Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Carta a Manolo García

6 de julio de 2008 por Carmen

Mi vida en los últimos meses se teje de incontables “casualidades”. Tus canciones son parte de ellas. Supongo que la historia que te voy a contar en poco difiere de las muchas que llegan a tus oídos, pero me gustaría que leyeras con atención este trozo de mi vida.
 
Me llamo Carmen, tengo 35 años, soy profesora de literatura, tengo dos hijos, y hasta hace seis meses yo estaba casada: el siete de diciembre murió mi marido, Pascual. Muy resumida, esta es mi historia, esto es todo lo que soy hasta el día de hoy. Y si me he decidido a llegar hasta ti es porque tú eres parte importante de mi pasado, parte importante de mi esperanza.
 
La muerte, si sabemos mirarla, puede dotarnos, al menos durante el tiempo suficiente, de un “estado especial de gracia” con el que leer los acontecimientos cotidianos.  Mi historia en los últimos meses se puebla de palabras certeras, de cartas llegadas a mis manos en fechas significativas, de rostros que hacen su aparición justo en el momento preciso. En abril me enfrentaba con sobrecogimiento a una de estas casualidades: el single  elegido para la promoción de tu nuevo álbum llevaba el significativo título de “No estés triste”.
 
Quizá te parezca un tanto pueril si pienso que esta canción no es casual. Quizás te parezca un tanto egocéntrica si digo que esta canción parece haber sido compuesta para mí. Tal vez creas que rozo la locura si escucho a Pascual gritándome desde no sé donde:

no estés triste, amor, prueba a surcar ríos aunque el agua sólo llegue a tus rodillas o te cubra y esté fría. Verás, (Carmen) que hay más que la corona de espinas bajo la que te resguardas. Prueba a ser látigo y restallar a la modorra de los sentimientos, ladera para que resbalen las penas. Prueba a regalar inasible tu entereza, a sentir que reverdeces, que creces en la entrega. Prueba a surcar  ríos aunque sean ramblas de cantos. Verás que hay más… por eso, no estés triste, amor.

Por eso te decía que formas parte de mi esperanza. Por eso sé que estoy en deuda contigo. Estamos en deuda contigo. Porque tu música esta ligada a Pascual de por vida. Cuando estrenaste “Arena en los bolsillos” yo le regalé el disco a Pascual con una nota que acababa de la siguiente forma:” la felicidad de hoy es tan sutil y tan veraz como la del hombre que, cansado y en paz consigo mismo, vuelve a casa sin más prueba de lo vivido que un montón de arena en los bolsillos”. Hoy a mí no me quedan más pruebas de lo vivido con mi marido  en estos años que mis dos hijos y un montón de arena en los bolsillos.
 
Casi siento pudor al mandarte esta carta, y sobre todo, tengo dudas, muchas dudas. Verás, Pascual era un incondicional de tu música, “San Manolo” te llamaba, pero nunca estuvo interesado en conocerte, nunca le preocupó tu vida privada, era un fan poco al uso; en cambio, sí que escribió un cuento titulado “Track 07 “a partir de la canción “Mientras observo al afilador” que espero, algún día puedas leer.
 
El día de su entierro yo quería hablar en nombre de mi marido, pero no sabía qué decir, todo sucedió tan aprisa: Pascual murió de repente, una noche, mientras dormíamos. A mí sólo se me ocurrió leer una canción tuya, ligada casi a mis primeros recuerdos con él y que simbolizaba todo lo que él era y lo que aspiraba a ser: “En mi pecho”. Días después, en otra celebración, tuvimos la osadía de concluir con otra canción tuya: “Canta por mí”. Desde entonces más que nunca, todos los que conocieron a Pascual escuchan tu música como si de su legado personal se tratase.

Por eso tengo esta deuda pendiente: sé que a él, esté donde esté, le gustará saber que ahora sí, y pese a la contradicción, tú sabes que existe.

 
 
* * * * *
 
 
Esta es la carta que me propuse que llegara hasta las manos de Manolo García. Y, finalmente, llegó, pero os aseguro que no fue fácil. Me gustaría contaros los detalles de esta historia, que al fin resultó ser una historia de las que a mí me gustan, perfectas para ser narradas.
 
Llegamos a la plaza de toros a las 8.30, tarde, porque las puertas se abrían a las 8. Yo venía del campo de dejar a los nanos con mis padres y apenas me dio tiempo de meterme los pantalones y pintarme un poco. Nada más llegar, llamé a Manolo Robles, el periodista de La Verdad que había prometido llevarme hasta el García. Salió a atenderme rápidamente y con mucha amabilidad me contó que vería a la hermana de Manolo antes del concierto y yo misma podría entregarle la carta. Tuvimos que esperar Belén y yo una larga hora, que inevitablemente nos recordó a tantas esperas durante tantas oposiciones que los tres habíamos compartido en los últimos años. Finalmente, Carmen nos recibió y se aventuró a insinuar que quizá después del concierto, si Manolo no estaba muy cansado, podría atenderme un momento. Disfrutamos del concierto. Para mí fue experimentar algo que ya había sentido en Granada, cuando el 31 de mayo fuimos a verlo: supe exactamente qué sentía Pascual en sus conciertos; lo supe, cuando en Granada escuché en una de sus canciones: “tu parte del camino la haré yo”.
 
Cuando terminó el concierto, acudimos al sitio convenido, pero la espera duró poco, porque un “fan de los de verdad” se enfrentó con un miembro de seguridad del equipo de Manolo y nos echaron de allí. Iba yo por el lateral de la plaza de toros, tan desencantada que había decidido comerme la mitad del bocata que me había comprado en el concierto, cuando, me sonó el móvil. Era Carmen, la hermana de Manolo y me preguntaba que donde estaba y que me diera prisa que Manolo quería verme. Nos dimos la carrera más intensa de nuestra vida y por fin llegamos, justo cuando el guardia de seguridad cerraba la puerta. Le conté que me había llamado Carmen y que tenía que pasar.  Su cara de perplejidad era un poema y sus palabras me parecieron un insulto, que ¿qué Carmen me había llamado? Finalmente salió alguien del equipo y nos condujo hasta el sitio en el que Manolo y sus músicos iban a cenar. Allí estaba de nuevo mi adorado Manolo Robles, mi Caronte particular en ese descenso a los “infiernos”. También estaba Carmen que me pidió brevedad porque Manolo estaba muy cansado. Me acerqué hasta él y me dio dos besos. Me contó que acababa de leer la carta y hablamos brevemente de Pascual y sobre todo de mis hijos. Me hice una foto, le di las gracias y él me devolvió un abrazo. Cuando salía, mi cara debía ser tan contradictoria que el miembro del equipo que me había conducido por aquellos pasillos hasta él, me preguntó qué pasaba con mi cara si lo había conseguido ya. Y lo mejor, mi momento particular de gloria, fue cuando al salir, ante el grupo de gente que seguía esperando a Manolo, yo proclamé, tipo diva, que Manolo iba a cenar, que estaba muy cansado y que no atendería a nadie más. Supongo que fue mi noche, la noche de Pascual. Aquel simple encuentro desencadenó nuevos e intensos  matices en mi forma de añorar a Pascual hasta ese momento.
 
Fue un placer compartir el concierto con mis amigos, especialmente con Trini, ella es la verdadera responsable de esta bella historia. Ella es el primer eslabón de este cúmulo de “casualidades” que, una vez más, me recuerdan que nada es casual en mi vida desde que Pascual ya no está en ella.

Publicado en: Carmen