Pascual Fernández

Pascual Fernández

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La oscuridad

20 de octubre de 2012 por Carmen

Dadle la mano,
es nuevo ahí…
en ese sitio extraño
como un abismo desde aquí.
MCLAN

Aunque acaba de cumplir seis años, aún no se ha acostumbrado a la oscuridad. Todas las noches le enciendo la lámpara que alguien te trajo de un viaje a Marruecos. La mayoría de las noches, ese simple gesto, que se ha convertido en todo un ritual de la antesala del sueño, es suficiente. Pero, hay noches, ya de madrugada, en las que oigo su voz que me susurra que tiene miedo; ni siquiera tengo ya que levantarme, desde mi cama repito como en una monótona letanía: “estoy aquí, no pasa nada…”

Pero, después, me resulta muy difícil conciliar el sueño. Y sigo repitiendo en voz muy baja: “estoy aquí, no pasa nada…”, confiando en que mi voz llegue a ese otro lugar en el que tú estás.

Y sé que ya no podré dormir en las próximas horas, atenazada por la angustia y la tristeza, preguntándome una y otra vez si por fin te habrás acostumbrado a la oscuridad. Y me siento impotente y suplico como el loco que reza a cien dioses:

Hasta que se acostumbre a la oscuridad …
os pido que le hagáis un lugar.
No cerréis la puerta, no dejéis de hablar.

Y me pregunto:

¿Cuánto tiempo tiene que pasar
hasta que me acostumbre a la oscuridad?

Y es entonces cuando me invade la certeza de que nunca acabamos de acostumbrarnos a la oscuridad; de que este quinto año encierra más luto que los anteriores; y de que el frío intenso me acompaña, como una mentira mal disimulada; como un secreto a voces, con el que, a veces, juego al escondite y cuando soy yo quien gana, me creo a salvo de la muerte, pero cuando soy yo quien pierde la partida, me sé descubierta para siempre… sin maquillaje tras el que esconder las grises ojeras de las noches de insomnio.

Dadle la mano,
es nuevo ahí…
en ese sitio extraño
como un abismo desde aquí.

Se quedó sumergido
engañando al tiempo bajo un iceberg,
burbujas que se pierden…
y ya no alcanzo a ver

Hasta que se acostumbre a la oscuridad…
os pido que le hagáis un lugar.
No cerréis la puerta, no dejéis de hablar.

¿Cuánto tiempo tiene que pasar
hasta que se acostumbre a la oscuridad?

Ahora es el centro de un radio infinito,
en un eclipse eterno… un cortocircuito.
Vosotros que llegasteis antes… decidle la verdad,
¿por qué este frío intenso?, ¿por qué esta soledad?.

Hasta que se acostumbre a la oscuridad…
os pido que le hagáis un lugar.
No cerréis la puerta, no dejéis de hablar.

¿Cuánto tiempo tiene que pasar
hasta que se acostumbre a la oscuridad?

Ei, vosotros, no sé si estáis ahí…
¿por qué no contestáis? .. o ..¿es que no me oís?

Hasta que me acostumbre a la oscuridad…
os pido que me hagáis un lugar,
que no cerréis la puerta .. no dejéis de hablar!

¿Cuánto tiempo tiene que pasar
hasta que me acostumbre a la oscuridad?
Hasta que me acostumbre a la oscuridad…

Muy abajo, más allá…
el frío intenso y la profundidad.

Muy abajo, más allá…
el frío intenso y la profundidad.

La oscuridad. M-Clan Letra.

Publicado en: Carmen

Ser y estar

7 de diciembre de 2010 por Carmen

Oh marine
oh boy
una de tus dificultades consiste en que no sabes
distinguir el ser del estar
para ti todo es to be
así que probemos a aclarar las cosas

por ejemplo
una mujer es buena
cuando entona desafinadamente los salmos
y cada dos años cambia el refrigerador
y envía mensualmente su perro al analista
y sólo enfrenta el sexo los sábados de noche

en cambio una mujer está buena
cuando la miras y pones los perplejos ojos en blanco
y la imaginas y la imaginas y la imaginas
y hasta crees que tomando un martini te vendrá el coraje
pero ni así

Mario Benedetti: “Ser y estar”

El otro día intentaba explicarle a un alumno ruso la diferencia entre ser y estar en español. Después de varios ejemplos infructuosos, plagié a Benedetti en lo que creía otro intento vano y le conté que no es lo mismo, en español, decirle a una mujer que es buena o decirle que está buena. El ejemplo debió de gustarle porque, entre risas, pronunció en un español casi perfecto: eso sí lo entiendo, maestra.

