Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Direcciones prohibidas

17 de febrero de 2009 por Carmen

 

“Me gusta imaginarte cuando aun no sabíamos
las multas que pone la inocencia a la alegría”

Inmaculada Mengíbar

 

Esta mañana, al salir de casa, todo estaba como siempre. Las prisas y el sueño apenas me dejaron fijarme en los detalles, pero la rutina confirmaba que todo estaba en orden. A medio día, giro por la calle que, hasta esa misma mañana, conducía a mi casa  y, sorprendida, descubro que han cambiado el sentido. Extrañada, retrocedo y, efectivamente, me encuentro con el disco de prohibido. La primera reacción es la incredulidad: ¿cómo pueden en sólo unas horas prohibirme el paso por donde llevo años haciéndolo?; la segunda reacción es el enfado: ahora tendré que dar un buen rodeo; la tercera reacción es la aceptación y búsqueda: debo reconsiderar todos los trayectos que hasta ahora recorría y replantearme si me sirven o no.
 
Así de drástica, señores, es también la vida. Un buen día te levantas y te das cuenta que has perdido tus rutinas y tus seguridades y quizá no hayas hecho nada para merecerlo, o tal vez sí, o qué importa… lo único cierto es que ahora toca volver a empezar, porque ya no sirve lo de antes, y da igual que quieras o que no, las cosas han cambiado y no puedes hacer nada para no darte por enterada, porque esta vez sí, sabes que las multas acaban siempre por pagarse.
 
Pero lo cierto es que son las direcciones prohibidas las que configuran nuestra historia. Las grandes decisiones las tomamos siempre frente a una señal de prohibido. Algunos deciden quedarse parados frente a esa calle que nunca más podrán recorrer; otros, deciden salir corriendo, mudarse de barrio y olvidar lo más rápido posible; otros preferimos dejar el coche y volver a pasear por nuestra calle en el sentido que nos apetezca, unas veces hacia el norte, otras hacia el sur, otras parándonos en el primer portal que encontramos para saborear los olores de hoy y los recuerdos de otro tiempo… pero pisamos con fuerza, conscientes de que cada paso es una conquista, cada opción, un riesgo, cada multa, la prueba más real de que aún seguimos vivos.

“Todo lo decisivo surge “a pesar de”. F. Nietzsche

 

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Carpe diem

9 de febrero de 2009 por Carmen

Coge, niña, las rosas
mientras existe la flor fresca y la nueva juventud
y recuerda que así corre tu tiempo.
(Horacio)
 
Carpe diem significa literalmente cosecha el día, lo que quiere decir aprovecha el día, no lo malgastes o, dicho de otra forma, vive cada momento de tu vida como si fuese el último. Desde la poesía grecolatina al Renacimiento y Barroco y hasta la actualidad, el tópico del carpe diem aparece asociado a otros como la fugacidad del tiempo y la brevedad de la vida, expresados a través de imágenes recurrentes como la de la belleza efímera de la rosa.

Cuenta con frecuencia mi madre que su abuela siempre le decía que no quería flores después de muerta, que las quería en vida; mi madre se aplicó bien el cuento y cada día, a la salida del trabajo, le llevaba una rosa a su abuela. La belleza de la rosa es efímera, pero no su recuerdo. El recuerdo de cada una de esas flores esconde hoy día para mi madre la certeza de que todas las palabras no dichas fueron realmente innecesarias; su recuerdo es todo un símbolo para los que escuchamos esa historia.

Por eso, debo aprovechar este día, porque si fuera el último con mis padres, querría tener el recuerdo de unas rosas entregadas a tiempo. Pero yo sólo entiendo de palabras… palabras… casi tan efímeras como la belleza de una rosa…

La palabra gratitud cobra su verdadero sentido cuando pienso en mis padres. Gratitud es una palabra muy hermosa para mí, desligada por completo de las deudas o los agradecimientos. La gratitud se carga de matices positivos desde que soy madre: tan natural como el amor a mis hijos es la gratitud hacia mis padres. Supongo que la sentiría fueses quiénes fuesen, pero tratándose de ellos es un sentimiento inevitable.

