Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Sonreiremos

24 de abril de 2009 por Carmen

Estoy escribiendo aquí por mí y por los demás, no por ti, o mejor dicho, sí que estoy escribiendo por ti pero no te escribo a ti, sino a los demás, no quiero derramar lagrimas, sino sonrisas, risas, carcajadas incluso; y tu recuerdo es triste y me impongo reír por Ti, para Ti, tu recuerdo no puede ser triste, tú no eras así, haced memoria y decidme quién ha visto a Pascual triste, todos los que hemos compartido mucho o poco tiempo del suyo, sabemos que Él era la luz, la sonrisa que quizás nos faltaba a los demás y eso nos iluminaba y hacía que pareciera que nosotros también irradiáramos luz y sonrisa cerca suyo, pero no  era la nuestra, sino la suya. Haced memoria y reíd, sonreíd, porque nunca hemos visto a Pascual sino haciendo que nos sintiéramos bien, por tanto Él quiere que sigamos así, y así vamos a seguir. No es hora de preguntar por qué ha estado tan poco tiempo con nosotros, sino de dar las gracias por haber tenido la suerte de haberle tenido, gracias a Dios por haberle hecho así y haberle puesto en mi camino, en nuestro camino, y gracias a Pascual por habernos elegido entre sus amigos.

          

Juan Alfonso

Publicado en: Recuerdos

Las bodas

19 de abril de 2009 por Carmen

“No quiero encarcelarte dentro del amor, porque alegría y belleza no resisten la prisión domiciliaria. Sólo quiero que el amor sea para nosotros una amplia casa donde entremos y salgamos a voluntad; una entrega sin premeditación ni alevosía, aunque nos amemos con nocturnidad y ensañamiento. Y que siempre haya una porción indómita de nosotros, irreductible. Un misterio, un asombro pendiente”
Luis Manuel García
Se casan dos de las personas más importantes de mi vida. Hace unos días decidimos sentarnos juntas y hacer balance de estos años. Pasamos revista a nuestros encuentros y desencuentros, pusimos falta a los que ya no están con nosotros. Intenté evitar las nostalgias aleccionándolas sobre su primera noche de bodas. Reímos mucho, sorteamos así la tristeza común que cada una de nosotras, a su manera sentía. Pero no pudimos, no quisimos, evitar pensar cómo habrían sido estos meses si Pascual aún viviese.
Nos sentimos, pese a todo, felices de haber sobrevivido a tantas tristezas. Yo me sentí amiga, hermana, y también –no pude evitarlo- madre de ellas. Quizá yo era de las pocas personas que siendo tan joven, había cumplido mis votos matrimoniales hasta el “que la muerte nos separe”. Por eso quise felicitarlas por la suerte de haber decidido casarse. Les deseé una larga vida juntos y brindamos como en la peli “por la cándida adolescencia”, una adolescencia que quedaba ya muy lejos pero en la que fraguamos buena parte de las mujeres que hoy somos.
Las miré de nuevo a los ojos y sólo sentí un profundo orgullo ante aquellas mujeres sobrevivientes, ante aquellas mujeres que supieron mantener esa “porción indómita” que, al menos, les asegurará una vida tan de verdad como la que Pascual y yo tuvimos.

Aunque tú no lo sepas de Luis García Montero

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos…

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Publicado en: Carmen

A contramuerte

7 de abril de 2009 por Carmen

«Porque yo soy los libros que he leído, ya lo dijo Borges, los versos que se hicieron míos y que rebrotan como las flores al conjuro del fervor o de la pena» Ana Rosa Carazo

Gracias por haberme regalado este libro. Ya desde el prólogo me conmovió: «Todos hemos sufrido con las mismas palabras, de la misma manera que el dolor que sentimos lo han sentido otros antes y lo sentirán otros después, y a ese tablón ardiendo hay que agarrarse. Se llama literatura» -decía Luis Alberto de Cuenca-  Para mí también la literatura ha sido una tabla de salvación, pero esta es la primera vez que me enfrento a un dolor tan absurdo como el que yo siento contado en un código que me resulta comprensible. Porque hablar del dolor es casi imposible, requiere un lenguaje tan metafórico como el que necesitamos para hablar del amor.

Este es parte del correo que le mandaba, agradecida, a mi compañera Aurora que, “casualmente”, días atrás me había regalado el libro de Ana Rosa Carazo que lleva el significativo título de “A Contramuerte”.

Comienza el libro con la siguiente dedicatoria: “A la memoria de mi nieta Ana Guillén Salvador, la esclarecida y primogénita de todos mis nietos, muerta de un hachazo invisible y homicida, el dieciocho de agosto de 2001. Sólo había cumplido veintitrés años. Con ella creía en la inmortalidad. Sin su luz, me siento ciega, perdida, vacía”.

Añade después en el Ofertorio: “Me pregunto muchas veces cómo he podido sobrevivirte. Tal vez esta inesperada prolongación de mi vida se deba a que tú me has traspasado la poderosa fuerza de la tuya. Porque te siento vivir en mí”

Y páginas más adelante en el Introito afirmará: “Sin libros yo no hubiera podido sobreponerme al dolor y sobrevivir en la desgracia. Sin la memoria de mis libros, yo no estaría ahora aquí escribiendo para ti estos versos”.

