Coge, niña, las rosas
mientras existe la flor fresca y la nueva juventudy recuerda que así corre tu tiempo.(Horacio)
Cuenta con frecuencia mi madre que su abuela siempre le decía que no quería flores después de muerta, que las quería en vida; mi madre se aplicó bien el cuento y cada día, a la salida del trabajo, le llevaba una rosa a su abuela. La belleza de la rosa es efímera, pero no su recuerdo. El recuerdo de cada una de esas flores esconde hoy día para mi madre la certeza de que todas las palabras no dichas fueron realmente innecesarias; su recuerdo es todo un símbolo para los que escuchamos esa historia.
La palabra gratitud cobra su verdadero sentido cuando pienso en mis padres. Gratitud es una palabra muy hermosa para mí, desligada por completo de las deudas o los agradecimientos. La gratitud se carga de matices positivos desde que soy madre: tan natural como el amor a mis hijos es la gratitud hacia mis padres. Supongo que la sentiría fueses quiénes fuesen, pero tratándose de ellos es un sentimiento inevitable.
Tengo la certeza de que sin ellos la muerte de Pascual nos habría dejado indefensos y vulnerables. Junto a ellos, en cambio, las heridas que habríamos tardado años en reconstruir, apenas si las hemos dejado asentarse en nuestra vidas. Cada día, mi padre está puntualmente a las ocho en mi casa para llevar a Belén al cole. Al principio fue muy duro, a Belén le costaba despertar y echaba tanto de menos a Pascual que el momento de levantarse se convertía siempre en el primer
suplicio. Hoy, Belén sale de casa todas las mañanas entre risas. A las nueve de la noche, mi padre regresa de nuevo a casa a por Jorge para que a la mañana siguiente no madrugue; las pocas noches en que Jorge se queda en casa, pide invariablemente el teléfono para hablar con la abuelita y contarle con una sonrisa socarrona que está llorando porque no quiere dormir. Y yo… respiro cada día, asisto a cursos, voy a la peluquería, salgo a cenar o simplemente me quedo un rato a solas en casa porque ellos están. No puedo imaginar cómo habría sido nuestra sensación de orfandad de haber vivido esta experiencia completamente solos.
Hace sólo unos meses, un buen amigo intentaba darme ánimos asegurándome que yo aún tenía toda la vida por delante. Lo que él intentaba ignorar en aquel momento es que también yo tenía y tengo toda la muerte por detrás. Esa terrible conciencia de la brevedad de la vida, del paso irremisible del tiempo y de la inexorabilidad de la muerte, unidos a la firme creencia en el carpe diem, me obligan a usar las palabras, ahora que aún estoy a tiempo.” Porque una sola palabra puede cambiar el rumbo de una vida”.
Por eso, ahora sí, “disfruto el pánico que me provoca tener la vida por delante” porque mis padre me han enseñado la certeza de que el amor gratuito genera siempre más frutos que el dolor, por absurdo y carente de sentido que este sea. Por eso me esfuerzo en aprovechar mis días, me esfuerzo sobre todo en usar las palabras, intento acostarme todas las noches con las deudas saldadas, consciente de que así, cada día es un logro y un milagro. Como decía Rubén Castillo:
“Goza ahora del esplendor en la hierba, sáciate de amor, de recuerdos dulces, y acumúlalos por si llega el invierno. Es lo que los latinos llamaron Carpe diem. Aprovecha el instante. Apura el minuto. Vive cada hora como si fuera la última, pues una de ellas lo será. (…)
Resístete a que tracen otros la falsilla de tu vida, y dibuja tú las rayas como quieras: derechas, torcidas, gruesas, débiles. Al final, sólo a ti deberá convencerte el resultado. Y si al acabarse el camino te toca llorar, llora; y si has de sufrir, sufre. Pero que ese llanto y ese sufrimiento no provenga de haberte rendido antes de hora (…)Y, sobre todo, no permitas que cuando lleguen tus horas últimas te invada el horror del vacío. La vida no es lo que pudo ser, sino lo que ha sido. El balance se hace sobre actuaciones, y no sobre nieblas. “Trazada la raya hay que hacer la suma. No eres más que tu vida”. Haz realidad tu sueño y no digas, al final, que te mueres sin cumplir el gozo de haber paladeado esos días que nadie te podrá nunca arrebatar. Sería muy triste descubrir, al acabar el camino, que no has sido feliz. No digas que fue un sueño y no lo soñaste”.

Coge, niña, las rosas
“Goza ahora del esplendor en la hierba, sáciate de amor, de recuerdos dulces, y acumúlalos por si llega el invierno. Es lo que los latinos llamaron Carpe diem. Aprovecha el instante. Apura el minuto. Vive cada hora como si fuera la última, pues una de ellas lo será. (…)