
“Me gusta imaginarte cuando aun no sabíamos
las multas que pone la inocencia a la alegría”Inmaculada Mengíbar
Pero lo cierto es que son las direcciones prohibidas las que configuran nuestra historia. Las grandes decisiones las tomamos siempre frente a una señal de prohibido. Algunos deciden quedarse parados frente a esa calle que nunca más podrán recorrer; otros, deciden salir corriendo, mudarse de barrio y olvidar lo más rápido posible; otros preferimos dejar el coche y volver a pasear por nuestra calle en el sentido que nos apetezca, unas veces hacia el norte, otras hacia el sur, otras parándonos en el primer portal que encontramos para saborear los olores de hoy y los recuerdos de otro tiempo… pero pisamos con fuerza, conscientes de que cada paso es una conquista, cada opción, un riesgo, cada multa, la prueba más real de que aún seguimos vivos.“Todo lo decisivo surge “a pesar de”. F. Nietzsche

Coge, niña, las rosas
suplicio. Hoy, Belén sale de casa todas las mañanas entre risas. A las nueve de la noche, mi padre regresa de nuevo a casa a por Jorge para que a la mañana siguiente no madrugue; las pocas noches en que Jorge se queda en casa, pide invariablemente el teléfono para hablar con la abuelita y contarle con una sonrisa socarrona que está llorando porque no quiere dormir. Y yo… respiro cada día, asisto a cursos, voy a la peluquería, salgo a cenar o simplemente me quedo un rato a solas en casa porque ellos están. No puedo imaginar cómo habría sido nuestra sensación de orfandad de haber vivido esta experiencia completamente solos.
“Goza ahora del esplendor en la hierba, sáciate de amor, de recuerdos dulces, y acumúlalos por si llega el invierno. Es lo que los latinos llamaron Carpe diem. Aprovecha el instante. Apura el minuto. Vive cada hora como si fuera la última, pues una de ellas lo será. (…)
Hace unos días escuché por primera vez esta palabra. Y me propuse adoptarla. Esta palabra es demasiado sonora, demasiado ostentosa, un tanto oscura. A mí me fascinó. Recuerdo que alguien tuvo que escribírmela en una servilleta, para no olvidarla, para buscarle un hueco entre mis cosas al llegar a casa.
Cuando tenía tres años, la madre de Tim Guénard lo ató a un poste del tendido eléctrico y lo abandonó en medio del bosque. Dormía desnudo en la casita de su perro cuando tenía cuatro años. A los cinco, precisamente el día de su aniversario, su padre le propinó una paliza brutal que lo desfiguró (le rompió las piernas y la nariz).
Como él mismo apunta, “la resiliencia es un canto a la libertad, un no rotundo a todo tipo de determinismo. La mayoría de determinismos humanos no son definitivos: no estamos en manos del destino o de la fatalidad”. El relato de nuestra historia nos remite al pasado para explicar el presente, pero nunca cierra el futuro. Ésa es la razón por la cual decimos que la resiliencia enmarca un antidestino.
Belén se levantó el otro día diciendo: “¡menuda noche he pasado! ¡Toda la noche soñando con ratas!”. Me pareció muy divertido el comentario y le conté que su papi nunca conseguía recordar sus sueños. Ella sonrió y empezó a darme detalles. Decía que Jorge no paraba de llorar porque todo se iba llenando de ratas. “¿Y quién más sale en el sueño?”, le pregunté. Y ella sonriendo: “pues tú”. “¿Y qué hacía yo en el sueño?”, insistí aún más intrigada. Y con una nueva sonrisa me dijo: “tú matabas todas las ratas, eras la madre más fuerte del mundo”. No muy conforme con su respuesta, aún me preguntó si yo sería capaz de levantar un camión. Yo le respondí, esta vez con una carcajada, que me diera un poco de tiempo, que ya estaba en el gimnasio trabajando esa cuestión.
Yo no sé si soy un personaje resiliente. A veces me gusta pensar que sí. Me gusta pensar que aposté y perdí, pero que pronto entendí que la moneda seguía teniendo dos caras. A veces me recuerdo a mí misma que la muerte de Pascual me obligó a elegir y elegí resistir, una resistencia sencilla, diaria… Consciente de que cada día, mi resiliencia es también mi antidestino.
Aun no tengo solucionada la cuestión burocrática del Ayuntamiento que relataba el otro día, cuando recibo otra carta, esta vez a nombre de Pascual, que es aún un despropósito mayor que la anterior. Esta carta viene con el membrete del sindicato. La abro pensando ingenuamente que, con un año de retraso, me van a mandar una carta de pésame por el fallecimiento de Pascual, pero, desconcertada, (esta vez ya no me quedan fuerzas para el recurso del sarcasmo, ni siquiera para el de la ironía) leo:
Yo casi no he podido seguir leyendo porque se me caían las lágrimas. Toda la orfandad de estos meses, la soledad y el desamparo más absoluto han arremetido contra mí y me han acompañado a lo largo del día. ¿Cómo es posible ir atesorando tanto despropósito? La carta la firma mi amigo Juan Avellaneda, al que ya conocéis, al que yo había visitado con Pascual y después sin él para comunicarle mi nuevo estado civil y pedirle ayuda con la comisión como os conté en el artículo de “Sindicalistas y notarios”. Sé que no soy una viuda al uso: no acudí de negro ni di ningún espectáculo de dolor, pero como poco, tenía que haber anotado mi nombre y el de mi marido, haber mandado una carta formal de pésame y haberme ahorrado este terrible error burocrático. Porque yo, hasta di de baja en el sindicato a Pascual, y por supuesto, tuve que explicarle a una amable señorita los motivos de la baja: “no, no es que mi marido esté descontento con el servicio prestado por el sindicato, es que falleció hace unos meses”.
¿Qué queréis que os diga? Esta noche no tengo muchos motivos para seguir sonriendo, pero supongo que esto es ya, puramente, una cuestión de principios.
Me gusta ir engrosando mi lista “casualidades”. Hace sólo unos días, justo para nuestro aniversario, busqué, como siempre, un hermoso texto. No sé por qué pensé en Pedro Guerra y en una canción que a Pascual, de forma extraña, le apasionaba: “El marido de la peluquera”. Cuántas veces me había tatareado su estribillo: “tengo miedo de que un día ya no quieras bailar conmigo nunca más…”.