Tengo la certeza de que sin ellos la muerte de Pascual nos habría dejado indefensos y vulnerables. Junto a ellos, en cambio, las heridas que habríamos tardado años en reconstruir, apenas si las hemos dejado asentarse en nuestra vidas. Cada día, mi padre está puntualmente a las ocho en mi casa para llevar a Belén al cole. Al principio fue muy duro, a Belén le costaba despertar y echaba tanto de menos a Pascual que el momento de levantarse se convertía siempre en el primer suplicio. Hoy, Belén sale de casa todas las mañanas entre risas. A las nueve de la noche, mi padre regresa de nuevo a casa a por Jorge para que a la mañana siguiente no madrugue; las pocas noches en que Jorge se queda en casa, pide invariablemente el teléfono para hablar con la abuelita y contarle con una sonrisa socarrona que está llorando porque no quiere dormir. Y yo… respiro cada día, asisto a cursos, voy a la peluquería, salgo a cenar o simplemente me quedo un rato a solas en casa porque ellos están. No puedo imaginar cómo habría sido nuestra sensación de orfandad de haber vivido esta experiencia completamente solos.

Hace sólo unos meses, un buen amigo intentaba darme ánimos asegurándome que yo aún tenía toda la vida por delante. Lo que él intentaba ignorar  en aquel momento es que también yo  tenía y tengo toda la muerte por detrás. Esa terrible conciencia de la brevedad de la vida, del paso irremisible del tiempo y de la inexorabilidad de la muerte, unidos a la firme creencia en el carpe diem, me obligan a usar las palabras, ahora que aún estoy a tiempo.” Porque una sola palabra puede cambiar el rumbo de una vida”.

Por eso, ahora sí, “disfruto el pánico que me provoca tener la vida por delante” porque mis padre me han enseñado la certeza de que el amor gratuito genera siempre más frutos que el dolor, por absurdo y carente de sentido que este sea. Por eso me esfuerzo en aprovechar mis días, me esfuerzo sobre todo en usar las palabras, intento acostarme todas las noches con las deudas saldadas, consciente de que así, cada día es un logro y un milagro. Como decía Rubén Castillo:

“Goza ahora del esplendor en la hierba, sáciate de amor, de recuerdos dulces, y acumúlalos por si llega el invierno. Es lo que los latinos llamaron Carpe diem. Aprovecha el instante. Apura el minuto. Vive cada hora como si fuera la última, pues una de ellas lo será. (…)

Resístete a que tracen otros la falsilla de tu vida, y dibuja tú las rayas como quieras: derechas, torcidas, gruesas, débiles. Al final, sólo a ti deberá convencerte el resultado. Y si al acabarse el camino te toca llorar, llora; y si has de sufrir, sufre. Pero que ese llanto y ese sufrimiento no provenga de haberte rendido antes de hora (…)
Y, sobre todo, no permitas que cuando lleguen tus horas últimas te invada el horror del vacío. La vida no es lo que pudo ser, sino lo que ha sido. El balance se hace sobre actuaciones, y no sobre nieblas. “Trazada la raya hay que hacer la suma. No eres más que tu vida”. Haz realidad tu sueño y no digas, al final, que te mueres sin cumplir el gozo de haber paladeado esos días que nadie te podrá nunca arrebatar. Sería muy triste descubrir, al acabar el camino, que no has sido feliz. No digas que fue un sueño y no lo soñaste”.

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La resiliencia o el antidestino

27 de enero de 2009 por Carmen

“El hombre no se destruye por sufrir, el hombre se destruye por sufrir sin sentido”.

Víctor Frankl.

Hace unos días escuché por primera vez esta palabra. Y me propuse adoptarla. Esta palabra es demasiado sonora, demasiado ostentosa, un tanto oscura. A mí me fascinó. Recuerdo que alguien tuvo que escribírmela en una servilleta, para no olvidarla, para buscarle un hueco entre mis cosas al llegar a casa.

Resiliencia es un nombre extraño que alude en el campo de la física a la capacidad de los materiales de volver a su forma original cuando han sido forzados a cambiar o deformarse. (Los ingenieros sé que estaréis pensado que por fin se escribe algo a vuestra altura en esta página. ¡No os hagáis ilusiones!).

En sicología,  el concepto de resiliencia se refiere a la facultad que tienen algunas personas para pasar por situaciones de vida adversas y, a pesar de ello, lograr salir transformados positivamente por dicha experiencia.

 
Pero quizá la mejor forma de entender el concepto resida en una observación procedente de la propia naturaleza: hasta ahora, he de reconocer que no sabía por qué las otras generaban perlas en su interior. Cuando entran granos de arena al interior de las ostras, estas segregan nácar y de este nácar reactivo ante un grano invasor, nace una perla. Frente a una invasión no deseada, la ostra actúa generando algo de una indudable belleza.
 