Un solo poema reproduzco de los veintitrés que componen el libro – uno por cada año de su nieta-, el poema XXI:

“También mis labios fueron
los últimos que se posaron en tu frente,
postreros, tercos besos de la despedida
sobre tu rostro pálido y helado,
en el féretro ya.
No respirabas, Dios, no respirabas
Y en tu frente no había
Esa interrogación urgente hacia el futuro
Que tan prometedor y tan brillante
Y tan feliz se te ofrecía,
Y que en tan pocas horas
Había cerrado en negro el horizonte.
Pues aquel celador indiferente,
Guardián de la muerte y de su horario,
Me conminó a salir, se le hacía tarde.
Y tuve que dejarte a solas con tu muerte.
Me arrancaron de ti
Como la uña de la carne”

Finalmente, el libro concluye con las certeras palabras de la tía de la fallecida: Aurora Salvador Rosa:

“Vivimos, de todos modos. Y hasta nos las arreglamos para alcanzar en algunos momentos, a pesar de la esencial incertidumbre en que vivir consiste, milagrosos estados de armonía, de plenitud, de conformidad con la existencia. La felicidad humana está hecha de estos momentos, y nuestro gran problema es hacerlos durar. No es fácil, puesto que todo fluye. Pero aunque se desvanezcan, quedan atesorados en la memoria, nos retroalimentan y, sobre todo, nos ayudan a conservar la esperanza (…) Más feliz que el que goza es el que mantiene en sí la disposición de ánimo que hace posible el gozo. Más, porque sabe que basta que cesen las turbulencias atmosféricas para que el cielo abra, rompiendo gloria. Basta el futuro, esa cosa resplandeciente, a quien se siente capaz de ver la luz”

Me siento, pues, profundamente agradecida por cada uno de los poemas que componen este libro. En él he encontrado un valioso interlocutor con el que hablar sobre la muerte. Porque sólo quien ha muerto en la muerte de un ser querido comparte un mismo lenguaje, una metáfora común. Deseo sinceramente que algún día “el cielo se abra, rompiendo gloria” para cada uno de nosotros.

 

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Gracias

12 de marzo de 2009 por Carmen

He leído algunos de tus días y de tus noches. Y por ahora solo puedo darte las gracias por haberme hecho un huequecito y permitirme compartir contigo algo más que palabras escritas.

Un beso, Aurora.

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Guía del buen caballero

5 de marzo de 2009 por Carmen

Por azar, como  suceden siempre las cosas buenas, encontré el otro día este bello título. Es un libro de esos que hasta te apetece oler, lleno de desplegables y de hermosas ilustraciones. Relata en doce magníficos capítulos los consejos de un padre a su hijo para hacer de éste un perfecto caballero.

 Al asalto, como siempre ocurre con los sentimientos, me sorprendió la emoción a destiempo, cuando leí el comienzo:

“El hogar de un caballero es su castillo. ¿Tienes el valor suficiente para rescatar a tu padre del castillo de Oc?”

El corazón me dio un vuelco y me dejé llevar por unos instantes, y la muerte ya no apareció en mi mente como un personaje disfrazado de negro que empuña una guadaña; la muerte se convirtió solamente en un caballero enemigo que había atrapado a mi marido en un alejado castillo. Y, a sabiendas de que me mentía, imaginé que había un camino de regreso hacia la vida…

Minutos después, imaginé a Pascual escribiendo este libro para mis hijos y para mí misma. ¿Cuáles habrían sido sus consejos? Y en cada capítulo, que leí con mucho detenimiento, imaginaba las palabras del propio Pascual enseñándonos a distinguir a los amigos de los enemigos, hablándonos de la importancia del entretenimiento, de la necesidad de construir una fortaleza para defenderse del asedio enemigo, de cómo ganar las batallas, de los héroes célebres… en definitiva, del noble destino de ser caballero…

Y me vi a mí misma convertida, como yo repito tantas veces cargada de ironía, en el “perfecto caballero”. Y pese a la nobleza de las tareas que estaba aprendiendo, como colgar un cuadro, arreglar un desagüe o lidiar con la burocracia, en realidad, entendí que  estaba cansada de ser caballero, dama y hasta dragón de mi castillo, si me apuras. Y sentí que tanta lucha a veces parecía inútil. Y que el argumento de mi historia empezaba a cansarme, porque en la Edad Media, las mujeres eran perfectas damas encerradas en un castillo del que siempre venía a salvarlas un estupendo caballero. Y quise tirar mis trenzas para que, como en los cuentos, alguien viniera a salvarme de la Muerte, ese terrible caballero que un día hace ya mucho, se llevó a mi marido, y me dejó convertida en reina y señora de mi castillo. Un castillo en el que la soledad empezaba a reinar y donde el silencio se empezaba a notar demasiado.

¿Qué se escondía detrás del castillo de Oc? ¿Por qué las palabras finales del libro son estas?:

“Hijo mío, ahora ya has aprendido todo lo que yo puedo enseñarte sobre ser caballero. No olvides que, por encima de todo, un caballero es valiente y cumple rigurosamente el código de caballería. Tengo la certeza de que estás preparado para recibir tu espada y venir a rescatarme al castillo de Oc. Date prisa, hijo mío, pues sería magnífico volver a verte. Hasta entonces, no diré  Adiós, sino sólo Hasta pronto”.

Y sentí, acertada o erróneamente, que mi destino era luchar eternamente contra la Muerte para rescatar el recuerdo de Pascual de las manos del tiempo. Y memoricé sus últimos consejos: “ten siempre tu armadura bruñida y tus armas a mano e ignora las privaciones: te ayudarán a ser más fuerte”. Y cansada y triste, como me sentía hoy, empecé a escribir esta historia, con pobres palabras…mis únicas armas contra el olvido.

Publicado en: Carmen

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