Hola vecino, me ha costado casi cuatro meses poder abrir esta página; ahora me alegro de haberlo hecho, porque tras una hora pegada a ella, no he hecho sino confirmar y reforzar todo lo que he sentido en este tiempo: esa mezcla de dolor, impotencia, miedo, rabia contenida que da paso a una especie de nube donde conviven dichos sentimientos con recuerdos de tu eterna sonrisa, de la sensación de paz al subir contigo en el ascensor o al encontrarnos en el parque o en la calle. Una nube que va dejando paso a los rayos del sol tras la tormenta, que te hace ver que el día sigue, igual que la vida de todos cuantos te queremos.
Y hablo en presente, porque la sensación que tengo es de que sigues aquí, presente en la vida de todos los que hemos tenido la suerte de conocerte, aunque sea a pequeños instantes. No es una idea conformista, sino una sensación tan real como respirar pues, igual que hace un tiempo sufría al oír a tus hijos por mi ventana o en el pasillo o necesitaba pasar a ver a Carmen para sentirme yo misma tranquila, ahora sé que no te has ido del todo, aunque físicamente no podamos verte, oírte…
Sigo pensando en ellos cada día y me duele que no puedan besarte, abrazarte o jugar contigo, como aquél día en el parque haciendo el túnel en el tobogán con Belén y mi hijo, ¿recuerdas? Pero sé que igual que yo cada mañana te tengo presente cuando llega la hora de llevar a tu hija al cole (como cuando antes os oía), ellos te tienen y te tendrán siempre.
La razón de todo: TÚ MISMO Y TU ESPECIAL FORMA DE SER Y CAMINAR EN LA VIDA, dejando huella para siempre, como si en un ángel te hubieras convertido para todos los que -repito- hemos tenido la gran suerte de cruzarnos contigo.
Hasta otro día, vecino.
Un beso para Carmen y los peques.
Un beso para Carmen y los peques.
Mari Paz Esteban
