“El hombre no se destruye por sufrir, el hombre se destruye por sufrir sin sentido”.Víctor Frankl.
Hace unos días escuché por primera vez esta palabra. Y me propuse adoptarla. Esta palabra es demasiado sonora, demasiado ostentosa, un tanto oscura. A mí me fascinó. Recuerdo que alguien tuvo que escribírmela en una servilleta, para no olvidarla, para buscarle un hueco entre mis cosas al llegar a casa.
Resiliencia es un nombre extraño que alude en el campo de la física a la capacidad de los materiales de volver a su forma original cuando han sido forzados a cambiar o deformarse. (Los ingenieros sé que estaréis pensado que por fin se escribe algo a vuestra altura en esta página. ¡No os hagáis ilusiones!).
En sicología, el concepto de resiliencia se refiere a la facultad que tienen algunas personas para pasar por situaciones de vida adversas y, a pesar de ello, lograr salir transformados positivamente por dicha experiencia.
Pero quizá la mejor forma de entender el concepto resida en una observación procedente de la propia naturaleza: hasta ahora, he de reconocer que no sabía por qué las otras generaban perlas en su interior. Cuando entran granos de arena al interior de las ostras, estas segregan nácar y de este nácar reactivo ante un grano invasor, nace una perla. Frente a una invasión no deseada, la ostra actúa generando algo de una indudable belleza.
Me vais a permitir que vaya un poco más allá y os cuente sólo una historia de las que aparecen en el libro “La resiliencia. Crecer desde la adversidad” de Anna Forés y Jordi Grané. Lleva el significativo título de: “Más fuerte que el odio”.
Cuando tenía tres años, la madre de Tim Guénard lo ató a un poste del tendido eléctrico y lo abandonó en medio del bosque. Dormía desnudo en la casita de su perro cuando tenía cuatro años. A los cinco, precisamente el día de su aniversario, su padre le propinó una paliza brutal que lo desfiguró (le rompió las piernas y la nariz).No sabe casi ni hablar. A los siete años, ingresa en un orfanato y es maltratado por parte de la institución. A los nueve años, también el día de su aniversario, fracasa en su intento reiterado de suicidarse. A los once, entra en el correccional después de ser acusado injustamente de incendiar el granero de la granja donde estaba acogido. A los doce, se fuga. A los trece años es violado por un señor elegante de los barrios altos parisinos; y a los catorce, es prostituido en Montparnasse.
Si ante una infancia tan dura, pidiésemos a la gente que hiciese un ejercicio de hipótesis biográfica y avanzase su final, la mayor parte coincidiría en vaticinar una situación poco esperanzadora para Tim: drogadicto, maltratador, muerto y enterrado. Nada más alejado de la realidad: Phillipe Guénard (1958), además de ser autor del libro “Más fuertes que el odio”, es padre de familia de cuatro hijos. Se dedica a cuidar niñas y niños abandonados y maltratados. Ha creado la asociación “Altruisme”.
Tim aprendió a crecer con tres grandes sueños: convertirse en el jefe de una banda, conseguir ser expulsado de un correccional y vengarse matando a su padre. Hizo realidad las dos primeras. Ahora quiere a su padre. Como él mismo explica a menudo, él es la prueba palpable de que no hay heridas que no puedan cicatrizar lentamente con amor.
Tim Guénard es una persona resiliente. Una buena manera de entender qué entendemos por resiliencia es reproducir las palabras del mismo Tim: “el hombre es libre de alterar plenamente su destino, para lo mejor y para lo peor. Yo, Tim Guénard, hijo de alcohólico, niño abandonado, he hecho errar el golpe a la fatalidad. He hecho mentir a la genética. Este es mi orgullo”.
Como él mismo apunta, “la resiliencia es un canto a la libertad, un no rotundo a todo tipo de determinismo. La mayoría de determinismos humanos no son definitivos: no estamos en manos del destino o de la fatalidad”. El relato de nuestra historia nos remite al pasado para explicar el presente, pero nunca cierra el futuro. Ésa es la razón por la cual decimos que la resiliencia enmarca un antidestino.De procesos resilientes hay muchos ejemplos: personajes reales conocidos (Víctor Frankl, padre de la sicología humanista; María Callas, famosa cantante de ópera; Ludwin van Beethoven, el compositor; o el neurólogo y uno de los padres de la resiliencia, Boris Cyrulnik), personajes bíblicos (Job y su paciencia), personajes cercanos…
He disfrutado mucho leyendo estas vidas. Quizá algún día os cuente muchas de esas maravillosas historias. Pero tras leerlas, he descubierto con asombro y admiración que tengo la inmensa suerte de convivir con dos personajes resilientes: mis hijos, Belen y Jorge. Os contaré dos anécdotas:
Belén se levantó el otro día diciendo: “¡menuda noche he pasado! ¡Toda la noche soñando con ratas!”. Me pareció muy divertido el comentario y le conté que su papi nunca conseguía recordar sus sueños. Ella sonrió y empezó a darme detalles. Decía que Jorge no paraba de llorar porque todo se iba llenando de ratas. “¿Y quién más sale en el sueño?”, le pregunté. Y ella sonriendo: “pues tú”. “¿Y qué hacía yo en el sueño?”, insistí aún más intrigada. Y con una nueva sonrisa me dijo: “tú matabas todas las ratas, eras la madre más fuerte del mundo”. No muy conforme con su respuesta, aún me preguntó si yo sería capaz de levantar un camión. Yo le respondí, esta vez con una carcajada, que me diera un poco de tiempo, que ya estaba en el gimnasio trabajando esa cuestión.Otras veces, cuando vamos en el coche y por fin estamos en el día o en el trayecto en el que me toca escuchar mi música, oigo a Belén y a Jorge tatarear desde atrás: “tenía tanto que darte, tantas cosas que contarte, tenía tanto que a veces maldigo mi suerte, a veces la maldigo por no seguir contigo…” pero siempre sonreímos cuando llegamos a esta parte. Yo sé que cuando crezcan y sepan qué significan esas palabras, sabrán también de forma innata qué es la resiliencia.
Yo no sé si soy un personaje resiliente. A veces me gusta pensar que sí. Me gusta pensar que aposté y perdí, pero que pronto entendí que la moneda seguía teniendo dos caras. A veces me recuerdo a mí misma que la muerte de Pascual me obligó a elegir y elegí resistir, una resistencia sencilla, diaria… Consciente de que cada día, mi resiliencia es también mi antidestino.
“Vive como si vivieses por segunda vez”.
Víctor Frankl
