Pascual Fernández

Pascual Fernández

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A contramuerte

7 de abril de 2009 por Carmen

«Porque yo soy los libros que he leído, ya lo dijo Borges, los versos que se hicieron míos y que rebrotan como las flores al conjuro del fervor o de la pena» Ana Rosa Carazo

Gracias por haberme regalado este libro. Ya desde el prólogo me conmovió: «Todos hemos sufrido con las mismas palabras, de la misma manera que el dolor que sentimos lo han sentido otros antes y lo sentirán otros después, y a ese tablón ardiendo hay que agarrarse. Se llama literatura» -decía Luis Alberto de Cuenca-  Para mí también la literatura ha sido una tabla de salvación, pero esta es la primera vez que me enfrento a un dolor tan absurdo como el que yo siento contado en un código que me resulta comprensible. Porque hablar del dolor es casi imposible, requiere un lenguaje tan metafórico como el que necesitamos para hablar del amor.

Este es parte del correo que le mandaba, agradecida, a mi compañera Aurora que, “casualmente”, días atrás me había regalado el libro de Ana Rosa Carazo que lleva el significativo título de “A Contramuerte”.

Comienza el libro con la siguiente dedicatoria: “A la memoria de mi nieta Ana Guillén Salvador, la esclarecida y primogénita de todos mis nietos, muerta de un hachazo invisible y homicida, el dieciocho de agosto de 2001. Sólo había cumplido veintitrés años. Con ella creía en la inmortalidad. Sin su luz, me siento ciega, perdida, vacía”.

Añade después en el Ofertorio: “Me pregunto muchas veces cómo he podido sobrevivirte. Tal vez esta inesperada prolongación de mi vida se deba a que tú me has traspasado la poderosa fuerza de la tuya. Porque te siento vivir en mí”

Y páginas más adelante en el Introito afirmará: “Sin libros yo no hubiera podido sobreponerme al dolor y sobrevivir en la desgracia. Sin la memoria de mis libros, yo no estaría ahora aquí escribiendo para ti estos versos”.

Un solo poema reproduzco de los veintitrés que componen el libro – uno por cada año de su nieta-, el poema XXI:

“También mis labios fueron
los últimos que se posaron en tu frente,
postreros, tercos besos de la despedida
sobre tu rostro pálido y helado,
en el féretro ya.
No respirabas, Dios, no respirabas
Y en tu frente no había
Esa interrogación urgente hacia el futuro
Que tan prometedor y tan brillante
Y tan feliz se te ofrecía,
Y que en tan pocas horas
Había cerrado en negro el horizonte.
Pues aquel celador indiferente,
Guardián de la muerte y de su horario,
Me conminó a salir, se le hacía tarde.
Y tuve que dejarte a solas con tu muerte.
Me arrancaron de ti
Como la uña de la carne”

Finalmente, el libro concluye con las certeras palabras de la tía de la fallecida: Aurora Salvador Rosa:

“Vivimos, de todos modos. Y hasta nos las arreglamos para alcanzar en algunos momentos, a pesar de la esencial incertidumbre en que vivir consiste, milagrosos estados de armonía, de plenitud, de conformidad con la existencia. La felicidad humana está hecha de estos momentos, y nuestro gran problema es hacerlos durar. No es fácil, puesto que todo fluye. Pero aunque se desvanezcan, quedan atesorados en la memoria, nos retroalimentan y, sobre todo, nos ayudan a conservar la esperanza (…) Más feliz que el que goza es el que mantiene en sí la disposición de ánimo que hace posible el gozo. Más, porque sabe que basta que cesen las turbulencias atmosféricas para que el cielo abra, rompiendo gloria. Basta el futuro, esa cosa resplandeciente, a quien se siente capaz de ver la luz”

Me siento, pues, profundamente agradecida por cada uno de los poemas que componen este libro. En él he encontrado un valioso interlocutor con el que hablar sobre la muerte. Porque sólo quien ha muerto en la muerte de un ser querido comparte un mismo lenguaje, una metáfora común. Deseo sinceramente que algún día “el cielo se abra, rompiendo gloria” para cada uno de nosotros.

 

Publicado en: Carmen