Pascual Fernández

Pascual Fernández

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La muerte de un ídolo

21 de mayo de 2009 por Carmen

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El domingo moría Mario Benedetti. Yo me enteré el lunes, cuando Ana me llamó para decirme que, una vez más estábamos de luto este año: el 4 de marzo había muerto Pepe Perona, mi maestro de gramática, como a él le gustaba hacerse llamar.

Aquella mañana me resultó muy difícil disimular el dolor. La suya era una muerte presentida, “cualquier día de estos se muere”, me decía yo en los últimos años. Finalmente murió y supe que ya nunca me pediría matrimonio. Yo siempre bromeaba con Pascual y le aseguraba que Mario sería el único hombre por el que yo podría abandonarlo. Irónicamente, Pascual nos abandonó a todos mucho antes.

Decía Mario que una biblioteca no es nunca la historia de la literatura universal, sino la historia privada de quien la ha ido forjando.  El primer libro que yo compré y leí en serio estaba firmado por Mario Benedetti. Ese fue, lo recuerdo nítidamente, el comienzo de mi pasión por la literatura. El libro se titulaba “La tregua”, una novela que ya va por la edición 192, que marcó mi historia y que incluso hoy me parece toda una premonición de lo que sería mi propia vida. Entonces, yo tenía sólo 16 años, pero aquel diario dejó una honda huella en mi mente adolescente.

Martín Santomé es un hombre viudo de 49 años que esta a punto de jubilarse. La relación con sus tres hijos ya mayores no es muy buena a causa de su obsesión por el trabajo. Martin comienza un romance con Laura Avellaneda, una joven de 24 años que entra a trabajar en la empresa para la cual trabaja. Poco a poco la relación entre ellos va aumentando hasta que Martin decide pedirle matrimonio, cuando Laura a causa de una gripe deja de acudir a la oficina. Desgraciadamente, Laura muere y Martin regresa a su vida de antes donde comprueba que aquel amor no fue más que una tregua que dios y la vida la habían concedido.
Después de “La tregua” leí todo lo que caía en mis manos que llevara su nombre. Me adentré en su poesía, en su labor de crítico literario, escuché las canciones que Nacha Guevara y Serrat habían compuesto con sus letras, vi la película de “El lado oscuro del corazón” en la que él hace una pequeña aparición, y lo seguí en cada una de las conferencias que daba cada vez que venía a Murcia. Recuerdo un día que fui a Cartagena a verlo. Acudí con la misma emoción con la que una novia acude a su primera cita. Victorino Polo, mi profesor de literatura y el encargado del congreso, quiso presentármelo al final de la conferencia, más por marcarse un farol ya que ni siquiera recordaba mi nombre, pero yo rechacé cortésmente aquel ofrecimiento: los ídolos, pensé, siempre tienen los pies de barro, y yo prefería seguir escuchando a Benedetti desde la distancia y desde el anonimato.
Hoy pienso en Benedetti y sólo viene a mi memoria su personal historia de amor vivida con Luz, una mujer con la que estuvo casado sesenta años. Esta mañana le decía a mis alumnos que, desgraciadamente, nuestra generación ya no sabrá qué es eso de vivir toda una vida al lado de la misma persona. Les contaba la enfermedad de su esposa y cómo Mario dedicó sus últimos años a cuidar de alguien que había olvidado hasta su nombre. Mario murió el domingo, pero probablemente había empezado a morir mucho antes, hace tres años, cuando su Luz se extinguió.

 “Bodas de perlas”:
Después de todo qué complicado es el amor breve
y en cambio qué sencillo el largo amor
digamos que éste no precisa barricadas
contra el tiempo ni contra el destiempo
ni se enreda en fervores a plazo fijo

el amor breve aún en aquellos tramos
en que ignora su proverbial urgencia
siempre guarda o esconde o disimula
semiadioses que anuncian la invasión del olvido
en cambio el largo amor no tiene cismas
ni soluciones de continuidad
más bien continuidad de soluciones (…)

cuando la conocí
tenía apenas doce años y negras trenzas
y un perro atorrante
que a todos nos servía de felpudo
yo tenía catorce y ni siquiera perro
calculé mentalmente futuro y arrecifes
y supe que me estaba destinada
mejor dicho que yo era el destinado
todavía no se cuál es la diferencia

así y todo tardé seis años en decírselo
y ella un minuto y medio en aceptarlo (…)

ahora nuestro amor tiene como el de todos
inevitables zonas de tristeza y presagios
paréntesis de miedo incorregibles lejanías
culpas que quisiéramos inventar de una vez
para liquidarlas definitivamente

la conocida sombra de nuestros cuerpos
ya no acaba en nosotros
sigue por cualquier suelo cualquier orilla
hasta alcanzar lo real escandaloso
y lamer con lealtad los restos de silencio
que también integran nuestro largo amor

estábamos estamos estaremos juntos
a pedazos a ratos a párpados a sueños (…)

no podemos quejarnos
en treinta años la vida
nos ha llevado recio y traído suave
nos ha tenido tan pero tan ocupados
que siempre nos deja algo para descubrirnos
a veces nos separa y nos necesitamos
cuando uno necesita se siente vivo
entonces nos acerca y nos necesitamos

es bueno tener a mi mujer aquí
aunque estemos silenciosos y sin mirarnos
ella leyendo su séptimo círculo
y adivinando siempre quién es el asesino
yo escuchando noticias de onda corta
con el auricular para no molestarla
y sabiendo también quién es el asesino

la vida de pareja en treinta años
es una colección inimitable
de tangos diccionarios angustias mejorías
aeropuertos camas recompensas condenas
pero siempre hay un llanto finísimo
casi un hilo que nos atraviesa
y va enhebrando una estación con otra
borda aplazamientos y triunfos
le cose los botones al desorden
y hasta recomienda melancolías

siempre hay un finísimo llanto un placer
que a veces ni siquiera tiene lágrimas
y es la parábola de esta historia mixta
la vida a cuatro manos el desvelo
o la alegría en que nos apoyamos
cada vez más seguros casi como
dos equilibristas sobre su alambre
de otro modo no habríamos llegado a saber
qué significa el brindis que ahora sigue
y que lógicamente no vamos a hacer público

23 de marzo 1976

Publicado en: Carmen