“Nada pudo pararte.
No el mejor de los días. No la calma,
No el océano meciéndose.
Seguiste adelante con tu muerte.
No los árbolesajo los que paseabas, no los árboles
Que te daban sombra.
No el médico
Que te advirtió, el joven médico de
Pelo blanco que una vez te salvó.
Seguiste adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte. No tu hijo. No tu hija.
Te tumbaste en la cama.
Cruzaste tus brazos sobre tu pecho
Y soñaste un mundo sin ti.
Y seguiste adelante con tu muerte
Nada pudo pararte.
No la vida que quisiste
No la vida que tuviste
Nada pudo pararte”Mark Strad: “Tu muerte”
Instalarse definitivamente en la realidad no es fácil, nos obliga a hacer los últimos balances, desempolvar los más escondidos sentimientos y sacar a la luz nuestras más secretas miserias.
Días más tarde recibo otra carta bomba: Hacienda. Sé que en eso coincido con buena parte de los españoles: esa carta siempre es una bomba, pero es que la mía me deja casi al borde del infarto. El borrador me exige la friolera de 8500 euros. Pero yo, como soy optimista, llamo a mi hermano a ver si la cantidad me la ingresaban ellos o debía ingresarla yo. Pero el optimismo aún me dura, porque he decidido ir a la cárcel ya, definitivamente, porque allí se tiene tiempo libre y podré dormir y leer y escribir y estudiar y hacer gimnasia… en fin, recobraré todos los derechos que desde el siete de diciembre se me están arrebatando.
“No quiero encarcelarte dentro del amor, porque alegría y belleza no resisten la prisión domiciliaria. Sólo quiero que el amor sea para nosotros una amplia casa donde entremos y salgamos a voluntad; una entrega sin premeditación ni alevosía, aunque nos amemos con nocturnidad y ensañamiento. Y que siempre haya una porción indómita de nosotros, irreductible. Un misterio, un asombro pendiente”
Gracias por haberme regalado este libro. Ya desde el prólogo me conmovió: «Todos hemos sufrido con las mismas palabras, de la misma manera que el dolor que sentimos lo han sentido otros antes y lo sentirán otros después, y a ese tablón ardiendo hay que agarrarse. Se llama literatura» -decía Luis Alberto de Cuenca- Para mí también la literatura ha sido una tabla de salvación, pero esta es la primera vez que me enfrento a un dolor tan absurdo como el que yo siento contado en un código que me resulta comprensible. Porque hablar del dolor es casi imposible, requiere un lenguaje tan metafórico como el que necesitamos para hablar del amor.
Añade después en el Ofertorio: “Me pregunto muchas veces cómo he podido sobrevivirte. Tal vez esta inesperada prolongación de mi vida se deba a que tú me has traspasado la poderosa fuerza de la tuya. Porque te siento vivir en mí”
“Vivimos, de todos modos. Y hasta nos las arreglamos para alcanzar en algunos momentos, a pesar de la esencial incertidumbre en que vivir consiste, milagrosos estados de armonía, de plenitud, de conformidad con la existencia. La felicidad humana está hecha de estos momentos, y nuestro gran problema es hacerlos durar. No es fácil, puesto que todo fluye. Pero aunque se desvanezcan, quedan atesorados en la memoria, nos retroalimentan y, sobre todo, nos ayudan a conservar la esperanza (…) Más feliz que el que goza es el que mantiene en sí la disposición de ánimo que hace posible el gozo. Más, porque sabe que basta que cesen las turbulencias atmosféricas para que el cielo abra, rompiendo gloria. Basta el futuro, esa cosa resplandeciente, a quien se siente capaz de ver la luz”
Por azar, como suceden siempre las cosas buenas, encontré el otro día este bello título. Es un libro de esos que hasta te apetece oler, lleno de desplegables y de hermosas ilustraciones. Relata en doce magníficos capítulos los consejos de un padre a su hijo para hacer de éste un perfecto caballero.
El corazón me dio un vuelco y me dejé llevar por unos instantes, y la muerte ya no apareció en mi mente como un personaje disfrazado de negro que empuña una guadaña; la muerte se convirtió solamente en un caballero enemigo que había atrapado a mi marido en un alejado castillo. Y, a sabiendas de que me mentía, imaginé que había un camino de regreso hacia la vida…
me vi a mí misma convertida, como yo repito tantas veces cargada de ironía, en el “perfecto caballero”. Y pese a la nobleza de las tareas que estaba aprendiendo, como colgar un cuadro, arreglar un desagüe o lidiar con la burocracia, en realidad, entendí que estaba cansada de ser caballero, dama y hasta dragón de mi castillo, si me apuras. Y sentí que tanta lucha a veces parecía inútil. Y que el argumento de mi historia empezaba a cansarme, porque en la Edad Media, las mujeres eran perfectas damas encerradas en un castillo del que siempre venía a salvarlas un estupendo caballero. Y quise tirar mis trenzas para que, como en los cuentos, alguien viniera a salvarme de la Muerte, ese terrible caballero que un día hace ya mucho, se llevó a mi marido, y me dejó convertida en reina y señora de mi castillo. Un castillo en el que la soledad empezaba a reinar y donde el silencio se empezaba a notar demasiado.
“Hijo mío, ahora ya has aprendido todo lo que yo puedo enseñarte sobre ser caballero. No olvides que, por encima de todo, un caballero es valiente y cumple rigurosamente el código de caballería. Tengo la certeza de que estás preparado para recibir tu espada y venir a rescatarme al castillo de Oc. Date prisa, hijo mío, pues sería magnífico volver a verte. Hasta entonces, no diré Adiós, sino sólo Hasta pronto”.