No pensé más en el ser y en el estar hasta la hora del recreo. Tomaba café, como cada día, sin reparar muy bien en los que estábamos en la mesa. Me enzarcé en una de esas conversaciones anodinas a las que uno acude por hablar de algo más que del tiempo; ese día, el tema de conversación era los hijos y la absoluta dedicación que suponen. Me quejaba de la falta de tiempo, seguramente porque era lunes y acababa de terminar un largo fin de semana, y la pregunta sobre mi marido, no se hizo esperar. Yo, más pendiente de la cara del que con tan mala suerte quiso desviar el debate hacia el siempre polémico tema del reparto de tareas, que de mis propias palabras, alegué: “no, yo soy viuda”.

Era la segunda vez en poco tiempo que pronunciaba esa frase, y en cambio, el verbo me dio que pensar a lo largo del día. “Soy viuda” me decía a mi misma. Y recordaba a tantos amigos separados que cuando hablan de su estado civil dicen: “estoy separado/a”. Era cosa mía, ¿o también aquí el español marcaba diferencias casi imperceptibles en estas expresiones, incluso para nosotros?

Repasé de nuevo la teoría recién explicada: el verbo estar se utiliza cuando el atributo es un adjetivo que indica un estado, una situación debida a circunstancias externas (estoy triste); en cambio, el verbo ser se utiliza cuando el atributo es un adjetivo que indica una propiedad esencial, una definición del sujeto (ella es baja). Dicho con otro ejemplo para mí más revelador: estoy separado/a, soy viudo/a.

Quizá esto no sea más que esa terrible tendencia mía a observar como actúan las palabras cuando salen de los diccionarios y les damos rienda suelta. O quizá se deba a que ya ciertas cosas no me dejan impasible. Pero, la única verdad es que la experiencia de la muerte de los seres con que compartimos nuestras vidas se convierte desde el principio en una propiedad esencial, en la que acaba siendo, como en mi caso, un definición del sujeto: SOY VIUDA. Aunque, ahora que ya han pasado tres años, ahora que ya han pasado tantas cosas, algunos, ¡oh pobres!, se sigan empeñando en no distinguir el ser del estar.

Publicado en: Carmen

¡Que la fuerza te acompañe!

15 de febrero de 2010 por Carmen

“Quienes superan un trauma experimentan con frecuencia esta sensación de prórroga que confiere un sabor desesperado a la vida que se ha perdido, pero que agudiza el placer de vivir lo que aún sigue siendo posible (…) Los que dan la impresión de haber sido heridos el día anterior, tendrán escaras. Yo sostengo que la escara es algo más que un problema en la piel. Es una necrosis.  Es llevar una angustia mortal en el alma. Los que, sufriendo, aceptan su nuevo ser se las arreglan mejor para salir adelante. Hacen deporte  aunque antes no fueran deportistas, establecen vínculos,  trabajan más…”

El amor que nos cura. Boris Cyrulnik

Siguen sucediendo cosas que yo permito quizá tan solo porque ya no me duelen tanto, tal vez, porque, aunque plagadas de ironía, me permiten recordar a Pascual; jugar incluso, por un instante, a  imaginar que él sigue vivo. Os pondré un ejemplo: el titular de la tarjeta de el corte inglés  era Pascual. Ahora que lo pienso, yo apenas tenía entidad en el mundo burocrático, él tan atento siempre, me evitaba cada vez que podía el enojoso trato con el mundo real; ahora, en cambio, me he convertido en titular de todo lo habido, excepto de la tarjeta de el corte inglés, por dejadez, por evitarme el engorroso momento de volver a enseñar su partida de defunción para darlo de baja, o tal vez por las dulces mentiras que me proporcionan en los últimos años, cuando el día de su cumpleaños recibo puntualmente una sincera felicitación de cumpleaños.