Me vais a permitir que vaya un poco más allá y os cuente sólo una historia de las que aparecen en el libro “La resiliencia. Crecer desde la adversidad” de Anna Forés y Jordi Grané. Lleva el significativo título de: “Más fuerte que el odio”.
Cuando tenía tres años, la madre de Tim Guénard lo ató a un poste del tendido eléctrico y lo abandonó en medio del bosque. Dormía desnudo en la casita de su perro cuando tenía cuatro años. A los cinco, precisamente el día de su aniversario, su padre le propinó una paliza brutal que lo desfiguró (le rompió las piernas y la nariz).
 
No sabe casi ni hablar. A los siete años, ingresa en un orfanato y es maltratado por parte de la institución. A los nueve años, también el día de su aniversario, fracasa en su intento reiterado de suicidarse. A los once, entra en el correccional después de ser acusado injustamente de incendiar el granero de la granja donde estaba acogido. A los doce, se fuga. A los trece años es violado por un señor elegante de los barrios altos parisinos; y a los catorce, es prostituido en Montparnasse.
 
Si ante una infancia tan dura, pidiésemos a la gente que hiciese un ejercicio de hipótesis biográfica  y avanzase su final, la mayor parte coincidiría en vaticinar una situación poco esperanzadora para Tim: drogadicto, maltratador, muerto y enterrado. Nada más alejado de la realidad: Phillipe Guénard (1958), además de ser autor del libro “Más fuertes que el odio”, es padre de familia de cuatro hijos. Se dedica a cuidar niñas y niños abandonados y maltratados. Ha creado la asociación “Altruisme”.
 
Tim aprendió a crecer con tres grandes sueños: convertirse en el jefe de una banda, conseguir ser expulsado de un correccional y vengarse matando a su padre. Hizo realidad las dos primeras. Ahora quiere a su padre. Como él mismo explica a menudo, él es la prueba palpable de que no hay heridas que no puedan cicatrizar lentamente con amor.
 
Tim Guénard es una persona resiliente. Una buena manera de entender qué entendemos por resiliencia es reproducir las palabras del mismo Tim: “el hombre es libre de alterar plenamente su destino, para lo mejor y para lo peor. Yo, Tim Guénard, hijo de alcohólico, niño abandonado, he hecho errar el golpe a la fatalidad. He hecho mentir a la genética. Este es mi orgullo”.
 
Como él mismo apunta, “la resiliencia es un canto a la libertad, un no rotundo a todo tipo de determinismo. La mayoría de determinismos humanos no son definitivos: no estamos en manos del destino o de la fatalidad”. El relato de nuestra historia nos remite al pasado para explicar el presente, pero nunca cierra el futuro. Ésa es la razón por la cual decimos que la resiliencia enmarca un antidestino.
 
De procesos resilientes hay muchos ejemplos: personajes reales conocidos (Víctor Frankl, padre de la sicología humanista; María Callas, famosa cantante de ópera; Ludwin van Beethoven, el compositor; o el neurólogo y uno de los padres de la resiliencia, Boris Cyrulnik), personajes bíblicos (Job y su paciencia), personajes cercanos…
 
He disfrutado mucho leyendo estas vidas. Quizá algún día os cuente muchas de esas maravillosas historias. Pero tras leerlas, he descubierto con asombro y admiración que tengo la inmensa suerte de convivir con dos personajes resilientes: mis hijos, Belen y Jorge. Os contaré dos anécdotas:
 
Belén se levantó el otro día diciendo: “¡menuda noche he pasado! ¡Toda la noche soñando con ratas!”. Me pareció muy divertido el comentario y le conté que su papi nunca conseguía recordar sus sueños. Ella sonrió y empezó a darme detalles. Decía que Jorge no paraba de llorar porque todo se iba llenando de ratas. “¿Y quién más sale en el sueño?”, le pregunté. Y ella sonriendo: “pues tú”. “¿Y qué hacía yo en el sueño?”, insistí aún más intrigada. Y con una nueva sonrisa me dijo:  “tú matabas todas las ratas, eras la madre más fuerte del mundo”. No muy conforme con su respuesta, aún me preguntó si yo sería capaz de levantar un camión. Yo le respondí, esta vez con una carcajada, que me diera un poco de tiempo, que ya estaba en el gimnasio trabajando esa cuestión.
 
Otras veces, cuando vamos en el coche y por fin estamos en el día o en el trayecto en el que me toca escuchar mi música, oigo a Belén y a Jorge tatarear desde atrás: “tenía tanto que darte, tantas cosas que contarte, tenía tanto que a veces maldigo mi suerte, a veces la maldigo por no seguir contigo…” pero siempre sonreímos cuando llegamos a esta parte. Yo sé que cuando crezcan y sepan qué significan esas palabras, sabrán también de forma innata qué es la resiliencia.
 
