Pascual Fernández

Pascual Fernández

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La noche de los «manolos»

24 de julio de 2008 por Carmen

Cumplir una promesa, sobre todo cuando depende de otros, es difícil, a veces, imposible. El compromiso de andar la parte del camino de los que ya no están lo aprendí de Manolo García. Por eso, hace siete meses prometí que algún día lo conocería personalmente y le hablaría de mi marido y de lo que su música significaba para él.
 
Decía Manolo en una entrevista reciente concedida a la revista “Rolling Stone”: “Creo en las personas, una a una”. Por eso, supe desde es principio que si conseguía llegar hasta él no me defraudaría. Y, afortunadamente, Manolo García no me defraudó. En Manolo y en la gente que lo acompaña, como su hermana Carmen, no hay nada de marketing. La imagen de hombre comprometido, atento y respetuoso con su público es real.
 
Unida a esta feliz constatación, la gran sorpresa de la noche fue la calidad humana de las personas que me ayudaron a sortear tantos filtros que me separaban del músico: sin Manolo Buitrabo y sin Manolo Robles yo no habría podido saldar esta deuda pendiente con la vida. Yo, que en los últimos meses he tenido que soportar tantos despropósitos  por parte de la administración y de la burocracia, me he enfrentado con sobrecogimiento a un periodismo serio, bien hecho, sensible a las historias de gente que desde su anonimato experimenta muchas veces la impotencia de no poder hacer oír su voz.
 
En nombre mío y en el de mis hijos: gracias. Ese concierto del 3 de julio, ese encuentro, quedarán impresos en mi memoria para siempre. Forman parte del legado de mis hijos. Algún día, cuando crezcan, verán mi foto al lado de Manolo García y escucharán esta bella historia.

 

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Carta a Manolo García

6 de julio de 2008 por Carmen

Mi vida en los últimos meses se teje de incontables “casualidades”. Tus canciones son parte de ellas. Supongo que la historia que te voy a contar en poco difiere de las muchas que llegan a tus oídos, pero me gustaría que leyeras con atención este trozo de mi vida.
 
Me llamo Carmen, tengo 35 años, soy profesora de literatura, tengo dos hijos, y hasta hace seis meses yo estaba casada: el siete de diciembre murió mi marido, Pascual. Muy resumida, esta es mi historia, esto es todo lo que soy hasta el día de hoy. Y si me he decidido a llegar hasta ti es porque tú eres parte importante de mi pasado, parte importante de mi esperanza.
 
La muerte, si sabemos mirarla, puede dotarnos, al menos durante el tiempo suficiente, de un “estado especial de gracia” con el que leer los acontecimientos cotidianos.  Mi historia en los últimos meses se puebla de palabras certeras, de cartas llegadas a mis manos en fechas significativas, de rostros que hacen su aparición justo en el momento preciso. En abril me enfrentaba con sobrecogimiento a una de estas casualidades: el single  elegido para la promoción de tu nuevo álbum llevaba el significativo título de “No estés triste”.
 
Quizá te parezca un tanto pueril si pienso que esta canción no es casual. Quizás te parezca un tanto egocéntrica si digo que esta canción parece haber sido compuesta para mí. Tal vez creas que rozo la locura si escucho a Pascual gritándome desde no sé donde:

no estés triste, amor, prueba a surcar ríos aunque el agua sólo llegue a tus rodillas o te cubra y esté fría. Verás, (Carmen) que hay más que la corona de espinas bajo la que te resguardas. Prueba a ser látigo y restallar a la modorra de los sentimientos, ladera para que resbalen las penas. Prueba a regalar inasible tu entereza, a sentir que reverdeces, que creces en la entrega. Prueba a surcar  ríos aunque sean ramblas de cantos. Verás que hay más… por eso, no estés triste, amor.

