“Nada pudo pararte.
No el mejor de los días. No la calma,
No el océano meciéndose.
Seguiste adelante con tu muerte.
No los árbolesajo los que paseabas, no los árboles
Que te daban sombra.
No el médico
Que te advirtió, el joven médico de
Pelo blanco que una vez te salvó.
Seguiste adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte. No tu hijo. No tu hija.
Te tumbaste en la cama.
Cruzaste tus brazos sobre tu pecho
Y soñaste un mundo sin ti.
Y seguiste adelante con tu muerte
Nada pudo pararte.
No la vida que quisiste
No la vida que tuviste
Nada pudo pararte”Mark Strad: “Tu muerte”
Instalarse definitivamente en la realidad no es fácil, nos obliga a hacer los últimos balances, desempolvar los más escondidos sentimientos y sacar a la luz nuestras más secretas miserias. Supongo que esta es la última etapa de este duelo. Confío en que este sea, como decía el poeta “el último dolor que me causas”. Porque aunque sé a ciencia cierta que los muertos no eligen morirse, yo en los últimos tiempos estoy enfada hasta con Pascual por haberse muerto y haberme dejado plantada frente a este panorama.
Y voy a recurrir una vez más a la ironía, que roza ya casi el sarcasmo, a ver si así acabo por verle el lado divertido al asunto. Hace unas semanas me comunican que la bajante del edificio se ha roto y que yo soy, con mi habitual tino, una de las implicadas en el estropicio. De modo, que un amable caballero decide agujerear mi flamante cuarto de baño y dejarme un boquete por el que puede bajar hasta Papá Noel la próxima Navidad. Las teorías del operario acerca de las posibles causas de la rotura voy a ahorrármelas por no hacer leña de un oficio tan digno como el de los fontaneros, tan parecidos ellos a los caballeros andantes. Después vino la búsqueda de la losa en mi atestado trastero. Ahí pude comprobar una vez más los brazos de camionero que estoy echando. Venga bajar cajas, venga rebuscar entre trastos inútiles, venga tropezarme con trozos de mi historia. Y la losa que no aparece. Y mientras tanto, deciden taparme el agujero, por eso de que a la chica quizá le de un poco de impresión ducharse como si estuviese en la obra. Pero el nuevo operario dice que no puede porque las dimensiones del “bujero” superan las que le habían indicado en el nota. Y yo vuelta a esperar a que autoricen el arreglo. Y ya casi me estoy acostumbrando. Y lo mejor de todo es que empieza a darme igual, o quizá me dio igual desde el principio.
Días más tarde recibo otra carta bomba: Hacienda. Sé que en eso coincido con buena parte de los españoles: esa carta siempre es una bomba, pero es que la mía me deja casi al borde del infarto. El borrador me exige la friolera de 8500 euros. Pero yo, como soy optimista, llamo a mi hermano a ver si la cantidad me la ingresaban ellos o debía ingresarla yo. Pero el optimismo aún me dura, porque he decidido ir a la cárcel ya, definitivamente, porque allí se tiene tiempo libre y podré dormir y leer y escribir y estudiar y hacer gimnasia… en fin, recobraré todos los derechos que desde el siete de diciembre se me están arrebatando.Por eso he decido no pagar e irme una temporadita a descansar a una de esas cárceles en las que dicen que se vive es escándalo, y ya de paso, a ver si conozco algún famoso. Confío en que vengáis a visitarme. Creo que vamos a estar la mar de entretenidos. Y así mis nanos, cuando crezcan, podrán pensar y con razón que su madre fue todo un héroe de su tiempo, y lo digo así en masculino, porque yo lo valgo.
