Cumplir una promesa, sobre todo cuando depende de otros, es difícil, a veces, imposible. El compromiso de andar la parte del camino de los que ya no están lo aprendí de Manolo García. Por eso, hace siete meses prometí que algún día lo conocería personalmente y le hablaría de mi marido y de lo que su música significaba para él.

Mi vida en los últimos meses se teje de incontables “casualidades”. Tus canciones son parte de ellas. Supongo que la historia que te voy a contar en poco difiere de las muchas que llegan a tus oídos, pero me gustaría que leyeras con atención este trozo de mi vida.
Por eso te decía que formas parte de mi esperanza. Por eso sé que estoy en deuda contigo. Estamos en deuda contigo. Porque tu música esta ligada a Pascual de por vida. Cuando estrenaste “Arena en los bolsillos” yo le regalé el disco a Pascual con una nota que acababa de la siguiente forma:” la felicidad de hoy es tan sutil y tan veraz como la del hombre que, cansado y en paz consigo mismo, vuelve a casa sin más prueba de lo vivido que un montón de arena en los bolsillos”. Hoy a mí no me quedan más pruebas de lo vivido con mi marido en estos años que mis dos hijos y un montón de arena en los bolsillos.
Llegamos a la plaza de toros a las 8.30, tarde, porque las puertas se abrían a las 8. Yo venía del campo de dejar a los nanos con mis padres y apenas me dio tiempo de meterme los pantalones y pintarme un poco. Nada más llegar, llamé a Manolo Robles, el periodista de La Verdad que había prometido llevarme hasta el García. Salió a atenderme rápidamente y con mucha amabilidad me contó que vería a la hermana de Manolo antes del concierto y yo misma podría entregarle la carta. Tuvimos que esperar Belén y yo una larga hora, que inevitablemente nos recordó a tantas esperas durante tantas oposiciones que los tres habíamos compartido en los últimos años. Finalmente, Carmen nos recibió y se aventuró a insinuar que quizá después del concierto, si Manolo no estaba muy cansado, podría atenderme un momento. Disfrutamos del concierto. Para mí fue experimentar algo que ya había sentido en Granada, cuando el 31 de mayo fuimos a verlo: supe exactamente qué sentía Pascual en sus conciertos; lo supe, cuando en Granada escuché en una de sus canciones: “tu parte del camino la haré yo”.
di las gracias y él me devolvió un abrazo. Cuando salía, mi cara debía ser tan contradictoria que el miembro del equipo que me había conducido por aquellos pasillos hasta él, me preguntó qué pasaba con mi cara si lo había conseguido ya. Y lo mejor, mi momento particular de gloria, fue cuando al salir, ante el grupo de gente que seguía esperando a Manolo, yo proclamé, tipo diva, que Manolo iba a cenar, que estaba muy cansado y que no atendería a nadie más. Supongo que fue mi noche, la noche de Pascual. Aquel simple encuentro desencadenó nuevos e intensos matices en mi forma de añorar a Pascual hasta ese momento.
Estos meses con Jorge y Belén a solas están resultando agotadores, hay días que, incluso diría, insufribles. A la pérdida de un marido, se añade la pérdida de un padre, y no sé qué dolor es más lacerante. Belén tiene reflexiones desconcertantes, me pide ayuda, que haga algo para que su padre vuelva. Ante mis explicaciones reiteradas para hacerle comprender que Pascual no va a volver, ha decidido suplicarme que me case de nuevo, que ella lo necesita, que sus amigos pensarán que no tiene padre. Supongo que es el último recurso en el que confía su pensamiento mágico de cinco años para intentar recuperar a Pascual.
en todo lo que he perdido, y mis pérdidas se remontan más allá de Pascual, más allá de cuando no podía asociar el concepto de la muerte al nombre de un ser querido. Estar vivo significa necesariamente perder a personas que amamos, a personas que formaron parte de nuestra vida durante un tiempo limitado. Esas pérdidas, ajenas a la muerte, nos preparan para otras pérdidas más definitivas, son como pequeños ensayos que nos permiten afrontar la muerte con mayor serenidad. Porque, a veces, las personas, se nos mueren en vida. Pascual y yo, por ejemplo, lloramos juntos la salida de nuestras vidas de un amigo que fue para nosotros como un hermano, y aquello fue como una muerte. Saber que esa persona seguirá viviendo, quizá no lejos de nosotros y aceptar que nunca más formará parte de nuestra historia es un dolor muy parecido al de la muerte real. Los grandes jalones de nuestra existencia, al final, siempre están ligados a las pérdidas. Aprendemos a vivir sin aquellas personas que un día lo fueron todo para nosotros. Y el recuerdo casi siempre se vuelve amargo.
A veces, las pérdidas llevan consigo un aprendizaje, pero, la mayoría, las pérdidas son enormes vacíos que se nos enquistan en el alma y nos llenan de impotencia y de rabia al constatar que no podemos hacer nada por cambiar la realidad, que no podemos evitar que salga definitivamente de nuestras vidas aquel que ya no quiere estar, por mucho que nos aferremos, por mucho que luchemos. Y seguimos viviendo, con la esperanza vana de que algún día, mientras paseamos, podamos encontrarnos de lleno con aquel rostro ya desdibujado por el tiempo para, al menos, comprobar que sigue vivo. Y frecuentamos los amigos comunes con la ilusión y el temor de escuchar noticias suyas. Y cargamos nuestras espaldas con esos pesados fardos que solo el tiempo aligera, pero que nos negamos a perder porque, en definitiva, esos nombres, ligados a tiempos concretos es lo único que nos va quedando de la persona que un día fuimos, y es lo que de una forma azarosa o preconcebida nos ha llevado hasta este hombre, esta mujer, que hoy somos. Por tanto, si para algo estamos entrenados es para la pérdida: desde el primer paraíso perdido, que es para mí la niñez, hasta mi última y gran definitiva pérdida, que es la de la muerte.