Pascual Fernández

Pascual Fernández

  • Carmen
  • Recuerdos
  • Me acuerdo de…

Trenes

10 de febrero de 2011 por Carmen

Era un 7 de diciembre y era muy temprano.

Me acuerdo porque era puente y hacía mucho frío en aquella estación de tren. Yo estaba adormilada y al principio no entendí lo que me decías por el teléfono: “ven, ven pronto Anita…” y así, deprisa, confusa, aterrada, fui de vagón en vagón hasta que llegué al tuyo, al vuestro, al mismo al que había ido tantas veces, sobre todo los viernes…

Íbamos todos en el mismo tren, me acuerdo de una forma tan nítida…

Había un vagón que dejamos un poco atrás, con una Tau gigante, era silencioso y aromático, como la eternidad.

Había un vagón de personas a las que yo había visto poco pero sé que queríais mucho: del Instituto, de la Universidad, del barrio… Cuando yo pasé por allí, escuché el sonido de viejas canciones, el olor a pitillos recién estrenados, a sueños abstractos…

Había un vagón lleno de maestros y maestras, estaban manchados de tiza y mocos de niños que no eran suyos, tenían los codos morados y vestían de color, forzando la sonrisa…

Había un vagón lleno de familia que olía a Navidad y veranos interminables, a risas y peleas, “un vagón grande”, pensé, ”demasiado grande”…

Te vi recorrer uno a uno el pasillo de todos los vagones, impávida, como si ya no estuvieras, como si ya no estuviera nadie; los ibas mirando a todos a la cara, las lágrimas, los lamentos… y sólo mirabas por la ventana, porque en la estación se habían quedado Belén y Jorge, en un banco, juntos, solos, dormidos…

Pero alguien te empujó de allí, te echó del tren donde todos vamos aún subidos y el tiempo se paró o fue más deprisa, pero ya nada volvió a ser igual que antes, ninguno de los tres iba ya con el resto de pasajeros.

Yo no me acuerdo cómo fue, pero los días iban pasando y desde el cristal fui viendo cómo cada vez te hacías más pequeña y ya no mirabas a la cara, estabas quieta, sentada en el banco con tus hijos, mientras el tren se marchaba…

Algunos nos hemos casado, otros hemos tenido hijos, otros enfermado y aún incluso curado y todos vamos de estación en estación intentando volver a veros… Pero esa estación nunca llega, porque cuando el Revisor expulsa a alguien del tren, ya no vuelve a subir, los trenes nunca van marcha atrás, se golpearían con otros trenes, siguen su curso sin detenerse, sin esperar a nadie…

De vez en cuando alguien sale a la puerta de su vagón y si pasa por tu lado te coge del brazo y tira, intentando subirte, pero tus pies no se mueven, están sellados en esa estación, por lo que solo conseguimos desgarrarte el brazo un poco más.

Por eso hoy, con la brisa de febrero sacudiendo mi ventana, te doy permiso para que subas a otro tren, Carmen, para que te despidas de todos los que un día fuimos contigo, te doy permiso para que nos quieras desde lejos, para que encuentres otros compañeros de viaje, y para que, si nos cruzamos alguna vez en paralelo, desde el otro raíl, nos permitas sonreírte, sabiendo que aunque ya no viajas con nosotros, fuisteis de nuestro tren, incluso de nuestro vagón más íntimo, pero que sabemos que no elegiste bajarte y que, precisamente por eso, ya no puedes seguir quieta en la estación con el frío de diciembre.

Sois tres, de momento solo esos, pero no está mal para empezar un viaje, aunque no sepas donde vas.

Nosotros seguimos en el tren, vamos de un vagón a otro según se nos antoja y nos  acordamos de ti y de él y a veces reímos, y a veces lloramos, pero no podemos detenerlo, sigue y sigue, y tampoco nosotros podemos evitarlo.

Ana Belén.

Publicado en: Recuerdos