Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Cartas intempestivas

25 de enero de 2009 por Carmen

Aun no tengo solucionada la cuestión burocrática del Ayuntamiento que relataba el otro día, cuando recibo otra carta, esta vez a nombre de Pascual, que es aún un despropósito mayor que la anterior. Esta carta viene con el membrete del sindicato. La abro pensando ingenuamente que, con un año de retraso, me van a mandar una carta de pésame por el fallecimiento de Pascual, pero, desconcertada, (esta vez ya no me quedan fuerzas para el recurso del sarcasmo, ni siquiera para el de la ironía) leo:

“Estimado compañero:

Como presidente de ANPE en mi nombre y en el de todo el “Equipo Humano” (las comillas son de ellos, os lo juro) que formamos y trabajamos en este sindicato queremos transmitirte nuestra más sincera felicitación por haberte jubilado.

Después de tantos años de trabajo en la enseñanza formando generación tras generación, ha llegado el momento al que todos aspiramos, la jubilación el descanso merecido. Estamos seguros de que este nuevo estado es totalmente satisfactorio para ti (la negrita es mía).

Queremos hacer un homenaje que sirva de encuentro entre todos los compañeros que os habéis jubilado (…) Nos agradaría que vinierais acompañados de vuestros cónyuges. Podéis hacerlo extensivo también a otros compañeros o amigos que deseen acompañarnos (…)”

Yo casi no he podido seguir leyendo porque se me caían las lágrimas. Toda la orfandad de estos meses, la soledad y el desamparo más absoluto han arremetido contra mí y me han acompañado a lo largo del día. ¿Cómo es posible ir atesorando tanto despropósito? La carta la firma mi amigo Juan Avellaneda, al que ya conocéis, al que yo había visitado con Pascual y después sin él para comunicarle mi nuevo estado civil y pedirle ayuda con la comisión como os conté en el artículo de “Sindicalistas y notarios”. Sé que no soy una viuda al uso: no acudí de negro ni di ningún espectáculo de dolor, pero como poco, tenía que haber anotado mi nombre y el de mi marido, haber mandado una carta formal de pésame y haberme ahorrado este terrible error burocrático. Porque yo, hasta di de baja en el sindicato a Pascual, y por supuesto, tuve que explicarle a una amable señorita los motivos de la baja: “no, no es que mi marido esté descontento con el servicio prestado por el sindicato, es que falleció hace unos meses”.

He vivido situaciones incomprensibles e ilógicas estando vivo Pascual. Cuando aborté, justo antes de que naciera Belén, recuerdo que me metieron, ya de madrugada, en una habitación con otras dos mujeres embarazadas; pensé que jamás me volvería a sentir tan sola en mi vida: me equivocaba. Cuando por fin nación Belén y tuvo que quedarse en la incubadora y yo en el hospital durante casi un mes porque mi tensión no se regulaba, tuve que compartir habitación con cuatro o cinco parejas que tenían, por supuesto a sus bebés. Yo sólo tenía una foto de mi hija que Pascual había conseguido con su gracia tan particular, ya que estaba prohibido hacer fotos. Empecé a tener una sensación muy extraña cuando los familiares de la otra pareja preguntaban, a veces con diplomacia, otras veces con descaro, que dónde estaba mi bebé. Aquellas fueron las primeras ocasiones en la que yo aprendí a sonreír cuando los de al lado intentaban explicar, un poco avergonzados por la intromisión, la penosa circunstancia en la que me encontraba (hoy estoy inmunizada). Fueron situaciones duras, pero estaba Pascual. Ahora él ya no está, y yo siento que, incluso una simple carta, puede cortarme hasta el aliento.

¿Qué queréis que os diga?  Esta noche no tengo muchos motivos para seguir sonriendo, pero supongo que esto es ya, puramente, una cuestión de principios.

“El hombre que se levanta es aún más fuerte que el que no ha caído”

Víctor Frankl

Publicado en: Carmen