Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Te recuerdo…

26 de noviembre de 2009 por Carmen

Nos conocimos muy poco, pero te recuerdo…

Isa, del parque.


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Up

21 de octubre de 2009 por Carmen

“No te dejaré partir si no me das tu bendición”.

Isak Dinesen

Llevaba meses pensando en esta frase. Había releído el cuento del que forma parte una y otra vez. Estando en la playa, decidimos matar una de esas tardes desapacibles con un cine para toda la familia. Elegimos la única peli infantil: Up, y allí acudimos pertrechados de comida, conscientes de que Jorge apenas aguantaría media película. Comenzamos a verla e, instintivamente, miré hacia donde estaban sentadas mi hija y mi hermana, y sus caras me hicieron comprobar que hemos perdido la inocencia del espectador: que asume la mentira del cine olvidando sus propias verdades. Intenté seguir la película, ajena a aquella sala y a lo que allí sucedía, hasta que escuché aquellas palabras: “tu aventura ha terminado, debes comenzar otra”. Y, entonces, lo entendí todo: durante todo este tiempo he buscado la bendición de Pascual para poderlo dejar marchar.

Y, de repente un día, te levantas y todos los imposibles empiezan a cumplirse. Y compruebas, sorprendida, que los fantasmas de la noche anterior al inicio de curso son sólo eso: fantasmas y con la luz del día se desvanecen. Y, orgullosa, contemplas, cómo has conseguido llegar puntual a la fila del cole con una Belén radiante y un Jorge convertido en el solícito y complaciente hermano de la protagonista del día. Y agradecida por el milagro, miras al cielo y sonríes convencida de que Dios hoy se ha acordado de vosotros… pero llegas de vuelta al coche y te sientes cansada, más cansada que nunca, porque la única verdad es que Belén empieza primaria y Jorge el colegio y Pascual no está, y el cielo parece hoy demasiado lejano.

Y, entonces, descubro la extraña lógica del tiempo, que lejos de curar, sigue su propio curso. Y compruebo que sólo ahora empieza el momento de despertar, la conciencia de todo lo vivido. Porque, el tiempo, esa gran mentira a la que todos recurrimos en busca de consuelo, es siempre subjetivo y cambiante. Las personas se nos mueren un día, a veces de repente, y otras no tan de repente; o nos abandonan, que es también una forma de morirse; pero desde ese día hasta el momento en el que somos capaces de dejarlas marchar, transcurren meses, años, o incluso a veces, vidas enteras.

¿Qué ocurre en ese espacio de tiempo? ¿Es eso lo que algunos llaman duelo? ¿Cómo describirlo? ¿Alguna vez habéis presenciado un combate de boxeo? Así es como imagino yo mi duelo: me acaban de golpear y me tambaleo durante minutos ante la expectación del público, finalmente caigo estrepitosamente sobre el cuadrilátero. Y cuando, por fin, consigo despertar de ese estado de inconsciencia, empiezo a notar el charco de sangre y comienzo a sentir el dolor en cada una de mis articulaciones; intento levantarme, pero casi no me quedan fuerzas. Una mano limpia mis heridas. Tumbada sobre la lona, me abandono a esta conciencia del fracaso. En ese corto espacio de tiempo en el que uno debe decidir levantarse o seguir abatida para siempre sobre el suelo, los versos de Salinas resuenan en mi memoria:

“¿Serás, amor,
un largo adiós que no se acaba?”

Agradecida, me apoyo en un hombro, decidida a salir definitivamente de ese cuadrilátero, mientras su imagen, lenta y dolorosamente, empieza a decirme adiós.

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Olvidos

18 de junio de 2009 por Carmen

“Tengo miedo de que olvides el camino de regreso”

Ismael Serrano

olvidoEn los últimos meses me repito a mí misma continuamente que “Dios se ha olvidado de nosotros”. No esconden estas palabras, lejos de su apariencia, amargura o resentimiento; albergan, en cambio, una profunda esperanza, porque si esto es sólo un olvido por parte de Dios, confío en que, pronto, recupere la memoria.

