Cumplir una promesa, sobre todo cuando depende de otros, es difícil, a veces, imposible. El compromiso de andar la parte del camino de los que ya no están lo aprendí de Manolo García. Por eso, hace siete meses prometí que algún día lo conocería personalmente y le hablaría de mi marido y de lo que su música significaba para él.Decía Manolo en una entrevista reciente concedida a la revista “Rolling Stone”: “Creo en las personas, una a una”. Por eso, supe desde es principio que si conseguía llegar hasta él no me defraudaría. Y, afortunadamente, Manolo García no me defraudó. En Manolo y en la gente que lo acompaña, como su hermana Carmen, no hay nada de marketing. La imagen de hombre comprometido, atento y respetuoso con su público es real.
Unida a esta feliz constatación, la gran sorpresa de la noche fue la calidad humana de las personas que me ayudaron a sortear tantos filtros que me separaban del músico: sin Manolo Buitrabo y sin Manolo Robles yo no habría podido saldar esta deuda pendiente con la vida. Yo, que en los últimos meses he tenido que soportar tantos despropósitos por parte de la administración y de la burocracia, me he enfrentado con sobrecogimiento a un periodismo serio, bien hecho, sensible a las historias de gente que desde su anonimato experimenta muchas veces la impotencia de no poder hacer oír su voz.
En nombre mío y en el de mis hijos: gracias. Ese concierto del 3 de julio, ese encuentro, quedarán impresos en mi memoria para siempre. Forman parte del legado de mis hijos. Algún día, cuando crezcan, verán mi foto al lado de Manolo García y escucharán esta bella historia.