Pero, ayer, las cosas fueron demasiado lejos. El corte inglés, en su vano intento de promocionar su nuevo centro comercial, al que sólo he ido una vez en la que me perdí en el aparcamiento,  me mandó una invitación personalizada para ver una exposición sobre Star War, y en la que reza en letras mayúsculas: PASCUAL, ¡Que la fuerza te acompañe!

Qué irónico empieza a parecerme todo, mucho más si cabe, cuando el otro día decidí retomar un viejo rito que repetíamos invariablemente cuando mi hermano volvía a casa por vacaciones: visitar la librería de viejo que hay en el barrio del Carmen y sacar una peli del videoclub. Fue como volver a otros años, disfruté de dos placeres que tienen sus días contados. Como no tenía ganas de darme de alta en el videoclub, opté, de una manera un tanto osada por mi parte, por dar los datos de Pascual. La empleada, me preguntó amablemente si era familiar mío, y yo le respondí tímidamente que sí. Tras buscar pacientemente su ficha, me espetó con cara de pocos amigos:. “sí, aquí está, pero él hace mucho que no viene por aquí”. Sí –dije yo, aún más tímidamente- es que se mudó de ciudad.

Qué irónico es todo, ¿verdad? Qué triste resulta  pero, qué piadosas son a veces las mentiras, cuando nos devuelven por un instante la ilusión de que Pascual y su fuerza aún nos acompañan. Supongo que esta vez, cuando en la biblioteca me vuelvan a sancionar por devolver tarde un libro, quizá me pase por la cabeza utilizar su carné de socio, sabiendo bien como sé que allí a donde se ha mudado nadie podrá reclamarle ese viejo ejemplar  de El nombre de la rosa que a él tanto le gustaba.

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Up

21 de octubre de 2009 por Carmen

“No te dejaré partir si no me das tu bendición”.

Isak Dinesen

Llevaba meses pensando en esta frase. Había releído el cuento del que forma parte una y otra vez. Estando en la playa, decidimos matar una de esas tardes desapacibles con un cine para toda la familia. Elegimos la única peli infantil: Up, y allí acudimos pertrechados de comida, conscientes de que Jorge apenas aguantaría media película. Comenzamos a verla e, instintivamente, miré hacia donde estaban sentadas mi hija y mi hermana, y sus caras me hicieron comprobar que hemos perdido la inocencia del espectador: que asume la mentira del cine olvidando sus propias verdades. Intenté seguir la película, ajena a aquella sala y a lo que allí sucedía, hasta que escuché aquellas palabras: “tu aventura ha terminado, debes comenzar otra”. Y, entonces, lo entendí todo: durante todo este tiempo he buscado la bendición de Pascual para poderlo dejar marchar.

Y, de repente un día, te levantas y todos los imposibles empiezan a cumplirse. Y compruebas, sorprendida, que los fantasmas de la noche anterior al inicio de curso son sólo eso: fantasmas y con la luz del día se desvanecen. Y, orgullosa, contemplas, cómo has conseguido llegar puntual a la fila del cole con una Belén radiante y un Jorge convertido en el solícito y complaciente hermano de la protagonista del día. Y agradecida por el milagro, miras al cielo y sonríes convencida de que Dios hoy se ha acordado de vosotros… pero llegas de vuelta al coche y te sientes cansada, más cansada que nunca, porque la única verdad es que Belén empieza primaria y Jorge el colegio y Pascual no está, y el cielo parece hoy demasiado lejano.

Y, entonces, descubro la extraña lógica del tiempo, que lejos de curar, sigue su propio curso. Y compruebo que sólo ahora empieza el momento de despertar, la conciencia de todo lo vivido. Porque, el tiempo, esa gran mentira a la que todos recurrimos en busca de consuelo, es siempre subjetivo y cambiante. Las personas se nos mueren un día, a veces de repente, y otras no tan de repente; o nos abandonan, que es también una forma de morirse; pero desde ese día hasta el momento en el que somos capaces de dejarlas marchar, transcurren meses, años, o incluso a veces, vidas enteras.