Yo no sé si soy un personaje resiliente. A veces me gusta pensar que sí. Me gusta pensar que aposté y perdí, pero que pronto entendí que la moneda seguía teniendo dos caras. A veces me recuerdo a mí misma que la muerte de Pascual me obligó a elegir y elegí resistir, una resistencia sencilla, diaria… Consciente de que cada día, mi resiliencia es también mi antidestino.

 

“Vive como si vivieses por segunda vez”.
Víctor Frankl

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Cartas intempestivas

25 de enero de 2009 por Carmen

Aun no tengo solucionada la cuestión burocrática del Ayuntamiento que relataba el otro día, cuando recibo otra carta, esta vez a nombre de Pascual, que es aún un despropósito mayor que la anterior. Esta carta viene con el membrete del sindicato. La abro pensando ingenuamente que, con un año de retraso, me van a mandar una carta de pésame por el fallecimiento de Pascual, pero, desconcertada, (esta vez ya no me quedan fuerzas para el recurso del sarcasmo, ni siquiera para el de la ironía) leo:

“Estimado compañero:

Como presidente de ANPE en mi nombre y en el de todo el “Equipo Humano” (las comillas son de ellos, os lo juro) que formamos y trabajamos en este sindicato queremos transmitirte nuestra más sincera felicitación por haberte jubilado.

Después de tantos años de trabajo en la enseñanza formando generación tras generación, ha llegado el momento al que todos aspiramos, la jubilación el descanso merecido. Estamos seguros de que este nuevo estado es totalmente satisfactorio para ti (la negrita es mía).

Queremos hacer un homenaje que sirva de encuentro entre todos los compañeros que os habéis jubilado (…) Nos agradaría que vinierais acompañados de vuestros cónyuges. Podéis hacerlo extensivo también a otros compañeros o amigos que deseen acompañarnos (…)”

Yo casi no he podido seguir leyendo porque se me caían las lágrimas. Toda la orfandad de estos meses, la soledad y el desamparo más absoluto han arremetido contra mí y me han acompañado a lo largo del día. ¿Cómo es posible ir atesorando tanto despropósito? La carta la firma mi amigo Juan Avellaneda, al que ya conocéis, al que yo había visitado con Pascual y después sin él para comunicarle mi nuevo estado civil y pedirle ayuda con la comisión como os conté en el artículo de “Sindicalistas y notarios”. Sé que no soy una viuda al uso: no acudí de negro ni di ningún espectáculo de dolor, pero como poco, tenía que haber anotado mi nombre y el de mi marido, haber mandado una carta formal de pésame y haberme ahorrado este terrible error burocrático. Porque yo, hasta di de baja en el sindicato a Pascual, y por supuesto, tuve que explicarle a una amable señorita los motivos de la baja: “no, no es que mi marido esté descontento con el servicio prestado por el sindicato, es que falleció hace unos meses”.

He vivido situaciones incomprensibles e ilógicas estando vivo Pascual. Cuando aborté, justo antes de que naciera Belén, recuerdo que me metieron, ya de madrugada, en una habitación con otras dos mujeres embarazadas; pensé que jamás me volvería a sentir tan sola en mi vida: me equivocaba. Cuando por fin nación Belén y tuvo que quedarse en la incubadora y yo en el hospital durante casi un mes porque mi tensión no se regulaba, tuve que compartir habitación con cuatro o cinco parejas que tenían, por supuesto a sus bebés. Yo sólo tenía una foto de mi hija que Pascual había conseguido con su gracia tan particular, ya que estaba prohibido hacer fotos. Empecé a tener una sensación muy extraña cuando los familiares de la otra pareja preguntaban, a veces con diplomacia, otras veces con descaro, que dónde estaba mi bebé. Aquellas fueron las primeras ocasiones en la que yo aprendí a sonreír cuando los de al lado intentaban explicar, un poco avergonzados por la intromisión, la penosa circunstancia en la que me encontraba (hoy estoy inmunizada). Fueron situaciones duras, pero estaba Pascual. Ahora él ya no está, y yo siento que, incluso una simple carta, puede cortarme hasta el aliento.

¿Qué queréis que os diga?  Esta noche no tengo muchos motivos para seguir sonriendo, pero supongo que esto es ya, puramente, una cuestión de principios.

