
“Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas, y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (…) Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Ilión fue, pero Ilión perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”.
J. Luis Borges. Los conjurados.
Pienso esta noche
en todo lo que he perdido, y mis pérdidas se remontan más allá de Pascual, más allá de cuando no podía asociar el concepto de la muerte al nombre de un ser querido. Estar vivo significa necesariamente perder a personas que amamos, a personas que formaron parte de nuestra vida durante un tiempo limitado. Esas pérdidas, ajenas a la muerte, nos preparan para otras pérdidas más definitivas, son como pequeños ensayos que nos permiten afrontar la muerte con mayor serenidad. Porque, a veces, las personas, se nos mueren en vida. Pascual y yo, por ejemplo, lloramos juntos la salida de nuestras vidas de un amigo que fue para nosotros como un hermano, y aquello fue como una muerte. Saber que esa persona seguirá viviendo, quizá no lejos de nosotros y aceptar que nunca más formará parte de nuestra historia es un dolor muy parecido al de la muerte real. Los grandes jalones de nuestra existencia, al final, siempre están ligados a las pérdidas. Aprendemos a vivir sin aquellas personas que un día lo fueron todo para nosotros. Y el recuerdo casi siempre se vuelve amargo.
en todo lo que he perdido, y mis pérdidas se remontan más allá de Pascual, más allá de cuando no podía asociar el concepto de la muerte al nombre de un ser querido. Estar vivo significa necesariamente perder a personas que amamos, a personas que formaron parte de nuestra vida durante un tiempo limitado. Esas pérdidas, ajenas a la muerte, nos preparan para otras pérdidas más definitivas, son como pequeños ensayos que nos permiten afrontar la muerte con mayor serenidad. Porque, a veces, las personas, se nos mueren en vida. Pascual y yo, por ejemplo, lloramos juntos la salida de nuestras vidas de un amigo que fue para nosotros como un hermano, y aquello fue como una muerte. Saber que esa persona seguirá viviendo, quizá no lejos de nosotros y aceptar que nunca más formará parte de nuestra historia es un dolor muy parecido al de la muerte real. Los grandes jalones de nuestra existencia, al final, siempre están ligados a las pérdidas. Aprendemos a vivir sin aquellas personas que un día lo fueron todo para nosotros. Y el recuerdo casi siempre se vuelve amargo.
A veces, las pérdidas llevan consigo un aprendizaje, pero, la mayoría, las pérdidas son enormes vacíos que se nos enquistan en el alma y nos llenan de impotencia y de rabia al constatar que no podemos hacer nada por cambiar la realidad, que no podemos evitar que salga definitivamente de nuestras vidas aquel que ya no quiere estar, por mucho que nos aferremos, por mucho que luchemos. Y seguimos viviendo, con la esperanza vana de que algún día, mientras paseamos, podamos encontrarnos de lleno con aquel rostro ya desdibujado por el tiempo para, al menos, comprobar que sigue vivo. Y frecuentamos los amigos comunes con la ilusión y el temor de escuchar noticias suyas. Y cargamos nuestras espaldas con esos pesados fardos que solo el tiempo aligera, pero que nos negamos a perder porque, en definitiva, esos nombres, ligados a tiempos concretos es lo único que nos va quedando de la persona que un día fuimos, y es lo que de una forma azarosa o preconcebida nos ha llevado hasta este hombre, esta mujer, que hoy somos. Por tanto, si para algo estamos entrenados es para la pérdida: desde el primer paraíso perdido, que es para mí la niñez, hasta mi última y gran definitiva pérdida, que es la de la muerte. Pero la muerte añade respecto a la pérdida un matiz aplastante: es irrevocable. Mientras vivimos, todo puede cambiar, cabe incluso la esperanza de recobrar a aquel amor adolescente incluso en la vejez. Pero, la muerte es como una losa cuyo peso va en aumento al constatar que ya nada queda para la improvisación o la sorpresa, que esa historia está definitivamente zanjada. Ese dolor tiene una magnitud que yo sólo había intuido. Por eso, creo que solamente una vida capaz de justificarse en sí misma puede convertir la pérdida en un paraíso para el recuerdo de los que permanecen.
Después de la experiencia de la muerte, sólo me queda pedir que a partir de ahora, ya consciente del riesgo de la pérdida, sólo me esfuerce por compartir la vida con personas que puedan ser recordadas con gratitud y con amor cuando ya formen parte de nuestro recuerdo. Debo decir que mis recuerdos, a día de hoy, están en deuda con todas y cada una de mis perdiciones. Deseo de corazón que vuestro balance también salga positivo.