Durante el último año y medio apenas han aflorado los recuerdos. Como el que tras un accidente olvida de forma selectiva algunos capítulos de su pasado, mi mente ha recurrido a esta buena suerte de amnesia selectiva que me ha permitido sobrevivir a tanto espanto. A veces, mi hermana, sorprendida, me pregunta: ¿y es posible que hayas olvidado aquel viaje, o aquella cena, o aquel chiste que él contaba…?

Pero sí, sí recordaba, especialmente de noche. Lo sabía cuando, de madrugada, despertaba con la secreta esperanza de que aquello no fuese más que un sueño… pero, abrir los ojos y no tener una espalda a la que abrazarse para alejar a los fantasmas es peor aún que la propia pesadilla; abrir los ojos y comprobar que la realidad es  más dura que lo soñado es una sensación demoledora.

Hoy, meses después de la muerte de Pascual, cuando ya no quedan molinos contra los que luchar durante esas largas horas que preceden a la llegada del día, empiezo a recordar detalles, anécdotas de cuando Pascual estaba aún vivo. Y esos recuerdos empiezan a tomar forma, al principio tímidamente, para después acabar convirtiéndose en una durísima ofensa ante la amnesia reiterada de Dios.

Esta madrugada me he despertado con el recuerdo aún vivo de cuando Pascual y yo preparamos la programación de mi oposición. Ese recuerdo me ha llevado por cada uno de los meses de largo trabajo que empleamos en confeccionar aquel viaje por toda la geografía española que me permitiría, además de estudiar las costumbres de cada una de las Comunidades, explicar los rasgos particulares del español en aquella zona y la literatura propia. Ese recuerdo dulce me ha sugerido viajar a cada uno de esos lugares, convertir aquel viaje virtual en un viaje real. Ha sido entonces cuando he comprobado una vez más que Pascual no  hará esos viajes conmigo, y lo que es aún peor, porque aún hoy me parece increíble: que Pascual ni siquiera está aquí para que, aunque sea por carta, le cuente cómo es realmente aquel mundo que nosotros un día construimos juntos. Ese viaje me valió un 10 y la plaza; este viaje que hoy me prometo iniciar, me valdrá la esperanza de un sueño con el que sobrevivir un tiempo más en este peregrinaje hacia ninguna parte que desde el 7 de diciembre de 2007 realizo en la más absoluta soledad. Espero no olvidar nunca “el camino de regreso”.

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Conectar con la rabia

21 de mayo de 2009 por Carmen

“Nada pudo pararte.
No el mejor de los días. No la calma,
No el océano meciéndose.
Seguiste adelante con tu muerte.
No los árbolesajo los que paseabas, no los árboles
Que te daban sombra.
No el médico
Que te advirtió, el joven médico de
Pelo blanco que una vez te salvó.
Seguiste adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte. No tu hijo. No tu hija.
Te tumbaste en la cama.
Cruzaste tus brazos sobre tu pecho
Y soñaste un mundo sin ti.
Y seguiste adelante con tu muerte
Nada pudo pararte.
No la vida que quisiste
No la vida que tuviste
Nada pudo pararte”

         Mark Strad: “Tu muerte”

 

Instalarse definitivamente en la realidad no es fácil, nos obliga a hacer los últimos balances, desempolvar los más escondidos sentimientos y sacar a la luz nuestras más secretas miserias.

Supongo que esta es la última etapa de este duelo. Confío en que este sea, como decía el poeta “el último dolor que me causas”. Porque aunque sé a ciencia cierta que los muertos no eligen morirse, yo en los últimos tiempos estoy enfada hasta con Pascual por haberse muerto y haberme dejado plantada frente a este panorama.

