“Quienes superan un trauma experimentan con frecuencia esta sensación de prórroga que confiere un sabor desesperado a la vida que se ha perdido, pero que agudiza el placer de vivir lo que aún sigue siendo posible (…) Los que dan la impresión de haber sido heridos el día anterior, tendrán escaras. Yo sostengo que la escara es algo más que un problema en la piel. Es una necrosis. Es llevar una angustia mortal en el alma. Los que, sufriendo, aceptan su nuevo ser se las arreglan mejor para salir adelante. Hacen deporte aunque antes no fueran deportistas, establecen vínculos, trabajan más…”
El amor que nos cura. Boris Cyrulnik
Siguen sucediendo cosas que yo permito quizá tan solo porque ya no me duelen tanto, tal vez, porque, aunque plagadas de ironía, me permiten recordar a Pascual; jugar incluso, por un instante, a imaginar que él sigue vivo. Os pondré un ejemplo: el titular de la tarjeta de el corte inglés era Pascual. Ahora que lo pienso, yo apenas tenía entidad en el mundo burocrático, él tan atento siempre, me evitaba cada vez que podía el enojoso trato con el mundo real; ahora, en cambio, me he convertido en titular de todo lo habido, excepto de la tarjeta de el corte inglés, por dejadez, por evitarme el engorroso momento de volver a enseñar su partida de defunción para darlo de baja, o tal vez por las dulces mentiras que me proporcionan en los últimos años, cuando el día de su cumpleaños recibo puntualmente una sincera felicitación de cumpleaños.
Pero, ayer, las cosas fueron demasiado lejos. El corte inglés, en su vano intento de promocionar su nuevo centro comercial, al que sólo he ido una vez en la que me perdí en el aparcamiento, me mandó una invitación personalizada para ver una exposición sobre Star War, y en la que reza en letras mayúsculas: PASCUAL, ¡Que la fuerza te acompañe!
Qué irónico empieza a parecerme todo, mucho más si cabe, cuando el otro día decidí retomar un viejo rito que repetíamos invariablemente cuando mi hermano volvía a casa por vacaciones: visitar la librería de viejo que hay en el barrio del Carmen y sacar una peli del videoclub. Fue como volver a otros años, disfruté de dos placeres que tienen sus días contados. Como no tenía ganas de darme de alta en el videoclub, opté, de una manera un tanto osada por mi parte, por dar los datos de Pascual. La empleada, me preguntó amablemente si era familiar mío, y yo le respondí tímidamente que sí. Tras buscar pacientemente su ficha, me espetó con cara de pocos amigos:. “sí, aquí está, pero él hace mucho que no viene por aquí”. Sí –dije yo, aún más tímidamente- es que se mudó de ciudad.
Qué irónico es todo, ¿verdad? Qué triste resulta pero, qué piadosas son a veces las mentiras, cuando nos devuelven por un instante la ilusión de que Pascual y su fuerza aún nos acompañan. Supongo que esta vez, cuando en la biblioteca me vuelvan a sancionar por devolver tarde un libro, quizá me pase por la cabeza utilizar su carné de socio, sabiendo bien como sé que allí a donde se ha mudado nadie podrá reclamarle ese viejo ejemplar de El nombre de la rosa que a él tanto le gustaba.
