habrían sido sus consejos? Y en cada capítulo, que leí con mucho detenimiento, imaginaba las palabras del propio Pascual enseñándonos a distinguir a los amigos de los enemigos, hablándonos de la importancia del entretenimiento, de la necesidad de construir una fortaleza para defenderse del asedio enemigo, de cómo ganar las batallas, de los héroes célebres… en definitiva, del noble destino de ser caballero…

Y me vi a mí misma convertida, como yo repito tantas veces cargada de ironía, en el “perfecto caballero”. Y pese a la nobleza de las tareas que estaba aprendiendo, como colgar un cuadro, arreglar un desagüe o lidiar con la burocracia, en realidad, entendí que  estaba cansada de ser caballero, dama y hasta dragón de mi castillo, si me apuras. Y sentí que tanta lucha a veces parecía inútil. Y que el argumento de mi historia empezaba a cansarme, porque en la Edad Media, las mujeres eran perfectas damas encerradas en un castillo del que siempre venía a salvarlas un estupendo caballero. Y quise tirar mis trenzas para que, como en los cuentos, alguien viniera a salvarme de la Muerte, ese terrible caballero que un día hace ya mucho, se llevó a mi marido, y me dejó convertida en reina y señora de mi castillo. Un castillo en el que la soledad empezaba a reinar y donde el silencio se empezaba a notar demasiado.

¿Qué se escondía detrás del castillo de Oc? ¿Por qué las palabras finales del libro son estas?:

“Hijo mío, ahora ya has aprendido todo lo que yo puedo enseñarte sobre ser caballero. No olvides que, por encima de todo, un caballero es valiente y cumple rigurosamente el código de caballería. Tengo la certeza de que estás preparado para recibir tu espada y venir a rescatarme al castillo de Oc. Date prisa, hijo mío, pues sería magnífico volver a verte. Hasta entonces, no diré  Adiós, sino sólo Hasta pronto”.

Y sentí, acertada o erróneamente, que mi destino era luchar eternamente contra la Muerte para rescatar el recuerdo de Pascual de las manos del tiempo. Y memoricé sus últimos consejos: “ten siempre tu armadura bruñida y tus armas a mano e ignora las privaciones: te ayudarán a ser más fuerte”. Y cansada y triste, como me sentía hoy, empecé a escribir esta historia, con pobres palabras…mis únicas armas contra el olvido.

Publicado en: Carmen

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