Por eso te decía que formas parte de mi esperanza. Por eso sé que estoy en deuda contigo. Estamos en deuda contigo. Porque tu música esta ligada a Pascual de por vida. Cuando estrenaste “Arena en los bolsillos” yo le regalé el disco a Pascual con una nota que acababa de la siguiente forma:” la felicidad de hoy es tan sutil y tan veraz como la del hombre que, cansado y en paz consigo mismo, vuelve a casa sin más prueba de lo vivido que un montón de arena en los bolsillos”. Hoy a mí no me quedan más pruebas de lo vivido con mi marido  en estos años que mis dos hijos y un montón de arena en los bolsillos.
 
Casi siento pudor al mandarte esta carta, y sobre todo, tengo dudas, muchas dudas. Verás, Pascual era un incondicional de tu música, “San Manolo” te llamaba, pero nunca estuvo interesado en conocerte, nunca le preocupó tu vida privada, era un fan poco al uso; en cambio, sí que escribió un cuento titulado “Track 07 “a partir de la canción “Mientras observo al afilador” que espero, algún día puedas leer.
 
El día de su entierro yo quería hablar en nombre de mi marido, pero no sabía qué decir, todo sucedió tan aprisa: Pascual murió de repente, una noche, mientras dormíamos. A mí sólo se me ocurrió leer una canción tuya, ligada casi a mis primeros recuerdos con él y que simbolizaba todo lo que él era y lo que aspiraba a ser: “En mi pecho”. Días después, en otra celebración, tuvimos la osadía de concluir con otra canción tuya: “Canta por mí”. Desde entonces más que nunca, todos los que conocieron a Pascual escuchan tu música como si de su legado personal se tratase.

Por eso tengo esta deuda pendiente: sé que a él, esté donde esté, le gustará saber que ahora sí, y pese a la contradicción, tú sabes que existe.

 
 
* * * * *
 
 
Esta es la carta que me propuse que llegara hasta las manos de Manolo García. Y, finalmente, llegó, pero os aseguro que no fue fácil. Me gustaría contaros los detalles de esta historia, que al fin resultó ser una historia de las que a mí me gustan, perfectas para ser narradas.
 
Llegamos a la plaza de toros a las 8.30, tarde, porque las puertas se abrían a las 8. Yo venía del campo de dejar a los nanos con mis padres y apenas me dio tiempo de meterme los pantalones y pintarme un poco. Nada más llegar, llamé a Manolo Robles, el periodista de La Verdad que había prometido llevarme hasta el García. Salió a atenderme rápidamente y con mucha amabilidad me contó que vería a la hermana de Manolo antes del concierto y yo misma podría entregarle la carta. Tuvimos que esperar Belén y yo una larga hora, que inevitablemente nos recordó a tantas esperas durante tantas oposiciones que los tres habíamos compartido en los últimos años. Finalmente, Carmen nos recibió y se aventuró a insinuar que quizá después del concierto, si Manolo no estaba muy cansado, podría atenderme un momento. Disfrutamos del concierto. Para mí fue experimentar algo que ya había sentido en Granada, cuando el 31 de mayo fuimos a verlo: supe exactamente qué sentía Pascual en sus conciertos; lo supe, cuando en Granada escuché en una de sus canciones: “tu parte del camino la haré yo”.
 