Y voy a recurrir una vez más a la ironía, que roza ya casi el sarcasmo, a ver si así acabo por verle el lado divertido al asunto. Hace unas semanas me comunican que la bajante del edificio se ha roto y que yo soy, con mi habitual tino, una de las implicadas en el estropicio. De modo, que un amable caballero decide agujerear mi flamante cuarto de baño y dejarme un boquete por el que puede bajar hasta Papá Noel la próxima Navidad. Las teorías del operario acerca de las posibles causas de la rotura voy a ahorrármelas por no hacer leña de un oficio tan digno como el de los fontaneros, tan parecidos ellos a los caballeros andantes. Después vino la búsqueda de la losa en mi atestado trastero. Ahí pude comprobar una vez más los brazos de camionero que estoy echando. Venga bajar cajas, venga rebuscar entre trastos inútiles, venga tropezarme con trozos de mi historia. Y la losa que no aparece. Y mientras tanto, deciden taparme el agujero, por eso de que a la chica quizá le de un poco de impresión ducharse como si estuviese en la obra. Pero el nuevo operario dice que no puede porque las dimensiones del “bujero” superan las que le habían indicado en el nota. Y yo vuelta a esperar a que autoricen el arreglo. Y ya casi me estoy acostumbrando. Y lo mejor de todo es que empieza a darme igual, o quizá me dio igual desde el principio.

Días más tarde recibo otra carta bomba: Hacienda. Sé que en eso coincido con buena parte de los españoles: esa carta siempre es una bomba, pero es que la mía me deja casi al borde del infarto. El borrador me exige la friolera de 8500 euros. Pero yo, como soy optimista, llamo a mi hermano a ver si la cantidad me la ingresaban ellos o debía ingresarla yo. Pero el optimismo aún me dura, porque he decidido ir a la cárcel ya, definitivamente, porque allí se tiene tiempo libre y podré dormir y leer y escribir y estudiar y hacer gimnasia… en fin, recobraré todos los derechos que desde el siete de diciembre se me están arrebatando.

Por eso he decido no pagar e irme una temporadita a descansar a una de esas cárceles en las que dicen que se vive es escándalo, y ya de paso, a ver si conozco algún famoso. Confío en que vengáis a visitarme. Creo que vamos a estar la mar de entretenidos. Y así mis nanos, cuando crezcan, podrán pensar y con razón que su madre fue todo un héroe de su tiempo, y lo digo así en masculino, porque yo lo valgo.

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La muerte de un ídolo

21 de mayo de 2009 por Carmen

https://youtube.com/watch?v=3Q4myDcshGY%26amp

El domingo moría Mario Benedetti. Yo me enteré el lunes, cuando Ana me llamó para decirme que, una vez más estábamos de luto este año: el 4 de marzo había muerto Pepe Perona, mi maestro de gramática, como a él le gustaba hacerse llamar.

Aquella mañana me resultó muy difícil disimular el dolor. La suya era una muerte presentida, “cualquier día de estos se muere”, me decía yo en los últimos años. Finalmente murió y supe que ya nunca me pediría matrimonio. Yo siempre bromeaba con Pascual y le aseguraba que Mario sería el único hombre por el que yo podría abandonarlo. Irónicamente, Pascual nos abandonó a todos mucho antes.

Decía Mario que una biblioteca no es nunca la historia de la literatura universal, sino la historia privada de quien la ha ido forjando.  El primer libro que yo compré y leí en serio estaba firmado por Mario Benedetti. Ese fue, lo recuerdo nítidamente, el comienzo de mi pasión por la literatura. El libro se titulaba “La tregua”, una novela que ya va por la edición 192, que marcó mi historia y que incluso hoy me parece toda una premonición de lo que sería mi propia vida. Entonces, yo tenía sólo 16 años, pero aquel diario dejó una honda huella en mi mente adolescente.

