Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Up

21 de octubre de 2009 por Carmen

“No te dejaré partir si no me das tu bendición”.

Isak Dinesen

Llevaba meses pensando en esta frase. Había releído el cuento del que forma parte una y otra vez. Estando en la playa, decidimos matar una de esas tardes desapacibles con un cine para toda la familia. Elegimos la única peli infantil: Up, y allí acudimos pertrechados de comida, conscientes de que Jorge apenas aguantaría media película. Comenzamos a verla e, instintivamente, miré hacia donde estaban sentadas mi hija y mi hermana, y sus caras me hicieron comprobar que hemos perdido la inocencia del espectador: que asume la mentira del cine olvidando sus propias verdades. Intenté seguir la película, ajena a aquella sala y a lo que allí sucedía, hasta que escuché aquellas palabras: “tu aventura ha terminado, debes comenzar otra”. Y, entonces, lo entendí todo: durante todo este tiempo he buscado la bendición de Pascual para poderlo dejar marchar.

Y, de repente un día, te levantas y todos los imposibles empiezan a cumplirse. Y compruebas, sorprendida, que los fantasmas de la noche anterior al inicio de curso son sólo eso: fantasmas y con la luz del día se desvanecen. Y, orgullosa, contemplas, cómo has conseguido llegar puntual a la fila del cole con una Belén radiante y un Jorge convertido en el solícito y complaciente hermano de la protagonista del día. Y agradecida por el milagro, miras al cielo y sonríes convencida de que Dios hoy se ha acordado de vosotros… pero llegas de vuelta al coche y te sientes cansada, más cansada que nunca, porque la única verdad es que Belén empieza primaria y Jorge el colegio y Pascual no está, y el cielo parece hoy demasiado lejano.

Y, entonces, descubro la extraña lógica del tiempo, que lejos de curar, sigue su propio curso. Y compruebo que sólo ahora empieza el momento de despertar, la conciencia de todo lo vivido. Porque, el tiempo, esa gran mentira a la que todos recurrimos en busca de consuelo, es siempre subjetivo y cambiante. Las personas se nos mueren un día, a veces de repente, y otras no tan de repente; o nos abandonan, que es también una forma de morirse; pero desde ese día hasta el momento en el que somos capaces de dejarlas marchar, transcurren meses, años, o incluso a veces, vidas enteras.

¿Qué ocurre en ese espacio de tiempo? ¿Es eso lo que algunos llaman duelo? ¿Cómo describirlo? ¿Alguna vez habéis presenciado un combate de boxeo? Así es como imagino yo mi duelo: me acaban de golpear y me tambaleo durante minutos ante la expectación del público, finalmente caigo estrepitosamente sobre el cuadrilátero. Y cuando, por fin, consigo despertar de ese estado de inconsciencia, empiezo a notar el charco de sangre y comienzo a sentir el dolor en cada una de mis articulaciones; intento levantarme, pero casi no me quedan fuerzas. Una mano limpia mis heridas. Tumbada sobre la lona, me abandono a esta conciencia del fracaso. En ese corto espacio de tiempo en el que uno debe decidir levantarse o seguir abatida para siempre sobre el suelo, los versos de Salinas resuenan en mi memoria:

“¿Serás, amor,
un largo adiós que no se acaba?”

Agradecida, me apoyo en un hombro, decidida a salir definitivamente de ese cuadrilátero, mientras su imagen, lenta y dolorosamente, empieza a decirme adiós.

Publicado en: Carmen