Cuando terminó el concierto, acudimos al sitio convenido, pero la espera duró poco, porque un “fan de los de verdad” se enfrentó con un miembro de seguridad del equipo de Manolo y nos echaron de allí. Iba yo por el lateral de la plaza de toros, tan desencantada que había decidido comerme la mitad del bocata que me había comprado en el concierto, cuando, me sonó el móvil. Era Carmen, la hermana de Manolo y me preguntaba que donde estaba y que me diera prisa que Manolo quería verme. Nos dimos la carrera más intensa de nuestra vida y por fin llegamos, justo cuando el guardia de seguridad cerraba la puerta. Le conté que me había llamado Carmen y que tenía que pasar.  Su cara de perplejidad era un poema y sus palabras me parecieron un insulto, que ¿qué Carmen me había llamado? Finalmente salió alguien del equipo y nos condujo hasta el sitio en el que Manolo y sus músicos iban a cenar. Allí estaba de nuevo mi adorado Manolo Robles, mi Caronte particular en ese descenso a los “infiernos”. También estaba Carmen que me pidió brevedad porque Manolo estaba muy cansado. Me acerqué hasta él y me dio dos besos. Me contó que acababa de leer la carta y hablamos brevemente de Pascual y sobre todo de mis hijos. Me hice una foto, le di las gracias y él me devolvió un abrazo. Cuando salía, mi cara debía ser tan contradictoria que el miembro del equipo que me había conducido por aquellos pasillos hasta él, me preguntó qué pasaba con mi cara si lo había conseguido ya. Y lo mejor, mi momento particular de gloria, fue cuando al salir, ante el grupo de gente que seguía esperando a Manolo, yo proclamé, tipo diva, que Manolo iba a cenar, que estaba muy cansado y que no atendería a nadie más. Supongo que fue mi noche, la noche de Pascual. Aquel simple encuentro desencadenó nuevos e intensos  matices en mi forma de añorar a Pascual hasta ese momento.
 
Fue un placer compartir el concierto con mis amigos, especialmente con Trini, ella es la verdadera responsable de esta bella historia. Ella es el primer eslabón de este cúmulo de “casualidades” que, una vez más, me recuerdan que nada es casual en mi vida desde que Pascual ya no está en ella.

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Eterno verano

28 de junio de 2008 por Carmen

“Para la mente, los muertos mueren una vez; para el corazón mueren muchas veces”

Hace sólo unos meses, Pascual me decía: espero que te den pronto el traslado, porque, si el año que viene  tengo que organizar yo solo a los críos antes de ir a trabajar, no sé si podré. Yo sonreía a sabiendas de que él siempre podía con todo, y yo en cambio, con tan pocas cosas. Si en aquel momento  hubiera sabido que me tocaría a mí sola ser madre y padre veinticuatro horas al día, períodos vacacionales incluidos, me habría vuelto loca.

Estos meses con Jorge y Belén a solas están resultando agotadores, hay días que, incluso diría, insufribles. A la pérdida de un marido, se añade la pérdida de un padre, y no sé qué dolor es más lacerante. Belén tiene reflexiones desconcertantes, me pide ayuda, que haga algo para que su padre vuelva. Ante mis explicaciones reiteradas para hacerle comprender que Pascual no va a volver, ha decidido suplicarme que me case de nuevo, que ella lo necesita, que sus amigos pensarán que no tiene padre. Supongo que es el último recurso en el que confía su pensamiento mágico de cinco años para intentar recuperar a Pascual.

Cuando veo a Jorge crecer, siento mucho miedo, porque, al menos, Belén, a día de hoy, tiene recuerdos a los que aferrarse. Pero, Jorge… ¿qué sucederá cuando tenga que explicarle la muerte de su padre y de nuevo tengamos que revivir todo este proceso tan doloroso que Belén y yo estamos realizando?

“¿En qué brazos amantes, en qué afecto sincero
Podrás hallar refugio, cuando el amor te hiera?
¡Huérfana!…Esa palabra dolorosa que encierra
Todas las infinitas tristezas de la Tierra”

“In Memoriam”. Francisco Villaespesa

Hay días en los que creo que casi rozo la locura: el martes pasado, sin ir más lejos, había comprado un toldo infantil para ponerles sobre la piscina. Muy resuelta, decidí montarlo para comprobar si estaban todas las piezas; yo, que tengo dificultades hasta para montar los regalos de los huevos Kinder. Cogí mi plano y pensé que, con la ayuda de los nanos hasta podía ser divertido. Cada uno de los soportes iba numerado y era tan simple como comenzar ensartando unos con otros.” ¡Qué pedagógico!, pensé, si hasta Belén va a repasar los números y va a potenciar su visión espacial ( tan poco desarrollada en el caso de su madre)”. Cuando ya parecía terminado este paso, Jorge decidió hacer de las suyas y estropear nuestro concienzudo trabajo. A la hora, ellos, cansados, habían salido del comedor, dejándome con los topes, los soportes, el plano, y con un llanto cargado de impotencia y cabreo, reprochándole incluso a Pascual lo tranquilo que él estaba en “su casita de la muerte” y yo allí con aquel plan. Sólo necesité una hora más, pero al fin lo conseguí. Volví a desmontar el tambaliche y lo guardé en su caja entre aliviada y orgullosa.

