Calmas mi soledad con tus palabras
calmas mi soledad con poesía.
calmas ese dolor sobrero
con quiebro mágico, indeleble entrega
Manolo García
Dicen que anticiparse al dolor y al sufrimiento lo mitiga, pero no es cierto. Los momentos difíciles, cuando llegan, abren siempre zanjas que nos precipitan en abismos que a veces creemos insalvables.
Este largo verano he caminado como equilibrista sobre su red y así he sorteado los días entre el campo, al que yo metafóricamente he bautizado “el desierto”, y la playa, de la que estuve deseando salir antes incluso de haber deshecho la maleta. Y así han transcurrido lentos los días, con sus rutinas, con sus coartadas contra la soledad. He seguido viviendo alentada sólo por la falsa esperanza de septiembre y sus promesas.
Pero, ahora que los días laborables amenazan otra vez con su rutina, yo quiero una vez más agradecer a la familia el haberme ayudado a mantener intacta la esperanza durante estos largos ocho meses. Ellos bien conocen mis momentos de flaqueza; saben que he llegado al verano agotada y sin fuerzas, con “aquella esperanza -que, como dice Benedetti- cabía en un dedal”.
Pero, de mis abismos imposibles siempre me rescatan las palabras. Y sería injusta si no agradeciera tantas palabras que han alentado y sostenido mi mermada esperanza. Especialmente significativa fue la conversación telefónica que mantuve el 14 de agosto con Manolo García. Me llamó simplemente para contarme que había releído mi carta y que sentía que no hubiéramos tenido un rato para conversar y que había pensado que quizá sería una buena idea mandarme una de sus pinturas para que la colgara junto con la foto que nos hicimos en el concierto. Aquel gesto lo engrandeció y contradijo mi teoría de que los ídolos tienen los pies de barro. Algunos ídolos tienen, afortunadamente, una humanidad casi divina.
