Por azar, como suceden siempre las cosas buenas, encontré el otro día este bello título. Es un libro de esos que hasta te apetece oler, lleno de desplegables y de hermosas ilustraciones. Relata en doce magníficos capítulos los consejos de un padre a su hijo para hacer de éste un perfecto caballero.
Al asalto, como siempre ocurre con los sentimientos, me sorprendió la emoción a destiempo, cuando leí el comienzo:
“El hogar de un caballero es su castillo. ¿Tienes el valor suficiente para rescatar a tu padre del castillo de Oc?”
El corazón me dio un vuelco y me dejé llevar por unos instantes, y la muerte ya no apareció en mi mente como un personaje disfrazado de negro que empuña una guadaña; la muerte se convirtió solamente en un caballero enemigo que había atrapado a mi marido en un alejado castillo. Y, a sabiendas de que me mentía, imaginé que había un camino de regreso hacia la vida…
Minutos después, imaginé a Pascual escribiendo este libro para mis hijos y para mí misma. ¿Cuáles habrían sido sus consejos? Y en cada capítulo, que leí con mucho detenimiento, imaginaba las palabras del propio Pascual enseñándonos a distinguir a los amigos de los enemigos, hablándonos de la importancia del entretenimiento, de la necesidad de construir una fortaleza para defenderse del asedio enemigo, de cómo ganar las batallas, de los héroes célebres… en definitiva, del noble destino de ser caballero…
Y
me vi a mí misma convertida, como yo repito tantas veces cargada de ironía, en el “perfecto caballero”. Y pese a la nobleza de las tareas que estaba aprendiendo, como colgar un cuadro, arreglar un desagüe o lidiar con la burocracia, en realidad, entendí que estaba cansada de ser caballero, dama y hasta dragón de mi castillo, si me apuras. Y sentí que tanta lucha a veces parecía inútil. Y que el argumento de mi historia empezaba a cansarme, porque en la Edad Media, las mujeres eran perfectas damas encerradas en un castillo del que siempre venía a salvarlas un estupendo caballero. Y quise tirar mis trenzas para que, como en los cuentos, alguien viniera a salvarme de la Muerte, ese terrible caballero que un día hace ya mucho, se llevó a mi marido, y me dejó convertida en reina y señora de mi castillo. Un castillo en el que la soledad empezaba a reinar y donde el silencio se empezaba a notar demasiado.
¿Qué se escondía detrás del castillo de Oc? ¿Por qué las palabras finales del libro son estas?:
“Hijo mío, ahora ya has aprendido todo lo que yo puedo enseñarte sobre ser caballero. No olvides que, por encima de todo, un caballero es valiente y cumple rigurosamente el código de caballería. Tengo la certeza de que estás preparado para recibir tu espada y venir a rescatarme al castillo de Oc. Date prisa, hijo mío, pues sería magnífico volver a verte. Hasta entonces, no diré Adiós, sino sólo Hasta pronto”.
Y sentí, acertada o erróneamente, que mi destino era luchar eternamente contra la Muerte para rescatar el recuerdo de Pascual de las manos del tiempo. Y memoricé sus últimos consejos: “ten siempre tu armadura bruñida y tus armas a mano e ignora las privaciones: te ayudarán a ser más fuerte”. Y cansada y triste, como me sentía hoy, empecé a escribir esta historia, con pobres palabras…mis únicas armas contra el olvido.