Martín Santomé es un hombre viudo de 49 años que esta a punto de jubilarse. La relación con sus tres hijos ya mayores no es muy buena a causa de su obsesión por el trabajo. Martin comienza un romance con Laura Avellaneda, una joven de 24 años que entra a trabajar en la empresa para la cual trabaja. Poco a poco la relación entre ellos va aumentando hasta que Martin decide pedirle matrimonio, cuando Laura a causa de una gripe deja de acudir a la oficina. Desgraciadamente, Laura muere y Martin regresa a su vida de antes donde comprueba que aquel amor no fue más que una tregua que dios y la vida la habían concedido.
Después de “La tregua” leí todo lo que caía en mis manos que llevara su nombre. Me adentré en su poesía, en su labor de crítico literario, escuché las canciones que Nacha Guevara y Serrat habían compuesto con sus letras, vi la película de “El lado oscuro del corazón” en la que él hace una pequeña aparición, y lo seguí en cada una de las conferencias que daba cada vez que venía a Murcia. Recuerdo un día que fui a Cartagena a verlo. Acudí con la misma emoción con la que una novia acude a su primera cita. Victorino Polo, mi profesor de literatura y el encargado del congreso, quiso presentármelo al final de la conferencia, más por marcarse un farol ya que ni siquiera recordaba mi nombre, pero yo rechacé cortésmente aquel ofrecimiento: los ídolos, pensé, siempre tienen los pies de barro, y yo prefería seguir escuchando a Benedetti desde la distancia y desde el anonimato.
Hoy pienso en Benedetti y sólo viene a mi memoria su personal historia de amor vivida con Luz, una mujer con la que estuvo casado sesenta años. Esta mañana le decía a mis alumnos que, desgraciadamente, nuestra generación ya no sabrá qué es eso de vivir toda una vida al lado de la misma persona. Les contaba la enfermedad de su esposa y cómo Mario dedicó sus últimos años a cuidar de alguien que había olvidado hasta su nombre. Mario murió el domingo, pero probablemente había empezado a morir mucho antes, hace tres años, cuando su Luz se extinguió.

 “Bodas de perlas”:
Después de todo qué complicado es el amor breve
y en cambio qué sencillo el largo amor
digamos que éste no precisa barricadas
contra el tiempo ni contra el destiempo
ni se enreda en fervores a plazo fijo

el amor breve aún en aquellos tramos
en que ignora su proverbial urgencia
siempre guarda o esconde o disimula
semiadioses que anuncian la invasión del olvido
en cambio el largo amor no tiene cismas
ni soluciones de continuidad
más bien continuidad de soluciones (…)

cuando la conocí
tenía apenas doce años y negras trenzas
y un perro atorrante
que a todos nos servía de felpudo
yo tenía catorce y ni siquiera perro
calculé mentalmente futuro y arrecifes
y supe que me estaba destinada
mejor dicho que yo era el destinado
todavía no se cuál es la diferencia

así y todo tardé seis años en decírselo
y ella un minuto y medio en aceptarlo (…)

ahora nuestro amor tiene como el de todos
inevitables zonas de tristeza y presagios
paréntesis de miedo incorregibles lejanías
culpas que quisiéramos inventar de una vez
para liquidarlas definitivamente

la conocida sombra de nuestros cuerpos
ya no acaba en nosotros
sigue por cualquier suelo cualquier orilla
hasta alcanzar lo real escandaloso
y lamer con lealtad los restos de silencio
que también integran nuestro largo amor

estábamos estamos estaremos juntos
a pedazos a ratos a párpados a sueños (…)

no podemos quejarnos
en treinta años la vida
nos ha llevado recio y traído suave
nos ha tenido tan pero tan ocupados
que siempre nos deja algo para descubrirnos
a veces nos separa y nos necesitamos
cuando uno necesita se siente vivo
entonces nos acerca y nos necesitamos

es bueno tener a mi mujer aquí
aunque estemos silenciosos y sin mirarnos
ella leyendo su séptimo círculo
y adivinando siempre quién es el asesino
yo escuchando noticias de onda corta
con el auricular para no molestarla
y sabiendo también quién es el asesino

la vida de pareja en treinta años
es una colección inimitable
de tangos diccionarios angustias mejorías
aeropuertos camas recompensas condenas
pero siempre hay un llanto finísimo
casi un hilo que nos atraviesa
y va enhebrando una estación con otra
borda aplazamientos y triunfos
le cose los botones al desorden
y hasta recomienda melancolías

siempre hay un finísimo llanto un placer
que a veces ni siquiera tiene lágrimas
y es la parábola de esta historia mixta
la vida a cuatro manos el desvelo
o la alegría en que nos apoyamos
cada vez más seguros casi como
dos equilibristas sobre su alambre
de otro modo no habríamos llegado a saber
qué significa el brindis que ahora sigue
y que lógicamente no vamos a hacer público

23 de marzo 1976

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