¿Qué ocurre en ese espacio de tiempo? ¿Es eso lo que algunos llaman duelo? ¿Cómo describirlo? ¿Alguna vez habéis presenciado un combate de boxeo? Así es como imagino yo mi duelo: me acaban de golpear y me tambaleo durante minutos ante la expectación del público, finalmente caigo estrepitosamente sobre el cuadrilátero. Y cuando, por fin, consigo despertar de ese estado de inconsciencia, empiezo a notar el charco de sangre y comienzo a sentir el dolor en cada una de mis articulaciones; intento levantarme, pero casi no me quedan fuerzas. Una mano limpia mis heridas. Tumbada sobre la lona, me abandono a esta conciencia del fracaso. En ese corto espacio de tiempo en el que uno debe decidir levantarse o seguir abatida para siempre sobre el suelo, los versos de Salinas resuenan en mi memoria:

“¿Serás, amor,
un largo adiós que no se acaba?”

Agradecida, me apoyo en un hombro, decidida a salir definitivamente de ese cuadrilátero, mientras su imagen, lenta y dolorosamente, empieza a decirme adiós.

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Olvidos

18 de junio de 2009 por Carmen

“Tengo miedo de que olvides el camino de regreso”

Ismael Serrano

olvidoEn los últimos meses me repito a mí misma continuamente que “Dios se ha olvidado de nosotros”. No esconden estas palabras, lejos de su apariencia, amargura o resentimiento; albergan, en cambio, una profunda esperanza, porque si esto es sólo un olvido por parte de Dios, confío en que, pronto, recupere la memoria.

Durante el último año y medio apenas han aflorado los recuerdos. Como el que tras un accidente olvida de forma selectiva algunos capítulos de su pasado, mi mente ha recurrido a esta buena suerte de amnesia selectiva que me ha permitido sobrevivir a tanto espanto. A veces, mi hermana, sorprendida, me pregunta: ¿y es posible que hayas olvidado aquel viaje, o aquella cena, o aquel chiste que él contaba…?

Pero sí, sí recordaba, especialmente de noche. Lo sabía cuando, de madrugada, despertaba con la secreta esperanza de que aquello no fuese más que un sueño… pero, abrir los ojos y no tener una espalda a la que abrazarse para alejar a los fantasmas es peor aún que la propia pesadilla; abrir los ojos y comprobar que la realidad es  más dura que lo soñado es una sensación demoledora.

Hoy, meses después de la muerte de Pascual, cuando ya no quedan molinos contra los que luchar durante esas largas horas que preceden a la llegada del día, empiezo a recordar detalles, anécdotas de cuando Pascual estaba aún vivo. Y esos recuerdos empiezan a tomar forma, al principio tímidamente, para después acabar convirtiéndose en una durísima ofensa ante la amnesia reiterada de Dios.

Esta madrugada me he despertado con el recuerdo aún vivo de cuando Pascual y yo preparamos la programación de mi oposición. Ese recuerdo me ha llevado por cada uno de los meses de largo trabajo que empleamos en confeccionar aquel viaje por toda la geografía española que me permitiría, además de estudiar las costumbres de cada una de las Comunidades, explicar los rasgos particulares del español en aquella zona y la literatura propia. Ese recuerdo dulce me ha sugerido viajar a cada uno de esos lugares, convertir aquel viaje virtual en un viaje real. Ha sido entonces cuando he comprobado una vez más que Pascual no  hará esos viajes conmigo, y lo que es aún peor, porque aún hoy me parece increíble: que Pascual ni siquiera está aquí para que, aunque sea por carta, le cuente cómo es realmente aquel mundo que nosotros un día construimos juntos. Ese viaje me valió un 10 y la plaza; este viaje que hoy me prometo iniciar, me valdrá la esperanza de un sueño con el que sobrevivir un tiempo más en este peregrinaje hacia ninguna parte que desde el 7 de diciembre de 2007 realizo en la más absoluta soledad. Espero no olvidar nunca “el camino de regreso”.

Publicado en: Carmen

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