“El hombre que se levanta es aún más fuerte que el que no ha caído”

Víctor Frankl

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Ángel González

20 de enero de 2009 por Carmen

Me gusta ir engrosando mi lista “casualidades”. Hace sólo unos días, justo para nuestro aniversario, busqué, como siempre, un hermoso texto. No sé por qué pensé en Pedro Guerra y en una canción que a Pascual, de forma extraña, le apasionaba: “El marido de la peluquera”. Cuántas veces me había tatareado su estribillo: “tengo miedo de que un día ya no quieras bailar conmigo nunca más…”.
Había terminado de escribir un texto escueto, casi a modo de telegrama, porque pensaba que, seguro, así el mensaje llegaría antes hasta ese cielo en el que empiezo a creer cada día de una manera más firme. Iba a enviárselo a mi hermano, cuando, de repente, me encontré con la canción que finalmente elegimos: “Mientras tú existas”. Era la primera vez que la escuchaba, pero la letra me conmovió, me pareció terriblemente poética. Cambié el texto y le di al botón de enviar. Pasé unos minutos más escuchando esas hermosas palabras y quise imprimir la letra. Tiré de google, y ahí estaba: Ángel González era el autor de la letra; realmente el texto original era un poema al que le había puesto música Pedro Guerra. Yo sonreí, aún tenía olfato para cierto tipo de poesía…

Esta noche, durante uno de mis actos rutinarios más gratificantes del día: revisar el correo, veo uno de mi jefa de departamento en el que nos proporciona un enlace con la biblioteca multimedia en línea europea. Entro, me pongo a trastearlo y tecleo de forma automática el nombre de Ángel González, pero no aparece nada relacionado con él. Esto no va bien, me digo a mí misma, y se lo mando a mi hermano para que él me cuente. Cierro el archivo y veo otro nuevo correo de mi jeja: “Artículos publicados sobre Ángel González”, e inmediatamente pienso, ¡ es como Dios, lo sabe todo, hasta mis intereses más escondidos!  ja,ja.

Comienzo a releer los artículos, reviso su biografía, y de repente, dos datos que quizá desconocía o que fueron intrascendentes para mí en otro tiempo, cobran nueva dimensión:

  • Ángel González murió el 12 de enero de 2008. Yo lo recuerdo vagamente, las muertes ajenas en aquel momento no podían causar impacto en mi mermada sensibilidad, Pascual había muerto un mes antes prácticamente.
  • Su vida estuvo plagada de pérdidas, su padre por ejemplo murió con sólo 18 meses. Quizá por eso uno de los artículos lleva el significativo título de “Un año sin pulso y sin aliento”.  
Pero, a pesar de las derrotas, nos dejó versos como estos que esta noche quiero compartir con vosotros, porque Pascual, que apenas lo leyó en vida, seguro que hoy comparte con él ese año “sin pulso y sin aliento”.

EN TI ME QUEDO

De vuelta de una gloria inexistente,
después de haber avanzado un paso hacia ella,
retrocedo a velocidad indecible,
alegre casi como quien dobla la esquina de la
calle donde hay una reyerta,
llorando avergonzado como el adolescente
hijo de viuda sexagenaria y pobre
expulsado de la escuela vespertina en la que era becario.
Estoy aquí,
donde yo siempre estuve,
donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

La soledad es un farol certeramente apedreado:
sobre ella me apoyo.

La esperanza es el quicio de una puerta
de la casa que fue desarraigada
de sus cimientos por los huracanes:
quicio-resquicio por donde entro y salgo (…)

 Consciente de esa circunstancia,
en muchas ocasiones emprendo largos viajes;
pero apenas me desplazo unos milímetros
hacia los destinos más remotos,
la nostalgia me muerde las entrañas,
y regreso a mi posición primera
alegre y triste a un tiempo
-como dije al principio:
alegre,
porque sé que tú eres mi patria,
amor mío;
y triste,
porque toda patria, para los que la amamos,
– de acuerdo con mi personal experiencia de la patria-
tiene también bastante de presidio.

Así,
en ti me quedo,
paseo largamente tus piernas y tus brazos,
asciendo hasta tu boca, me asomo
al borde de tus ojos,
doy la vuelta a tu cuello,
desciendo por tu espalda,
cambio de ruta para recorrer tus caderas,
vuelvo a empezar de nuevo,
descansando en tu costado,
miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,
digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,
y si cierras los ojos cierro también los míos,
y me duermo a tu sombra como si siempre fuera
verano,
amor,
pensando vagamente
en el mundo inquietante
que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.

 

Publicado en: Carmen

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