Cuando llegó la hora de dormir, Jorge lloraba y lloraba, y al cabo de una hora decidí sacarlo de la cuna y sentarlo conmigo, mientras yo intentaba cenar. Belén tardó poco en hacer su aparición. Después de todo un día de conversaciones incoherentes con Jorge y conversaciones demasiado inteligentes con Belén, cuando a las once de la noche yo seguía escuchando: “la luz, la luz, el coche se ha roto, no hay agua, mamina, calle…” que son las frases estelares del gordo, yo creí que me estaba volviendo loca, y que cuando acabase aquel eterno verano y llegase el esperado momento de la vuelta al trabajo, mis palabras al entrar al aula serían: la luz, la luuuuzzz…

No pude evitar reírme al hacer balance de aquel fatídico comienzo de verano. Por eso, si a día de hoy estoy profundamente agradecida a algo, es a mi mente prodigiosa que me permite sonreír en momentos de tanta angustia; que me permite seguir sin flagelarme con los recuerdos; que me permite sentirme triunfante porque, al menos hoy, he conseguido montar un toldo probablemente más decorativo que útil.  Agradecida a Pascual porque cada vez veo el mundo más con sus ojos, porque tengo la certeza de que a través de los míos él lo sigue mirando, y lo que ve le parece bueno.

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La conexión de los puntos

19 de mayo de 2008 por Carmen

Me vais a permitir que reproduzca un vídeo que hace unos días llegó a mis manos. Pertenece al discurso pronunciado por Steve Jobs (co-fundador y presidente de Apple) en la universidad de Stanford.
 
(primera parte)
(segunda parte)
 
A partir de esta reflexión, que os invito a ver completa, mi hermano y yo discutíamos acerca de lo acertado o no de “la conexión de los puntos”. Él, con su pensamiento siempre certero, concluyó que esta era una idea puramente romántica porque, la mayoría de las veces, los puntos no se conectan al volver la vista atrás. Yo lo escuché como siempre llena de expectación, pero tímidamente le dije, “no, no llevas razón, la vida de Pascual, te aseguro, conectó todos y cada uno de sus puntos en los últimos meses: su auténtica vocación profesional, la certeza de sentirse querido por nosotros, y, sobre todo, su propio valor como persona habiendo sido capaz de aceptar y amar hasta el último repliegue de su alma. Y yo, te aseguro –continué- necesito creer que mi vida, al cabo de los años, encontrará el sentido escondido para todos y cada uno de los acontecimientos decisivos que he vivido; necesito creerlo, le dije; necesito creer que mi vida no es producto del azar, que yo no soy una víctima de un dios que lanza los dados y se juega nuestros destinos a una carta, necesito creerlo”, -le insistía con obstinación.
 
Días después, en una comida con una amiga, volvía a contarle lo preocupada que estaba porque, sin quererlo, la sensación de sentirme una víctima estaba cobrando mucha fuerza. “Siento, le decía entre lágrimas que yo no he elegido esta vida, que yo no he hecho nada para merecer esto”. Ella, que me conoce tanto y que ha sabido iluminar mejor que nadie todas mis contradicciones, me dijo algo que me liberó de toda la rabia contenida: “realmente sí has elegido, Carmen. Podías haber elegido no casarte con Pascual; podías, incluso, haber flaqueado en los momentos difíciles; pero has elegido ser una mujer viuda con dos hijos, y eso sí lo has elegido tú”. Afortunadamente, el camarero ya nos conoce y sabe que formamos una extraña pareja que come, ríe y llora sin una lógica aparente.  
 
