Pascual Fernández

Pascual Fernández

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Ángel González

20 de enero de 2009 por Carmen

Me gusta ir engrosando mi lista “casualidades”. Hace sólo unos días, justo para nuestro aniversario, busqué, como siempre, un hermoso texto. No sé por qué pensé en Pedro Guerra y en una canción que a Pascual, de forma extraña, le apasionaba: “El marido de la peluquera”. Cuántas veces me había tatareado su estribillo: “tengo miedo de que un día ya no quieras bailar conmigo nunca más…”.
Había terminado de escribir un texto escueto, casi a modo de telegrama, porque pensaba que, seguro, así el mensaje llegaría antes hasta ese cielo en el que empiezo a creer cada día de una manera más firme. Iba a enviárselo a mi hermano, cuando, de repente, me encontré con la canción que finalmente elegimos: “Mientras tú existas”. Era la primera vez que la escuchaba, pero la letra me conmovió, me pareció terriblemente poética. Cambié el texto y le di al botón de enviar. Pasé unos minutos más escuchando esas hermosas palabras y quise imprimir la letra. Tiré de google, y ahí estaba: Ángel González era el autor de la letra; realmente el texto original era un poema al que le había puesto música Pedro Guerra. Yo sonreí, aún tenía olfato para cierto tipo de poesía…

Esta noche, durante uno de mis actos rutinarios más gratificantes del día: revisar el correo, veo uno de mi jefa de departamento en el que nos proporciona un enlace con la biblioteca multimedia en línea europea. Entro, me pongo a trastearlo y tecleo de forma automática el nombre de Ángel González, pero no aparece nada relacionado con él. Esto no va bien, me digo a mí misma, y se lo mando a mi hermano para que él me cuente. Cierro el archivo y veo otro nuevo correo de mi jeja: “Artículos publicados sobre Ángel González”, e inmediatamente pienso, ¡ es como Dios, lo sabe todo, hasta mis intereses más escondidos!  ja,ja.

Comienzo a releer los artículos, reviso su biografía, y de repente, dos datos que quizá desconocía o que fueron intrascendentes para mí en otro tiempo, cobran nueva dimensión:

  • Ángel González murió el 12 de enero de 2008. Yo lo recuerdo vagamente, las muertes ajenas en aquel momento no podían causar impacto en mi mermada sensibilidad, Pascual había muerto un mes antes prácticamente.
  • Su vida estuvo plagada de pérdidas, su padre por ejemplo murió con sólo 18 meses. Quizá por eso uno de los artículos lleva el significativo título de “Un año sin pulso y sin aliento”.  
Pero, a pesar de las derrotas, nos dejó versos como estos que esta noche quiero compartir con vosotros, porque Pascual, que apenas lo leyó en vida, seguro que hoy comparte con él ese año “sin pulso y sin aliento”.

EN TI ME QUEDO

De vuelta de una gloria inexistente,
después de haber avanzado un paso hacia ella,
retrocedo a velocidad indecible,
alegre casi como quien dobla la esquina de la
calle donde hay una reyerta,
llorando avergonzado como el adolescente
hijo de viuda sexagenaria y pobre
expulsado de la escuela vespertina en la que era becario.
Estoy aquí,
donde yo siempre estuve,
donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

La soledad es un farol certeramente apedreado:
sobre ella me apoyo.

La esperanza es el quicio de una puerta
de la casa que fue desarraigada
de sus cimientos por los huracanes:
quicio-resquicio por donde entro y salgo (…)

 Consciente de esa circunstancia,
en muchas ocasiones emprendo largos viajes;
pero apenas me desplazo unos milímetros
hacia los destinos más remotos,
la nostalgia me muerde las entrañas,
y regreso a mi posición primera
alegre y triste a un tiempo
-como dije al principio:
alegre,
porque sé que tú eres mi patria,
amor mío;
y triste,
porque toda patria, para los que la amamos,
– de acuerdo con mi personal experiencia de la patria-
tiene también bastante de presidio.

Así,
en ti me quedo,
paseo largamente tus piernas y tus brazos,
asciendo hasta tu boca, me asomo
al borde de tus ojos,
doy la vuelta a tu cuello,
desciendo por tu espalda,
cambio de ruta para recorrer tus caderas,
vuelvo a empezar de nuevo,
descansando en tu costado,
miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,
digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,
y si cierras los ojos cierro también los míos,
y me duermo a tu sombra como si siempre fuera
verano,
amor,
pensando vagamente
en el mundo inquietante
que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.

 

Publicado en: Carmen