Supongo que todos los que hemos conocido la pérdida, seamos creyentes o ateos, nos hemos preguntado en algún momento cómo será, de existir, el cielo del que nos hablan. Mi hija Belén lo tiene claro; el otro día me decía: “seguro que cuando vayamos al cielo nos encontraremos con el papá y vosotros seréis adultos, yo una niña y mi hermano un bebé”. A mí se me encogió el alma y me quedé en silencio; ella me aseguró que tenía que ser así. Yo sería capaz de todo por ella, hasta de inventar ese cielo del que me habla. Sería capaz de construirle con palabras un cielo de mentira para preservar su esperanza y su inocencia. Sería capaz de este bello cuento:
“Érase una vez un papá que, como era un padre bueno y generoso, temía que su familia extraviase el largo camino que tenían que recorrer desde su tranquila cabaña en la selva, hasta la alejada y temida ciudad. Decidió salir primero. Recorrió el camino a tientas, solo. Subió montañas, vadeó ríos y , cuando ya estaba seguro de no perderse, volvió a por ellos. Pero con la impaciencia de verlos, olvidó que para encontrar la ruta, tuvo que renunciar a su cuerpo y a su voz a cambio del mapa que una bruja mala escondía en lo más profundo de una negra cueva. Aterrado, comprobó que ni su esposa ni sus hijos lo veían; intentó gritar, pero fue inútil, no lo oían. Durante semanas permaneció, asustado y triste, junto a ellos, hasta que, al fin, tuvo una magnífica idea: todos los días, muy de mañana, saldría el primero y recorrería la jornada hasta llegar al lugar previsto para pasar la noche, donde haría un gran fuego para que sus hijos y su mujer supieran siempre en qué dirección caminar. Lleno de esperanza, preparaba su fuego noche tras noche, sabedor de que su mujer y sus hijos buscarían sin desfallecer la señal que anunciara su presencia. Había días en que caminaba más rápido de lo normal, acuciado por el miedo de que sus hijos quizás olvidarían su rostro, de que su mujer tal vez maldeciría su suerte. Pero siempre le reconfortaba encontrarlos al final de cada jornada, desfallecidos, a veces; sin esperanzas, otras; pero siempre a salvo. Y así transcurrieron años y años, hasta que al fin, una bonita noche de luna llena, llegaron a la ciudad. El papá esperaba ansioso la llegada de su familia, pero también con una gran preocupación. Los vio venir a los lejos. Apenas si los podía reconocer de tanto como habían cambiado. En cambio, se preguntaba qué aspecto tendría él, si habría envejecido o si su cuerpo sería el mismo, joven y ágil ,del joven que hace años salió de su cabaña en la selva. Emocionado, corrió hacia ellos, y justo en el momento de abrazarlos, comprobó que recobraba su apariencia y que su familia, como por arte de magia, retrocedía apresuradamente en el tiempo hasta el momento exacto en el que los había dejado: una hermosa joven de 24 años con una preciosa niña de tres y un tierno bebé que apenas había cumplido un año. Se abrazaron y vivieron felices eternamente en aquella ciudad que, ya para siempre, sería la suya”.
Mi vida se paró justo cuando empezaba a vislumbrar que aquel era el cielo que me pertenecía, porque ya no quería lavarlo, ni tocarlo, ni cruzarlo; pero, en cambio, estaban el pájaro, la nube y el pino. A mí me costó muchos años de aprendizaje junto a Pascual. Por eso sé que algún día volveremos a retomar la vida justo en el momento en el que la dejamos. Por eso sé que el cielo no podrá ser diferente a la serena certeza de haber desterrado para siempre “la estranezza di un cielo che non e il tuo”.