Me gustaría decir que, a pesar de conocer el sufrimiento y la profunda desesperación de estos meses, volvería a elegir vivir esta vida de nuevo si tuviera la oportunidad de hacerlo. Aunque, lo cierto es que no tendría fuerzas para pasar dos veces por esta senda sin derrumbarme. Espero, algún día, cuando los puntos se conecten, poder reconciliarme con la aparente inutilidad de este dolor de mayo. Mientras tanto, vivo profundamente agradecida y reconciliada con los que comparten mi pan y mis lágrimas de cada día.

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Pérdidas

7 de mayo de 2008 por Carmen

“Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas, y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (…) Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Ilión fue, pero Ilión perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”.
J. Luis Borges. Los conjurados.

Pienso esta noche en todo lo que he perdido, y mis pérdidas se remontan más allá de Pascual, más allá de cuando no podía asociar el concepto de la muerte al nombre de un ser querido. Estar vivo significa necesariamente perder a personas que amamos, a personas que formaron parte de nuestra vida durante un tiempo limitado. Esas pérdidas, ajenas a la muerte, nos preparan para otras pérdidas más definitivas, son como pequeños ensayos que nos permiten afrontar la muerte con mayor serenidad. Porque, a veces, las personas, se nos mueren en vida. Pascual y yo, por ejemplo, lloramos juntos la salida de nuestras vidas de un amigo que fue para nosotros como un hermano, y aquello fue como una muerte. Saber que esa persona seguirá viviendo, quizá no lejos de nosotros y aceptar que nunca más formará parte de nuestra historia es un dolor muy parecido al de la muerte real. Los grandes jalones de nuestra existencia, al final, siempre están ligados a las pérdidas. Aprendemos a vivir sin aquellas personas que un día lo fueron todo para nosotros. Y el recuerdo casi siempre se vuelve amargo.
 
A veces, las pérdidas llevan consigo un aprendizaje, pero, la mayoría, las pérdidas son enormes vacíos que se nos enquistan en el alma y nos llenan de impotencia y de rabia al constatar que no podemos hacer nada por cambiar la realidad, que no podemos evitar que salga definitivamente de nuestras vidas aquel que ya no quiere estar, por mucho que nos aferremos, por mucho que luchemos. Y seguimos viviendo, con la esperanza vana de que algún día, mientras paseamos, podamos encontrarnos de lleno con aquel rostro ya desdibujado por el tiempo para, al menos, comprobar que sigue vivo. Y frecuentamos los amigos comunes con la ilusión y el temor de escuchar noticias suyas. Y cargamos nuestras espaldas con esos pesados fardos que solo el tiempo aligera, pero que nos negamos a perder porque, en definitiva, esos nombres, ligados a tiempos concretos es lo único que nos va quedando de la persona que un día fuimos, y es lo que de una forma azarosa o preconcebida nos ha llevado hasta este hombre, esta mujer, que hoy somos. Por tanto, si para algo estamos entrenados es para la pérdida: desde el primer paraíso perdido, que es para mí la niñez, hasta mi última y gran definitiva pérdida, que es la de la muerte.

Pero la muerte añade respecto a la pérdida un matiz aplastante: es irrevocable. Mientras vivimos, todo puede cambiar, cabe incluso la esperanza de recobrar a aquel amor adolescente incluso en la vejez. Pero, la muerte es como una losa cuyo peso va en aumento al constatar que ya nada queda para la improvisación o la sorpresa, que esa historia está definitivamente zanjada. Ese dolor tiene una magnitud que yo sólo había intuido. Por eso, creo que solamente una vida capaz de justificarse en sí misma puede convertir la pérdida en un paraíso para el recuerdo de los que permanecen.
 
Después de la experiencia de la muerte, sólo me queda pedir que a partir de ahora, ya consciente del riesgo de la pérdida, sólo me esfuerce por compartir la vida con personas que puedan ser recordadas con gratitud y con amor cuando ya formen parte de nuestro recuerdo. Debo decir que mis recuerdos, a día de hoy, están en deuda con todas y cada una de mis perdiciones. Deseo de corazón que vuestro balance también salga positivo.

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